ciclismo

Dos etapas para convertir a Cantabria en juez de la ronda

El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, junto al director de la Vuelta, Javier Guillén.
El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, junto al director de la Vuelta, Javier Guillén. / EFE
  • La subida a Los Machucos, en la jornada 17, será algo menos dura que la propuesta inicialmente por el Gobierno regional

Ya es oficial. La subida a Los Machucos será uno de los ascensos estrella de la Vuelta. El puerto, inédito en la ronda española, pondrá fin a una de las etapas llamadas a decidir la carrera en la tercera semana de la prueba, como adelantó El Diario Montañés. Será una de las dos jornadas cántabras de la ronda, dentro de la apuesta del Gobierno de Cantabria con motivo del Año Jubilar Lebaniego.

La etapa con final en Los Machucos, de 180 kilómetros, será algo más suave que en los primeros bocetos que manejaba el Gobierno de Cantabria, donde se estimaba que saldría desde Espinosa de los Monteros para afrontar más subidas que las previstas en el recorrido oficial, con puertos como La Braguía y el Caracol en el trazado. Finalmente, arrancará en la localidad burgalesa de Villadiego, cruzará la comarca de Las Merindades por Villarcayo o Espinosa de los Monteros y entrará en Cantabria por el Portillo de Lunada. A partir de ahí, la carrera pasará por San Roque de Riomiera o Liérganes, entre otros puntos, antes de afrontar la subida a Alisas, aperitivo para el gran final de la jornada. Después de un pequeño descenso hasta Bustablado, los corredores se enfrentarán a la subida a Los Machucos: unos nueve kilómetros con rampas de hasta el 28 por ciento de desnivel. Durante tres kilómetros, la carretera serpentea sin grandes problemas. Se trata de un terreno en el que los líderes deberán estar bien colocados antes de que comience lo verdaderamente complicado.

Nada más atravesar Bustablado comienza el infierno; el primer kilómetro ronda el 14% y tras un pequeño respiro de apenas cien metros arrancan las rampas con porcentajes que oscilan entre el 20% y el 22%. Sólo es un anticipo. De repente, los corredores se enfrentarán a una recta, el lugar idóneo para el aficionado, de unos 400 metros en donde se supera el 20% sin tregua. A partir de ahí llega un kilómetro escaso en el que los desniveles se suavizan. Recogida de fuerzas. Hasta ese momento, la vegetación, en particular el arbolado, convierte en un infierno oculto a la carretera.

Aún faltarán más de cinco kilómetros en los que la calzada es muy estrecha –apenas pueden circular los coches– y donde el asfalto es de hormigón –puede que se acondicione para esta cita– y con bastante grijo suelto. La vegetación desaparece, las rampas combinan desniveles entre el 18% y en algunos casos el 10%. Las curvas de herradura son constantes. Casi en la cumbre, el Monumento a la Vaca Pasiega da la bienvenida al corredor después de 7 kilómetros de ascenso. Continúa el suplicio, pero los apenas 1.500 metros son tan suaves –un 6 %– que después de haber sufrido tanta agonía parecerá casi llano.

Al día siguiente, aún con la paliza en el cuerpo, tendrá lugar la etapa que transcurre íntegramente por Cantabria. De apenas 110 kilómetros entre Suances y el monasterio de Santo Toribio de Liébana y retransmitida en su totalidad por televisión. La carrera discurrirá en su primera parte por la costa, pasando por localidades como Comillas y San Vicente de la Barquera. Posteriormente, el pelotón pasará por Cabezón de la Sal para atacar después tres modestas ascensiones. Primero la Collada de Carmona, antes del Collado de Ozalba. Y después, el de Hoz.

Ese que estará ligado para siempre al nombre de Alberto Contador. En 2012, el de Pinto atacó casi en la cima, cuando nadie lo esperaba y se lanzó en un descenso a tumba abierta hasta La Hermida para llegar a Potes. Y de ahí a Fuente Dé, donde sentenció la ronda. Algo que parecía improvisado, pero que lo no era. El madrileño ya había hecho la misma jugada en una edición del Circuito Montañés.

A diferencia de entonces, al llegar a Potes no se irá hasta Fuente Dé, sino al lugar que da sentido a la etapa. Los poco más de dos kilómetros que llevan desde la capital lebaniega hasta Santo Toribio quizá no tengan la entidad para que a alguien le caiga una minutada, pero sí para que en meta se pique algún segundo entre los favoritos.