«No se puede cambiar el mundo, pero no debemos dejar de intentarlo»

El Chojín./Estela Ruiz
El Chojín. / Estela Ruiz

El rapero madrileño El Chojin imparte este domingo en el Centro Botín un taller de composición de letras de rap para jóvenes de 13 a 18 años

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Si hay un artista que rompe barreras y supera estereotipos dentro del movimiento hip hop, ése es El Chojin: ingeniero aeronáutico, autor teatral, novelista, presentador de televisión, actor ocasional, columnista de opinión, poeta y, ante todo, rapero. Nacido en Torrejón en 1977 de padre guineano y madre extremeña, publicó su primer disco en 1999 y actualmente es uno de los MCs más reconocidos del panorama nacional, con una activa vertiente de compromiso social, que se plasma en su colaboración en diversas iniciativas culturales y educativas. Hoy domingo, a partir de las 18 horas, impartirá en el Aula Cian del Centro Botín de Santander el ‘Taller positivo: Composición de letras de rap’, para jóvenes entre 13 y 18 años.

-¿Se puede enseñar el talento?

-Enseñar no, pero moldear quizás sí. Hay gente que tiene capacidad, pero a lo mejor no tiene las herramientas para explotarlo. Aunque sobre todo se trata de encontrar una excusa para que la gente escriba. A menudo no somos capaces de expresar lo que tenemos en la cabeza. Y el rap es un vehículo para organizar los pensamientos, convertirlos en palabras y compartirlos con la gente.

-¿Qué diferencia hay entre expresarse en una canción o en un texto literario?

-Son como hermanos siameses, se parecen pero tienen un carácter diferente. La música es más inmediata, y eso en el mundo en que vivimos vale mucho. Un tema dura entre tres y cuatro minutos; para el vago es mucho más cómodo y para el autor es más complicado, porque tienes que sintetizar mucho, poner un estribillo y demás. Es divertido y es de más fácil consumo. El texto te obliga a centrarte más y para el autor es un reto, con una extensión ilimitada.

-Hoy día Okuda es un artista reconocido, el rap suena en la radio, El Chojin presenta programas de televisión y el hip hop es reconocido como un movimiento cultural. ¿Entraba en sus planes hace tres décadas?

-Cuando empezamos a finales de los noventa demandábamos un espacio que no merecíamos por calidad. Pero hemos ido creciendo, profesionalizándonos y al final la sociedad se termina rindiendo ante gente que lo hace bien. Porque hay raperos que son mejores que muchos cantantes, igual que pasa con los escritores de grafitis, como Suso3, Belin o Zeta, que están exponiendo en museos.

-Pero se han tenido que superar muchos prejuicios: el rap es violento, machista, idolatra la delincuencia y la palabra más usada es ‘yo’. ¿Por qué tan mala prensa?

-Los estereotipos son para los vagos, que no quieren comprobar si es verdad o no eso que les cuentan. Como en los ochenta, cuando se decía que el rap era una música de niños; junto a un par de noticias que llegaron de Estados Unidos y hablaban de peleas entre bandas con algún rapero involucrado, ya no hacía falta investigar más.

-Y esa visión, ¿ha cambiado?

En cierto sentido, en España se sigue considerando al rap un género menor. En los premios de la música, el rap competía hasta hace nada en una categoría aparte. En el resto del mundo, sin embargo, es el estilo que más vende.

-Para muchos ciudadanos hip hop, freestyle o rap son conceptos difusos que se entremezclan… ¿Andamos escasos de cultura urbana?

-Totalmente. Y no es un insulto, es algo que es así, y que sin embargo se podría cambiar muy fácilmente.

-Los que sí lo tienen muy claro son los millones de seguidores de todo el mundo que conforman la llamada ‘Hip Hop nation’. ¿Dónde expiden ese pasaporte?

-Estamos tan condicionados por nuestro entorno que tú naces y te ponen un nombre y una nacionalidad que no has elegido tú. Y el hip hop te da la posibilidad de soñar, de inventarte un mundo mejor que el que te ha tocado. Un mundo que a lo mejor no existe realmente, pero soñar no está tan mal. Y decides ser ‘compatriota’ de personas con las que sientes afinidad, que escuchan tu música y tienen una estética y una forma de ver la vida similar. Hasta te pones un ‘aka’, un alias, que es el nombre que tú de verdad has elegido.

