«Como novelista no dejo de ser una joven promesa»

El director de 'Habla mudita', en su reciente paso por la Feria del libro de Torrelavega./Luis Palomeque
El director de 'Habla mudita', en su reciente paso por la Feria del libro de Torrelavega. / Luis Palomeque

El cineasta y narrador Manuel Gutiérrez Aragón presenta mañana en el Aula de Cultura de El Diario su cuarto novela, 'El ojo del cielo', en la que se entrecruzan cuatro voces femeninas

Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONASantander

Confiesa que echa mucho de menos el cine y como novelista se aferra al convencimiento de que aún está aprendiendo. Entre ambos lenguajes, sin embargo, se mueve intemporal el contador de historias. Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) publica estos días su cuarta novela, 'El ojo del cielo' (Anagrama), un microcosmos en femenino plural con una sombra al fondo, que de nuevo se alimenta del paisaje y la identidad pasiega. Fiel a esos universos familiares donde ficción y realidad tan pronto se tocan pudorosamente como intercambian fluidos narrativos, el cineasta de 'La vida que te espera' y el escritor de 'Cuando el frío llegue al corazón' se funden en una escritura que trepa entre personajes, relatos y referencias. Tras sendas visitas recientes a su tierra para recibir dos distinciones, mañana en el Ateneo, el Aula de Cultura de El Diario acoge la puesta de largo nacional de su novela.

-¿La ansiedad por contar historias sobre una pantalla o sobre un papel son las mismas pese al paso del tiempo?

-Yo creo que estoy narrando historias desde pequeño, desde que le contaba cuentos a quienes estuvieran dispuestos a escuchar: la familia, los amigos... A veces pienso que es una manía, que casi es una especie de destino del que no me puedo librar. Me moriré con una historia sin acabar de contar, desapareceré con una historia interrumpida por causas ajenas al narrador.

- 'El ojo del cielo' es una metáfora poética rotunda. Sin embargo, alude al radar de un centro militar. ¿Hipervigilancia y poder, acaso con este juego empieza ya a novelar?

-El narrador omnisciente es como un radar interior y exterior, lo controla todo: los pensamientos de los personajes, sus emociones, las acciones, etc. Eso es una metáfora del poder, si usted quiere. Pero siempre hay algo que se escapa al espionaje más sofisticado. Los personajes pueden ocultar muchas cosas incluso al radar más perfecto, al narrador más minucioso.

-Empezó tarde pero con ganas. ¿Estas obras ya habitaban en usted hace mucho tiempo?

-Todas las historias están en cualquier cuento que empiece con la frase 'Érase una vez...' O sea que sí, ya estaban en mi nube particular.

-¿Ha tenido en este tiempo que domar algunas imágenes y agitar las palabras para que el cineasta y el escritor convivieran?

-Me ha sido bastante fácil congeniar el narrador de cine con el narrador de novelas. Creía que iba a ser más complicado, la verdad. En cualquier caso, procuro separar cuidadosamente mi actividad de cineasta de la de escritor. Otra cosa es que la gente deje de conectar una actividad con la otra, en eso he fracasado estrepitosamente.

-¿Qué hay en 'El ojo del cielo' que le haya ayudado a ser aún más escritor?

-Como director de cine ya soy un veterano, por no decir un viejo director. Pero como novelista no dejo de ser una joven promesa, así que aún estoy aprendiendo.

-Más allá de gustos y querencias, ¿por qué el paisaje pasiego es casi canónico para su obra literaria?

-Tuve una inmersión muy sugestiva en el mundo pasiego cuando aún era un niño. Me quedé prendado de las gentes, del lugar, de lo visible y de lo invisible, - recuerdo que era un día de niebla en el Pas-. El del Pas era y es un mundo real y próximo, quiero decir, a escasos kilómetros de mi casa, sin embargo, a la vez resulta un lugar remoto, recóndito. Y luego, me sorprende agradablemente el que la condición de pasiego haya pasado de ser peyorativa a considerarse un orgullo.

