El 27 también cumple años

Fotografía de la familia García Lorca. /Archivo
Fotografía de la familia García Lorca. / Archivo
NICANOR GARCÉS

De pronto, bien entrado diciembre, nos hemos dado cuenta de que la Generación del 27 cumple años. La Generación del 27, o como quiera que se la llame, que eso siempre ha traído bastante cola. Generación de la Amistad llamó algún optimista a este grupo de poetas, muchos de los cuales salieron, un tanto ateridos, en una celebrada foto de otro aniversario, también rescatado del olvido, el de Góngora. Amistades no tan fraternales, algunas, nos informan los epistolarios. Cualquier estudiante, de los aplicados, responderá que Tradición y Vanguardia son los factores que definen esta Generación nonagenaria. Y no hay más remedio que darles la razón, a despecho de lo crudo que resulta el cliché pedagógico.

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Lo cierto es que estos jóvenes del 27, bien escolarizados, habían leído con provecho su Lope, Góngora, Calderón, el Romancero. No pudieron escapar del modernismo, más o menos provinciano ya, de su adolescencia; del que los rescató, primero, el gran Juan Ramón Jiménez, patriarca poético del que algunos quisieron deshacerse; y, luego, la vanguardia, en forma de sarampión surrealista, en la mayoría de los casos. García Lorca, el único con dimensión planetaria, ha quedado a medio camino entre el merchandising granadino y los homenajes del bardo Leonard Cohen, que le declaró su amor y decidió bautizar -o lo que sea- a su hija como Lorca. Es autor de versos memorables, en el 'Romancero gitano', que la gente cree entender pero no entiende; en 'Poeta en Nueva York', que decididamente no entiende, porque entender, entender, hay poco, la cosa va por otro lado.

Y en el 'Llanto por Ignacio Sánchez Mejías', poema infalible, con ese verso que todo el mundo conoce, incluidos los que nunca leyeron el poema. ¿Cabe mejor definición de un clásico? Cernuda, por su malditismo, su desarraigo emocional y su exilio, fue adoptado por la 'gauche divine' -la de las noches de Bocaccio, de que se pitorreó Juan Marsé con deleite-. Gil de Biedma lo rescató, y Juan Goytisolo invocó la furia del sevillano al frente de sus muy airadas 'Señas de identidad'. Pero sus versos son menos memorables que los de Lorca. Son los versos de un farero, los de un hombre solitario y ofendido.

Pero, de todos ellos, Cernuda es el poeta que hoy más cuenta, a pesar de sus extraños cambalaches con la sintaxis y su peculiar oído. A estas alturas, al Alberti poeta, vacuo y charlatán, musical hasta sonar a pianola, se lo ha comido el Alberti político o el dibujante de palomitas. Al romántico Salinas se le sigue leyendo, a diferencia de Guillén, su compinche de cartas, demasiado apolíneo. Aleixandre, inaccesible, hermético y de escondidas pasiones, es un Nobel poco leído y fue generoso mentor de poetas durante el franquismo. Y Gerardo Diego, el camaleónico, el clásico, el vanguardista, el músico de verdad; el facedor de esta marca, esta generación poética que también cumple años.

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