La campeona de la eterna sonrisa

Beitia atiende a varios niños en uno de sus recibimientos en el aeropuerto. /Javier Cotera
Beitia atiende a varios niños en uno de sus recibimientos en el aeropuerto. / Javier Cotera

Ruth Beitia ha forjado en su Santander natal toda una vida dedicada al atletismo y a los estudios. Su familia y su entrenador de siempre, Ramón Torralbo, han sido los pilares esenciales en su trayectoria

ASER FALAGÁNSANTANDER.

El Paseo del Alta de 1979 tenía algo de escena de 'Cuéntame'. No solo su nombre oficial, que cuatro años después del final del franquismo seguía siendo General Dávila. Al fin y al cabo 38 años más tarde no ha habido tiempo para cambiarlo y las cosas siguen igual.

No; no era por eso. Allí se levantaba orgullosa pero decadente la vieja Maternidad sobre el solar que ahora ocupa el Conservatorio Jesús de Monasterio. Y a poco que se viviera en un cuarto se podía ver desde los edificios de su alrededor Cueto y Monte, fieles aún a su fisonomía mientras la ciudad terminaba de devorar el viejo paseo de las afueras para convertirlo en varios barrios.

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Aquel fue el primer tartán ochentero de Ruth Beitia, la más joven pero no la pequeña de los cinco hermanos a los que el atletismo les venía de serie. Era la hija de Aurora Vila. Y de José Luis Beitia. Beitia. Así le conocían en la Ferretería Montañesa y en La flor del Alta, donde era uno de los parroquianos habituales de Manolo, un emigrante gaditano que desafiaba a los elementos con un enorme póster del Cádiz de Mágico en la época en la que Irigoyen se inventó un absurdo playoff para salvar a su 'Cai', que había terminado el último, y que condenó al descenso al Racing.

Ruth vivía justo encima junto a sus padres y sus hermanos, entre ellos Inma, una triplista tres años mayor que ella que llegaría a tocar medalla en el Nacional. Pero no era muy de parar allí. Lo suyo, desde muy joven (porque nunca fue pequeña) fue lo del atletismo. A muy pocos metros quedaba una vieja reminiscendia, una tienda bar llamada La media luna en la que toda la familia hacía la compra, como todo el barrio. En realidad era 'donde Julio y Luisa' y allí sí se la podía ver de cuando en cuando, para hacer un recado o dar un recado a su hermana Inma, que trabajó allí tres años, pero todo terminó cuando un cáncer fulminó a Julio en un tiempo récord y aquello no volvió a ser lo mismo.

Un poco más adelante en el tiempo y en el espacio estaba Prensa y Golosinas Manrique. Donde Pruden y Feli, en el barrio. Ahí si se podía ver a Ruth e Inma para comprar el periódico en el que después aparecerían. O cualquier otra cosa. Porque Pruden tenía de todo; tanto como para convertirse en un hotspot del Santander primernoventero. Si uno le pedía uranio enriquecido miraba fijamente, torcía la ceja y preguntaba: '¿De qué isótopo?'. Era la capital mundial del kalimotxo cuando todo está cerrado, pero ya eran los noventa y Ruth no estaba a eso, sino a entrenar en La Albericia. Siempre risueña y siempre con sus inseparables gafas, pero bastante sacrificada.

Aquel difuso barrio que aún hoy la recuerda y celebra la imprimió carácter y siempre lo ha reivindicado con una voz y una forma de expresarse que quizá no casen a primera vista, pero que también son suyas. E imprimió carácter porque en aquel microcosmos entre General Dávila 200 y 240 en el que vivía también había portales impares en la mano contraria. Entre el 79 y el 85, para más señas, que hasta para eso era especial aquel difuso barrio.

En uno de ellos vivía Ramón Torralbo, un entonces joven profesor de educación física y exsaltador de altura a quien Manuel Huerta nombró en 1987 director de la Escuela Municipal de Atletismo tras una épica bronca con todo un medallista olímpico: José Manuel Abascal, que no sólo la dirigía, sino que había aceptado el encargo de crearla.

Ramón tenía en casa un diamante en bruto y pronto se dio cuenta. No ya en Santander o en La Albericia. No. Lo tenía en frente de casa. Su hija Nadia (¿adivinan por quién?) también había probado con el atletismo y su hijo Sergio es ahora fisioterapeuta de Ruth. Todo encajaba como un enorme puzzle sideral.