EN POCAS PALABRAS

¿El diccionario debe ser un libro de cabecera?
u Setenta millones de consultas mensuales al diccionario de la RAE atestiguan que, en cierta manera, lo es.
Si no existiera la RAE
... No habría existido la Ilustración, de la que es producto.
¿Qué película le hubiera gustado rodar?
'La regla del juego', de Renoir.
¿A veces una frase feliz vale más que un libro?
No.

-De Faulkner a Benet la tradición de convertir una geografía en un lugar en el mundo literario es enorme. ¿Se intuye que su escritura avanza en esa dirección?

-Es pronto para saberlo, no entra en mis intenciones. Otra cosa es lo que ocurre con el personaje de Pelayo Pelayo, que creo que me va a seguir acompañando en próximas obras.

-¿La mayor presencia de los diálogos y las referencias más directas al entorno cántabro eran obligadas?

-Bueno, no deja de ser un entorno cántabro estilizado, creo, poco realista, no muy identificable fuera de esta comunidad. Desde luego, como director de cine siempre fui catalogado como alejado del realismo. Claro que a veces la realidad es muy surrealista. Quizá la cosa vaya más por ahí.

-¿Qué papel cumplen esos relatos solapados o cuentos integrados (a lo Mil y una noches) en su novela? Parecen una celebración literaria.

-Pues mire usted, esos relatos me salieron de manera inesperada, en el flujo mismo de la escritura, no estaban previstos. No figuraban en el guion, como se suele decir. En una película sería imposible ceder a una tentación similar, el sistema de producción no lo admitiría. Es lo bueno que tiene la literatura, que permite estas alegrías. Ya ve, me surgieron de la escritura misma, como si la mano tirara de mí. Cumplen el papel de contraste con la realidad cotidiana, con la fastidiosa cotidianidad.

-¿Echa de menos la dirección?

-Como el cine no hay nada, lo sigo echando en falta, claro que sí. Me refiero al hecho de rodar. Es una forma de vida muy excitante, sin igual. Pocas cosas se le parecen, quizás la dirección musical.

-¿Ficción y no ficción son primas hermanas?

-Bueno, ahora tenemos la autoficción, que es la pariente pobre del realismo.

-Decía Richard Brooks que «por cada palabra escrita, hay que leer mil». ¿Está de acuerdo?

-Siempre que el escritor no viva de las palabras escritas por otros, eso es manierismo. Uno tiene que encontrar su forma de expresión propia. A veces no es fácil.

-En su novela el decorado es la crisis, la médula espinal la supervivencia y el latido, la memoria. ¿Pero nada de esto valdría sin la complejidad del universo femenino?

-La pregunta es perfecta. Así que solamente puedo contestar que sí.

-Las series, que incluyó en su discurso de la RAE, ¿son más moda que poso y aportación real?

-La narración serializada viene de tiempos homéricos, de historias de dioses y de guerreros. Casi diría que el formato película es una excepción - una bellísima excepción- en la cosmogonía de las formas narrativas... Lo de contar una historia que termine con que el chico y la chica se casen se ha quedado corto. Las historias hoy solo terminan por extenuación y caída de la audiencia. La ficción televisiva está por el adulterio, como en las historias de los antiguos dioses.

-¿La España de hoy le provoca un sarpullido de historias?

-La actualidad, cualquier actualidad, no suele dar para una historia grande, con interconexiones que le den sutileza, hay que dejar que se vaya posando... La corrupción, por ejemplo, como tema único solo daría para historias cuasi costumbristas. Ya llegará el momento, como ha llegado el momento de Patria cuando ya lo que se disputa es quien construye el relato del terrorismo. De todas maneras, las fronteras entre periodismo y ficción se están borrando, ¿no?, parece que todo se va acelerando, también en ese ancho río que llamamos literatura.

-¿Siempre habrá demonios en el jardín?

-Mientras haya demonios y jardines...

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