Cuando Nirvana reinventó el rock

Arrancaba 1992, aquel año que iba a ser el principio del futuro, y en aquellos días, la gente normal escuchaba en las radiofórmulas el ‘Dangerous’ de Michael Jackson y fabulaba con volverse peligrosos de verdad y dar un paseo por el lado salvaje, como si fueran Jeff Daniels arrastrados por Melanie Griffith.

Los chicos raros, en espera de algo nuevo, nos debatíamos entre el ‘noise’ de los primeros indies –los Pixies o Jesus & Mary Chain– y la invasión de la música electrónica. Ya sonaban Surfin’ Bichos en Radio 3, pero ni siquiera se había grabado aún el ‘Chup chup’ de Australian Blonde ni se habían formado Los Planetas. Pero desde la eclosión del punk, la música popular no había sufrido la habitual sacudida cíclica –los cincuenta con el rock, los sesenta con el punk…–, y estaba claro que el sonido de los noventa no podía limitarse a Prince y Madonna: algo tenía que suceder. Y pronto.

Más allá de los Supersonics, de Seattle no sabíamos ni donde estaba, pero la primera revolución de los noventa iba a llegar desde allí –la segunda vendría de un poco más al sur, el Sillicon Valley que nos cambiaría la vida–. A España, entonces, todo llegaba tarde, pero acababa por llegar. Ya sabíamos que algo sucedía, que el ‘grunge’ avanzaba sin remedio por occidente, porque incluso en televisión se hablaba de aquel trío de andrajosos que propugnaban una vuelta a la esencia del rock, con sus guitarras distorsionadas y sus cortes de pelo descuidados. Poco a poco, en las emisoras alternativas empezó a sonar ‘Smell like teen spirit’, un auténtico cañonazo en medio del ambiente sofisticado o excesivamente intelectual de la música del momento. En cuanto llegaron los primeros ejemplares de importación, las copias piratas en casete empezaron a circular de mano en mano.

Finalmente, en febrero el boletín de Discoplay dedicó su portada a ‘Nevermind’, con solapa desplegable para descubrir que aquel bebé submarinista lo que en realidad perseguía era un billete, enganchado como señuelo a un anzuelo –una fotografía que se renueva cíclicamente, viendo cómo el chico crece y cómo el puritanismo ha censurando su desnudez original–.

Mil doscientas pesetas costaba el LP en vinilo, pero después de haber rayado varias cintas mis hermanos y yo acabamos pagando dos mil por el compacto, convencidos de que el cd sería el formato del futuro. En cualquier caso, estuvo bien invertido, pues durante meses aquellas canciones atronaron la escalera de nuestro edificio.

Sufrieron mucho nuestros vecinos, porque durante el verano siguiente nos empeñamos incluso en tocarlas. Después de una década aprendiendo a colocar cada dedo en su postura ortodoxa, cuando mi hermano Pablo me explicó cómo se ponían los acordes grunge –dos dedos en paralelo haciendo cejilla, tomados directamente del punk– mi sensación estuvo entre la liberación y el fiasco: ¿cómo era posible que aquello sonara tan potente sin saber ni siquiera poner el fa?

Finalmente, y tras enormes esfuerzos, mi hermano Pablo consiguió que aprendiese –sin demasiados alardes, eso sí– la línea de bajo del ‘Come as you are’, aunque a mí siempre me gustó más ‘Lithium’. Y no puedo decir fuese porque me identificara con su letra, la crítica al peso de la religión en la familia y demás, porque lo cierto es que entonces ni nos preguntábamos qué diablos significaría aquello que cantaban en inglés. Simplemente –ya sabes, «it’s only rock and roll»–, nos encantaba. A nosotros, y a juzgar por las casi trescientas cincuenta ediciones del disco en todo el mundo, a otros cientos de millones más de chicos raros, para los que el ‘Nevermind’ salvó los noventa.