Varias especialidades

En aquella época Ruth era todavía la hija de Beitia, que por cierto fue el primer cántabro en ser convocado a unos Juegos (los de Barcelona) como juez de atletismo -su madre, Aurora, también sigue al igual que José Luis Beitia como juez en la Federación Cántabra-. O todo lo más la hermana de Inma, mientras Ruth buscaba su especialidad (o se la buscaba Ramón) en el fondo. Tenía solo ocho años y Ramón vio pronto lo que podía dar de sí. Y pasó por las vallas, la longitud, el triple, la altura, la velocidad. Y en el cross en invierno. Pero pronto comenzó a saltar, uno de los ejes de su vida junto a los estudios, y a forjarse en las espartanas condiciones de un Complejo Municipal de La Albericia que ni se llamaba Ruth Beitia ni tenía módulo cubierto.

Para entonces Ramón Torralbo sabía que tenía a sus órdenes a una atleta extraordinaria. El resto del mundo tardó un poco más en enterarse; pero poco a poco Ruth fue dando pistas. Su subcampeonato de España absoluto con 17 años recién cumplidos fue uno de ellos. Depués el récord de España, las primeras internacionalidades...

Poco a poco aquella niña que había empezado compitiendo en fondo en el España de Cueto comenzaba a forjar la estrella que dos décadas más tarde le dedicarían en Tetuán, la calle de la que es desde hace unos meses orgullosa vecina tras un paso por el Alisal. Así, de la mano de Torralbo y de sus hermanos labró una vida articulada en torno al atletismo y las clases. No había nada más, casi ni tiempo para ver en la tienda de Pruden cómo El Diario Montañés comenzaba a dedicarle páginas. Las primeras con su hermana, para entonces ya una triplista consolidada en el circuito español. Y depués ya por sí misma, después de que superara salto a salto todas las expectativas de sus allegados, que por cierto no eran pocas.

Así llegó el verano de 2001 y una visita a Amsterdam, la capital de Holanda, donde se disputaba el Campeonato de Europa sub 23. Su medalla de oro la convirtió en estrella y poco después inauguró una serie casi interminable de triunfos en los Nacionales (es la atleta que más títulos ha conseguido) y empezó su nueva vida. La de atleta de élite. La que la animó incluso a operarse la vista para dejar de saltar con gafas mientras se diplomaba en Fisioterapia en Torrelavega.

Tras infinidad de medallas, aunque siempre con el oro pendiente, llegó un 2012 catárquico, con su primer título europeo al aire libre y la decepción de quedar cuarta en sus terceros Juegos, los primeros en los que aspiraba a medalla. Y se retiró, pero se lo pensó dos veces para regresar con más fuerza. Tanta fuerza le proporcionó esa segunda juventud y lo bien que le trató su deporte que hasta lo compaginó con otra faceta, la política, como diputada del Partido Popular en el Parlamento de Cantabria. Con el presidente regional, Miguel Ángel Revilla, tuvo que reivindicar esa separación en su vida. Diputada en la cámara y saltadora de altura en una pista. La figura de Beitia se agrandaba y se magnificaba todo lo que decía, como un pequeño rifirrafe que se originó entre los futboleros cuando decía a finales de 2014 que de momento, no pensaba comprar acciones en una ampliación de capital del Racing.

Concienzuda hasta el extremo, su dedicación para los entrenamientos siempre ha sorprendido siempre a esa parte indispensable de su éxito, Ramón Torralbo. Una determinación que también ha llevado para quienes la felicitan. Ni un mensaje, ni una petición de foto o de autógrafo se ha quedado sin respuesta. Sobre todo los niños. La santanderina los ha atendido siempre de forma especial consciente de que su relevo quizá estaba entre esos pequeños que la adoran.

Ahora, en 2017, con otra pareja, otra casa, estudiando un segundo grado a distancia y un saco de medallas al hobreo (entre ellas el campeonato olímpico, otros dos títulos continentales y la Diamond League) afronta otros vuelos y otros sueños. Quizá la artritis la haya recordado que está ya vieja para el deporte, pero la vida le sonríe con esa misma sonrisa perenne que luce ella misma.

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