Luis Sepúlveda: «En Chile se impuso la amnesia como razón de Estado»

Luis Sepúlveda posa.

Luis Sepúlveda posa. / Emilio Naranjo (Efe)

  • «La única obligación del escritor es contar bien una historia», afirma el autor chileno, que resucita a Juan Belmonte

«Contar bien una buena historia es la única obligación del escritor; no cambiar la realidad, porque los libros no cambian el mundo. Lo hacen los ciudadanos». Lo dice Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), escritor chileno afincado en Gijón que resucita a su 'alter ego', Juan Belmonte, para «hacer memoria» y combatir «a quienes defienden la amnesia como razón de Estado, como se quiso hacer en Chile». Lo hace con un relato que recorre las alcantarillas del poder, la política, la diplomacia y la historia del siglo XX.

Para su novela 'Nombre de torero' creó en 1994 a este antiguo activista e infalibe francotirador, guerrillero en Bolivia y Nicaragua, escolta de Salvador Allende formado en la URSS y la RDA. «Ahora es más duro y más pragmático», dice el escritor, que rescata a un crepuscular y desencantado Belmonte para protagonizar 'El fin de la historia' (Tusquets). Es una intriga policíaca que atraviesa el siglo XX, de la Rusia de Trotsky al Chile de Pinochet, e indaga en las terribles consecuencias de la tortura.

Regresa a la realidad chilena que marcó su vida y su generación. Parte de un hecho real, la demanda de liberación de uno de los más crueles asesinos de la dictadura de Pinochet (1973-1990), el genocida Miguel Krassnoff. «Condenado a más de mil años de cárcel por crímenes de lesa humanidad, preso en una cárcel chilena, una delegación de Rusia y Ucrania pidió en 2005 su liberación con el folclórico argumento que era el último atamán, el gran jefe de los cosacos», explica el narrador.

«¿Y si... pasara algo? Sí decidieran mandar a alguien a liberarlo, ¿quién se podría oponer, y cómo?», se preguntó el escritor. «Entonces tuve claro que el único que podía impedirlo era Juan Belmonte», se respondió. Tenia 43 años cuando lo creó y lo rescata con 67. Le saca de su largo retiro en el remoto sur de Chile, de la casa frente el mar en la que vive apartado de todo junto a su compañera Verónica.

Víctima también de las torturas pinochetistas, «desconectada de la realidad, es incapaz de superar los traumas de la tortura y la violación», explica Sepúlveda, que se niega a olvidar. Dedica la novela a su compañera Carmen Yáñez, 'Sonia', la prisionera 824, «y a quienes pasaron por el infierno de Villa Grimaldi, uno de los más terribles campos de exterminio y tortura del gobierno de Pinochet».

Chile 'gatopardiano'

Describe como «gatopardiana» la realidad chilena, de un país en el que, como en la Sicilia de Lampedusa, «todo cambia para que todo siga igual». Cita como ejemplo palmario que Chile se rija por la Constitución que implantó la dictadura militar. «Veintisiete años después tenemos la misma Constitución que redactó Pinochet», denuncia. «Se impuso la amnesia como razón de Estado. Parecía que para que el país funcionara había que olvidarlo todo. Hubo presión para derogar la Ley de Amnistía y solo gracias al juez Garzón se volvieron a a abrir procesos de investigación», señala Sepúlveda.

Cree que la literatura sirve «para compartir con los demás la necesidad de preservar la memoria» y que toda, «incluso la de aventuras que leíamos en la adolescencia», cumple esa función. «Las novelas de aventuras de Salgari eran también escritos anticolonialistas. Las de Julio Verne, además de ser libros de anticipación, denunciaban el oscurantismo y la estupidez», asegura. «El capitán Nemo es el prototipo de anarquista ideal», sostiene Sepúlveda. «Hay que despojar a la literatura de mitos, liberarla de de las muchas gilipolleces que se dicen sobre el papel del escritor, cuyo único deber es contar buenas historias», insiste.

Belmonte, «capaz ahora de intuir el travestismo político de muchos compañeros de lucha», será obligado por los servicios secretos rusos a impedir la operación rescate de Krassnoff. Con este argumento su creador lo mete en una intriga «que atraviesa el terrible siglo XX». «Es un paseo que empieza en 1917 y termina en el 2010 y que cuento a través de personajes como Miguel Ortúzar, el cocinero chileno de Stalin», explica.

El relato recorre un siglo plagado de revoluciones fallidas «que acabó con casi toda las utopías», a pesar de lo cual Sepúlveda mantiene el optimismo. «Casi todas han sido traicionadas, y algunas de forma terrible, como la de Nicaragua, pero la utopía todavía es posible», dice el escritor. «Una de las más bellas es el Estado de bienestar, que dio a Europa medio siglo de paz y un sentimiento de comunidad, aunque el terrible neoliberalismo casi acaba con ese sueño imponiéndose al capitalismo clásico», plantea. «Las utopías han sido ineficaces a la hora de responder a ese desafío. Tras la caída de muro de Berlín, la izquierda se ha rendido al neoliberalismo», lamenta.

Hijo de una enfermera mapuche y de un militante comunista, exiliado durante la dictadura, nómada por un docena de países, ecologista comprometido hoy, Sepúlveda está asentado desde 1997 en Gijón «y no se me pasa por la cabeza abandonar Asturias». «Vuelvo cada año a Chile y me siento muy querido, pero mi vida está en Asturias. Es donde he hallado mi lugar en el mundo y donde me siento querido y contento», dice el autor de 'Un viejo que leía novelas de amor', 'Patagonia Express' o 'Historia de una gaviota y del gato que le enseño a volar', una narración que le convirtió en un clásico vivo para muchos jóvenes.

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