Todavía os queremos

'Déjà vu' o 'día de la marmota', como dijo la oposición local, lo cierto es que los alemanes volvieron a movilizar a una legión de fieles que, más que la redención de sus pecados, lo que buscaban era tocar el cielo desde la tierra

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

No sabemos qué se traen entre ellos, o si es que a san Beato le va la caña, pero once años después la historia se repite: se abre la puerta del perdón y los Scorpions regresan a Torrelavega. Como en 2006. ‘Déjà vu’ o ‘día de la marmota’, como dijo la oposición local, lo cierto es que los alemanes volvieron a movilizar a una legión de fieles que, más que la redención de sus pecados, lo que buscaban era tocar el cielo desde la tierra.

Más allá del juego de espejos de verse todos una década más viejos, la única diferencia estaba en los calendarios, porque en el repertorio sólo había ligeras variaciones, y la emoción de sus fans se percibía no sólo en los rostros en trance mientras coreaban una canción tras otra, agitaban melenas o recuerdo de ellas, tocaban ‘airguitars’ o incluso aporreaban baterías imaginarias, sino que ya desde primera hora el ambiente especial de las grandes citas había invadido la ciudad, con más banderas de España que en un partido de la selección.

Los más entregados montaban guardia en el estadio desde el amanecer, y después de que calentaran motores Aranea Adventus y Avalanch –que con Lucero se llevaron una buena salva de aplausos–, el Malecón se quedaba pequeño, custodiado con tanta seguridad que no se sabía si venía una banda de rock o los reyes. Ya no sorprende, pero el detalle de acotar zonas ‘premium’ sigue resultando grosero, incluso para los privilegiados que las pudimos disfrutar. Le resta al rock ese componente rebelde y popular que fue la base de su éxito, cuando llevar el pelo largo o hacer un ruido desaforado realmente significaba algo, una actitud ante la vida.

Vida que sigue, en forma de telón colgando casi del cielo, y que a las diez y media en punto –la puntualidad germánica poco tiene que envidiar a la británica– cayó con estrépito mientras las sirenas que el ‘Crazy World Tour’ estaba tocando tierra. Y que no iba a defraudar a nadie. A los músicos ni siquiera les pesaban los años, y mientras Rudolf Schenker ensayaba un despliegue de energía digno de un quinceañero –y que mantuvo a lo largo de todo el concierto–, marcándose un solo de casi dos minutos, Klaus Meine desplegaba todos sus encantos: frases en español, anécdotas de viajes frustados a España en los setenta –se les averió el motor de camino– y hasta una estrofa en castellano de ‘Wind of change’: «los niños del mañana soñarán los cambios que vendrán».

Entre el público, la animación va creciendo. Hasta los menos entusiastas son seducidos por un sonido impecable, como de estudio, y un ritmo enfervorizado que acaba haciendo temblar el suelo con la versión supervitaminada de Motörhead que dedican afectuosamente a Lemmy Kilmister, «que adoraba España». Bajo su mirada desde las pantallas, los corazones se acoplan a los bafles y tiembla el césped, recubierto con una horrible lona azul. Huele a perritos calientes, a bacon y a marihuana, pero los importante sucede arriba. Meine despliega una humanidad arrolladora desde su presencia frágil; casi parece el pequeño de Los Dalton cuando empuña una guitarra y se alinean en la pasarela para demostrar que son una banda. Klaus habla con el público, lo encandila, le hace cantar, cambia de vestuario constantemente, con mensajes en su espalda, desde «Rock and roll forever» hasta el símbolo de la paz de los hippies. La banda regala baquetas, púas, sonrisas… El batería, un ‘novato’ Mikkey Dee, tiene su minuto de gloria con su solo mientras una plataforma lo eleva hacia el cielo, mientras las portadas más clásicas de la banda se proyectan a su alrededor.

Desde abajo, le observan hipnotizados padres de familia con gesto nostálgico que aleccionan a sus jóvenes cachorros, jóvenes nostálgicos, algún gótico, poetas como Marián Bárcena o científicos como Gabriel Moncalián. Pero al dar las doce campanadas, como en el cuento, todo se acaba. Meine sale envuelto en una bandera española, y la ovación fuerza –es un decir– los bises.

Todos esperamos el momento mágico con el teléfono en la mano, después de que la organización requisara la cámara a los fotógrafos. Pero falta el ‘Still loving you’, que Klaus de repente consigue reconvertir en una canción de amor… hacia su público. Nos quiere. Nosotros le queremos. Todavía. Y tras su esperado ‘Huracán’, el público remolonea para abandonar el estadio, convertido en serpiente multicolor que toma las calles de la ciudad, satisfecha pero con ganas de más. El rock ya no es tan duro, todo deviene en clásico, incluso se convierte en mito, pero hay espectáculos que valen la pena. A pesar de lo que cuestan. Incluso la guardia civil se suma a la fiesta, y apostada en las rotondas estratégicas ofrece a los conductores que huyen sus matasuegras con premio envenado. No sabemos cuántos años faltan para el próximo año jubilar, pero seguro que Scorpions estarán otra vez aquí para ahorrarnos el apocalipsis.

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