triatlón

Tres veces lo imposible

Borja Ortiz, junto a Cabaña Verónica, durante la ruta de Los Tres Macizos, última prueba del desafío.
Borja Ortiz, junto a Cabaña Verónica, durante la ruta de Los Tres Macizos, última prueba del desafío. / DM .
  • El triatleta cántabro Borja Ortiz completa en 41 horas tres de las pruebas más exigentes del norte de España

Sólo un puñado de nadadores tiene en Cantabria la preparación suficiente para enfrentarse al Desafío Santander, una travesía de 15 kilómetros en las frías aguas de la bahía entre la Virgen del Mar y Puertochico. Hacen falta horas de entrenamiento, pero se puede hacer. Lo mismo ocurre con el ‘paseo’ de 155 kilómetros entre la capital y los Lagos de Covadonga. Hay que esquivar la densa circulación y vencer ascensiones de hasta el doce por ciento dignas de toda una Vuelta a España, pero es posible. Las personas acostumbradas a patear la montaña saben que la ruta de Los Tres Macizos es uno de los trayectos más complicados de Picos, pero con tiempo y paradas para recuperar fuerzas se logran completar los 64 kilómetros hasta llegar a Potes. Lo que resulta impensable es hacerlo todo seguido, sin compañía y sin pisar una cama. Tres veces lo imposible.

El triatleta cántabro Borja Ortiz, que en otras ocasiones ya ha realizado hazañas similares, lo ha logrado. Necesitó 41 horas y sobreponerse a un desfallecimiento que casi le obliga a desistir. "Sé que mucha gente no se lo va a creer y lo entiendo. Es algo muy complicado. Lo más similar puede ser la prueba del Ironman, y en ese caso las distancias son mucho menores", explica el santanderino, que ya había intentado a finales de julio completar esta prueba diseñada por él mismo y tuvo que abandonar. Por hacer el más difícil todavía, se lanzó al agua sin traje de neopreno en una jornada con una temperatura de las aguas muy inferior a la media. No pudo ser entonces. Sí ahora, unas semanas después.

Cuando se volvió a mentalizar para realizar el reto, antes incluso de comenzar, se encontró con el primer problema. Por motivos laborales, un amigo que le iba a acompañar en algunos tramos le dejó solo. "Habría sido mejor que me lo hubiera dicho en el momento. Cuando me enteré el día antes empecé a dar vueltas a la cabeza y no pude ni dormir", explica. Pero siguió para adelante con las ideas claras: "Sabía que era importante que me respondiera el cuerpo, pero también la cabeza. Estar mentalizado para pensar sólo en acabar cada una de las pruebas y no en la siguiente hasta que no llegara. Y sabiendo que no había prisa. En Caín estuve a punto de echar una cabezada. No lo hice, pero tampoco habría pasado nada".

Con la lección aprendida, a las siete de la mañana se lanzó al Cantábrico en la Virgen del Mar. Empleó cinco horas y media en realizar los 15 kilómetros a nado. "Es un tiempo algo superior al que puedo hacer, pero tenía que guardar fuerzas. Esto no iba de hacer marcas, sino de acabar", detalla. Tras secarse y recuperar fuerzas con una alimentación basada en la mezcla de dulce y salado, a las 13.00 horas se montó en la bicicleta. Por la nacional, avanzó por Torrelavega, Cabezón de la Sal… Repechos pequeños pero muy continuos hasta Cangas de Onís, la primera gran cuesta, y sobre todo la subida a los Lagos de Covadonga, 10 kilómetros que por sí mismos ya constituyen una proeza. Desde Santander hasta la cima tardó casi ocho horas.

Con contratiempos

Después de completar el tramo para el que mejor se había preparado y que, en su opinión, era el menos exigente, a las 21.00 horas empezó a andar. "El cansancio se iba acumulando, pero la transición de la bici a andar sienta muy bien, sobre todo al principio. Sabía que lo que había hecho hasta el momento ya era muchísimo, pero quería acabar lo que había empezado". Le quedaba lo peor. Afortunadamente, con una noche inmejorable de luna llena y una media de 18 grados de temperatura. "Estando solo, si no hubiera tenido esa suerte quizás, no me habría atrevido", reconoce.

Y los contratiempos. Primero una torcedura de tobillo bajando la Canal de Mesones. Un grito, un rato cojeando y después el pie volvió a su sitio a lo largo de las cuatro horas que empleó para afrontar los 2.000 metros de desnivel entre los Lagos y Caín. Desde ese punto, volvió a ascender hasta 2.000 metros, pero esta vez en sentido contrario hacia Cabaña Verónica, uno de los puntos de avituallamiento antes de llegar a las 3.30 del domingo a Sotres. Él seguía. "Cuando ya me empezaban a llegar los mensajes de felicitación empezó el mayor calvario". Con un calor de 30 grados, apareció una sensación que, a pesar de todas las ‘locuras’ deportivas anteriores, nunca había tenido. "Cuando te das una paliza física tienes hambre para comerte un chuletón. Pero me pasó lo contrario". Se le cerró el estómago por una indigestión que casi vuelve a dejarle fuera de juego. Durante los 60 minutos de reposo forzado, estaba seguro de que no podría llegar a Potes. Se equivocaba. Con cuatro horas respecto al tiempo que tenía previsto, pero lo hizo.

Tenía fuerzas hasta para tomarse una caña con las personas que habían ido a recibirle. Entre una cosa y otra, se fue a la cama a las tres de la madrugada y a las doce del día siguiente ya estaba levantado. Hasta ahora, siempre que acababa un reto ya estaba pensando en el siguiente. Después del último cree que se tomará un descanso.