-El suyo está tomado de un manga, pero ¿lo usa también fuera de la música?

-Desde luego; menos mi madre, que me llama ‘niño’, ‘cabezón’ o lo que le dé la gana, que para eso es mi madre, pero desde los trece años todo el mundo me llama Chojin. Mi pareja, mi padre, mis hijos, mis amigos…

-Como creador, El Chojin se ha caracterizado siempre por sus letras, tan cuidadas en las que no hay ni tacos. ¿Es una pose o una actitud literaria?

-No hay ningún plan premeditado, simplemente me expreso en las canciones como lo hago normalmente. Y no uso tacos en mis canciones porque al principio me daba vergüenza que mi madre me escuchara decir una palabrota. Incluso a día de hoy me sigue dando. Porque los padres nos condicionan mucho; de hecho, el mundo iría mucho mejor si todos nos portáramos como si nuestra madre nos estuviera mirando.

-Pero, ¿todavía se puede cambiar el mundo?

-Aunque suene contradictorio, no se puede, pero no podemos dejar de intentarlo. Yo, desde luego, no me resigno e intento hacer mi entorno un poquito mejor. Si lo consigo o no, ya es otro asunto.

-¿Y el arte ayuda?

-El hip hop se desarrolla fundamentalmente en los lugares más desfavorecidos del planeta, donde se necesita más unidad; a través de ese sentimiento de hermandad y el compromiso del individuo con su sociedad siempre ocurren cosas positivas.

-«Hoy cualquiera se hace un rap y lo sube al youtube», cantaba Nach en 2011. ¿Esa posibilidad es positiva o negativa?

-Positiva. Pero me parece injusto que a quien quiera divertirse con el arte le exijamos que sea excepcional. Para disfrutar no hace falta ser profesional, ni siquiera ser ‘bueno’. Si te gusta cantar, canta, tío. Aunque cantes mal. No pasa nada. No hay que vender nada. Tú súbete tus vídeos, pásalo bien. Detrás de cada vídeo hay un montón de trabajo realizado con ilusión, y no podemos quitarle esa ilusión a nadie.

-Hace años que no improvisa. ¿Por qué esa decisión?

-Fue mi forma de rebeldía; se puso tan de moda y como todo el mundo lo pedía, me negué. Pero ahora, como ya no ensayo, y hay gente que lo hace de forma tan espectacular, ya no tiene sentido competir en una pelea que sabes que vas a perder. Prefiero decir lo que escribo.

-El año pasado publicó su primera novela, ‘En 2084’. ¿Hay cosas que no pueden cantar?

-Ni se puede ni se debe. La curiosidad es fundamental y para el artista es muy importante buscar otras formas de expresión, no quedarse en los estilos que dominas. Hay que mojarse, meterse en algún que otro charco. Y en parte, es una evolución natural, al fin y al cabo llevo toda la vida escribiendo. Aunque en este caso no haya rima, ni música, ni tengas delante a la persona a la que se lo estás contando. Un reto fantástico.

-En la novela llamaban la atención Los Locos, unos rebeldes que se enfrentaban al sistema…

-Yo no soy historiador, pero tengo la sensación de que en todos los sistemas hay gente que no se siente a gusto y lucha por cambiarlos. La justicia social no existe y alguien tiene que gritar, molestar, hacer una pintada o un rap… Y a mí me gusta sentirme cerca de ellos.

-¿Cómo lleva el asunto de la fama, con tanta presencia en televisión?

-Lo cierto es que ha sido gradual, progresivo, desde que a los trece años empecé escribir y tener cierta repercusión. Por eso no me ha afectado demasiado, y creo que ha sido mejor así; no sé si habría sabido gestionar un pelotazo.

-¿Hay vida inteligente más allá del hip hop? ¿Qué le interesa de otras expresiones artísticas?

-Me interesa todo; luego gustarme ya a lo mejor casi nada. Soy fanático de la literatura, del cine… Mi madre me contagió la pasión por el teatro y disfruto mucho con la danza, aunque no sé bailar. Pero sobre todo me gusta la gente apasionada, me recarga las pilas para utilizar luego esa energía en mi propia pasión.

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