Ciclismo

En Peña Cabarga nacen los ciclistas

Los participantes comienzan las primeras rampas de la Peña Cabarga bajo una incesante lluvia /Daniel Pedriza
Los participantes comienzan las primeras rampas de la Peña Cabarga bajo una incesante lluvia / Daniel Pedriza

Más de 300 cicloturistas desafiaron en la séptima edición de la marcha a un día dantesco en el que la pasión por la bicicleta pudo más que nada

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

«Estos son los días en los que uno se hace ciclista». A las 8.00 horas el cielo se empeñó en ponerlo difícil. En Solares los ciclistas se refugiaban bajo una enorme marquesina de autobús junto a la salida. La megafonía sonaba afónica del frío. Seis grados. Tan solo unos minutos antes de dar el banderazo de salida empezó a llenarse de colorines. Los valientes salían de los coches, se enfundaban los chubasqueros, se ajustaban el casco y al lío. La VII Marcha homenajeó ayer a los cicloturistas por cosas como estas. En un día de chimenea y sofá, más de 300 prefirieron ponerse el dorsal y subirse a lo alto de un coloso que a primera hora de la mañana aguardaba con el colmillo afilado. «Nos vamos a mojar», repetían una y otra vez a medida que iban acercándose a la salida. Risas entrecortadas y suspiros, pero a pocos se los vio subir la bicicleta a la baca del coche. «Ya que estamos».

Hay días en los que los pedales ponen a prueba la pasión y el de ayer fue uno de ellos. Al filo de las 15.00 horas todos estaban contando su anécdota en torno al cocido montañés que la organización cocinó para la ocasión. En las 'patas' 136 kilómetros. El de la frase del principio fue José María Ahedo, que ayer portó el dorsal '1' y que sabe de buena tinta lo que es ganarse la vida a golpe de penuria consentida. El exprofesional fue precisamente el encargado de marcar el ritmo en el primero de los grupos que rodó a una media cercana a los 31 kilómetros por hora hasta la base de Peña Cabarga. Enfundado en su maillot oro, el que cada participante se llevó por inscribirse en la prueba, parecía que no le afectase el frío. Experiencia.

Las carreteras se pusieron peligrosas y la organización priorizó la seguridad

Sucesivamente salieron los grupos organizados; primero el más rápido y después los otros dos más lentos. La lluvia se ensañó desde las mismas calles de Solares y hasta el puerto de Ajo, primera tachuela, azotó con virulencia a los ciclistas. Sin piedad. El público hacía lo que podía para amontonarse en las cunetas en los sitios estratégicos. Los paraguas volaban, pero los pedales no cesaban. Así se llegó de vuelta a Solares, momento en el que se hizo un pequeño reagrupamiento. «Dame un trozo de quesada de esa», se escuchaba frente a la mesa. Allí algunos optaron por el recorrido corto, el que les llevó directamente al coloso y los otros, insaciables, se adentraron en las montañas a la estela del coche piloto que no permitía que nadie le rebasara. Alto de Hermosa, Mirones, San Roque de Riomiera... una tortura silenciosa hasta llegar a Linto y después al Caracol. «¿Dónde empieza el puerto?», murmuraba un asturiano. «Es que llevo diez kilómetros subiendo», añadía. Carretera caprichosa.

Rampas verticales

Fue allí donde la cosa amenazaba fea. Las nubes se comían la cima del puerto y al termómetro le dio un bajón. Tres grados marcó en la cumbre en pleno mes de mayo. Los ciclosturistas con Ahedo a la cabeza -en el primer grupo- se daban un calentón para no enfriarse. En Selaya, reagrupamiento. Fue un rato porque la cosa no estaba para muchas charlas. «Vamos, chavales», gritó Enrique Aja, el artífice del guiño que ayer se hizo a los amantes anónimos de la bicicleta. Allí se fueron reagrupando las distintas cápsulas en las que poco a poco los ciclistas iban llegando. De allí hasta las faldas de Peña Cabarga la Marcha fue un paseo entre la lluvia, pero placentero. Parece mentira. Quizás porque todos sabían lo que les quedaba.

De las rampas de la ascensión final poco hay que decir; son casi verticales, crueles y sin respiro. Allí, cada uno cogió su ritmo y comenzó su particular 'via crucix'. Eso también es ser ciclista. Saber sufrir sin importar que se note. La lluvia lo único que se llevó fue al público en las rampas finales, esas en las que las fuerzas ya no existen no había muchas almas caritativas para hacer trampas y pegarle algún empujón al que lo pidiera; en otras ediciones no faltó esa mano amiga, pero ayer se echó de menos. Hubo quien aguantó y para ellos el mayor de los agradecimientos. En una Marcha no competitiva como esta no ganó nadie o más bien ganaron todos.

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