Ultratrail

Un día eterno entre dos madrugadas

Pablo Criado y Marcos Menocal posan en uno de los espectaculares paisajes del Tot Dret./DM
Pablo Criado y Marcos Menocal posan en uno de los espectaculares paisajes del Tot Dret. / DM

La lluvia y el frío complican aún más el reto de completar los 132,7 kilómetros del Tot Dret | El recorrido entre Gressoney y Courmayeur se convierte en un reguero de atletas que intenta gestionar carrera y descanso para llegar en tiempo a la meta

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALEntre Gressoney y Courmayeur (Italia).

Lluvia, frío, niebla... Y hasta un viento que, esta vez, se postulaba como aliado para limpiar de nubes preñadas de nieve la última subida de la carrera. Y también dolor. En muchas partes de mi cuerpo. El Tot Dret se podría resumir como la carrera de un día interminable entre dos madrugadas igual de largas. Si todo va como deseamos –con lo que nos queda de fuerzas–, terminaremos la prueba en la madrugada de este viernes. Esos 132,7 kilómetros entre Gressoney y Courmayeur, en pleno Valle de Aosta italiano. Más de 30 horas corriendo para terminar una prueba que arrancaba en la noche del miércoles. La noche, las madrugadas y entre medias, un día que dio para todo. De esos que uno no olvida el resto de su vida.

Esta locura se iniciaba a las 21.00 horas del miércoles en Gressoney. Comenzaba esta aventura junto a mi ya para siempre hermano de la montaña, Pablo Criado. Nos adentrábamos en la noche alpina camino de la primera cumbre, el Col de Pinter (2.776 metros). Entre los participantes en el Tot Dret (130 kms.) y los que aún estaban corriendo en el hermano mayor de esta carrera, el Tor des Geants (338 kilómetros), la oscuridad se rompía con un pequeño ejército de luciérnagas en hilera. Nunca había corrido de noche y tenía bastante miedo. Pero los frontales que llevamos ayudan lo suyo. Esa primera madrugada terminó sin incidencias y de la mejor manera posible. A las siete y cinco minutos de la mañana de este jueves, los primeros rayos de sol iluminaban el Monte Rosa. El espectáculo es de los que dejan sin palabras. La imagen borró de un plumazo esos miedos de la noche. Aunque para mí, la procesión iba por dentro.

En ese momento, nos dirigíamos ya al refugio de Cunéy, un punto situado en el kilómetro 54. Habíamos salido a un ritmo creemos que superior al previsto. Hasta el kilómetro 33 fuimos bien, pero a partir de ahí yo entré en barrena. Desde ahí y hasta el kilómetro 70 es una zona por encima siempre de los 2.500 metros. Y Pablo apuraba para dar ‘caña’. El tiempo estaba muy complicado y había que intentar pasar por los puntos más altos del recorrido antes de que nevase por ahí. El resultado es que yo, en ese kilómetro 70 y tras una bajada de dos horas y media, estaba ‘muerto’. Me dolían muchos las rodillas, los cuádriceps... La lluvia y el frío en encargaban de mortificarme, si cabe, un poquito más.

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Por suerte, en ese punto volvió a aparecer, una vez más, ese ángel de la guarda que llevamos en esta aventura. Millán Criado, el padre de Pablo, estaba poco después de Oyace, uno de los valles a los que bajamos. Un plato de pasta caliente, más un batido de leche, arroz y papilla hicieron que me olvidase, aunque fuese por un rato, del malísimo rato que había pasado. Eran casi la una de la tarde y nos quedaba la mitad, con las subidas más duras aún por realizar. Muy a nuestro pesar, nos iba a caer otra noche. Fijo. Para acabar de enredarlo todo, en esa mañana la previsión de tiempo para el Col de Malatrà, el punto más alto de la carrera (2.936 metros) no podía ser peor. Nieve.

Los ultrafondistas en el alto del Col Vessonaz
Los ultrafondistas en el alto del Col Vessonaz / DM

Esfuerzos y descansos

Una prueba como el Tot Dret no es sólo una colección de paisajes idílicos. Imágenes de la naturaleza que llevarse en el recuerdo o en la memoria del móvil. Porque un ultratrail de esta envergadura también es una colección de postales humanas. Técnicamente, el Tot Dret es una prueba en régimen de ‘semiautosuficiencia’. La palabreja viene a decir que cada uno se gestiona su comida, sus descansos, sus esfuerzos... El límite para completar la prueba es de 38 horas y cada uno se programa de la manera que quiere o– sobre todo, puede–. Desde los primeros clasificados que van casi sin tocar el suelo a los que se lo toman con más calma. Hemos visto, de verdad, cosas increíbles. A participantes en lo alto de un ‘Col’ durmiendo mientras se apoyaba en los bastones. Cualquier lugar es bueno para que el cuerpo se recupere de tanto maltrato.

La media tarde de etse jueves era momento de esperanzas. De reanudar la marcha con, al menos en ese momento, una buena noticia. El viento se quería aliar con nosotros para limpiar las nubes del Col de Malatrà. Y eso significaba que no habría nieve. Por lo menos, era un pronóstico favorable. Con las piernas más machacadas a cada segundo, nos disponíamos a pasar por los puntos de control que aún nos quedaban por delante. El refugio de Champillon, antes de subir el Col del mismo nombre (2.709 metros), Saint-Rhémy-en-Bosses, donde ya superábamos la barrera de los 100 kilómetros... De nuevo la noche caía sobre los Alpes y obligaba a encender esa luz del frontal olvidada desde esa vista del Monte Rosa.

Nos queda por delante el último tramo de esta historia. El más duro. Si todo ha ido bien, esa cima del Col de Malatrà significa que empieza un descenso no hacia el infierno, sino hacia la gloria. Calculamos llegar a Courmayeur a eso de las cuatro de esta madrugada.

El italiano Cesare Clap se había dado mucha más prisa. A las 21.15 horas ha entrado como ganador del Tot Dret. En la madrugada del miércoles, un español, Javi Domínguez ganó el Tor des Geants (la superprueba), con un récord de 67h.52:15. A ellos, estos retos se les han hecho mucho más cortos que a nosotros.

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