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De estirpe verdiblanca

  • Doce jugadores han compartido la camiseta del Racing desde la relación paterno-filial

Son doce futbolistas especiales en la historia del Racing. Supieron conectar su talento con el balón en los pies y luego trasmitirlo con orgullo de padre o admiración filial. Vivieron (o viven) sensaciones de apego compartiendo el lazo de la sangre y de la carne, pero también el de privilegio por el hecho de vestir la misma camiseta, aunque en diferentes épocas, y crear el vínculo irrompible de un pasado que renueva su porvenir en la vida y en el campo de fútbol.

Los padres que jugaron en el Racing y renovarían el gozo de su debut cuando vieron a sus hijos saltar al campo con la misma camiseta son Raba, Larrinoa, Trigo, Marquitos, Morito y Quique Setién. Aunque uno de ellos, Raba, murió antes de que ese estreno se produjera. Y los seis hijos que intentaron emular las gestas de sus padres, hasta que por fin tuvieron la oportunidad de demostrar su valía fuera de las alas protectoras de su progenitor, son Raba, Larrinoa, Trigo, Marcos, Herrero y Laro.

El primer padre que jugó en el Racing y tuvo un hijo que defendería los colores verdiblancos fue el guardameta santanderino Valentín Raba Allende, que actuó en las temporadas 1923-30, defendiendo la portería en la histórica fase de clasificación de ingreso en Primera y actuando también en el primer partido de Liga de la máxima categoría que disputó el conjunto cántabro. Fue el único que no pudo disfrutar del debut de su hijo, Valentín Raba Ortiz, un centrocampista que jugó su primer partido oficial en 1963, diez años después del fallecimiento de su padre, ocurrido cuando éste tenía 48 años.

Aunque también santanderino, Raba Ortiz se había formado en las secciones inferiores del Real Madrid y había jugado en clubes como el Salamanca, la Real Sociedad y el Celta. En el Racing lo hizo siempre en Segunda División, en el periodo comprendido entre 1963 y 1968, con la excepción de los partidos que jugó en el Melilla durante su servicio militar en esa ciudad en la temporada 1965-66. Fue uno de los jugadores que participó en la película de Mario Camus 'Volver a vivir', cuyo argumento se desarrolla alrededor del Racing, y en donde incluso tuvo un pequeño papel cinematográfico.

Otro padre racinguista feliz fue el vizcaíno Rufino Fernández de Larrinoa Magunaurrecoechea, más conocido como Larrinoa, otro de los legendarios jugadores de la fase de clasificación de la primera Liga y el estreno del Racing en Primera División. Larrinoa logró con el Betis la proeza de obtener el campeonato de Liga en 1935, el único título liguero de los andaluces, después de ganar el partido que enfrentó a béticos y racinguistas en los Campos de Sport. Su hijo, el delantero Francisco Fernández de Larrinoa Setién, había nacido en Santander y debutó en el Racing procedente del Indauchu el 13 de enero de 1957, cuando su padre acababa de cumplir 48 años. Fue el mejor regalo de cumpleaños.

También tendría la ocasión de vivir cómo su hijo debutaba en el Racing el guardameta coruñés Francisco Trigo García, que jugó en el equipo santanderino en las temporadas 1935-36 y 1939-40, ambas en Primera División y que se retiró del fútbol tras perder un riñón después de un choque contra un jugador del Athletic de Bilbao. Trigo llegó a Santander procedente del Deportivo de La Coruña y en esta ciudad nacería su hijo Francisco Trigo Guillemette (1963-65), debutando en la delantera con el conjunto santanderino que dirigía Louis Hon el 24 de noviembre de 1963, en partido de Segunda División disputado en los Campos de Sport frente al Constancia.

Pareja de internacionales

La pareja de padres e hijos que por su calidad, internacionalidad y títulos puede destacarse incluso a nivel nacional, es la formada por el defensa santanderino Marquitos y su hijo Marcos. Marquitos fue un jugador formado en el gran Kostka de Samuel Lamarca y en el Rayo Cantabria, antes de jugar en el Racing en Primera División (1951-54). Su traspaso al Real Madrid resultó providencial para los éxitos deportivos del club blanco, entre ellos las cinco primeras Copas de Europa que el cántabro levantó junto a su paisano Paco Gento. Marquitos siempre tuvo el ardiente deseo de que su hijo Marcos vistiera la camiseta del Racing. Aunque santanderino, Marcos comenzó a jugar en Madrid, donde residía su familia, hasta que su padre le trajo a Santander para incluirle en el equipo juvenil racinguista, donde coincidiría, entre otros, con Quique Setién. Y como Quique, también debutó en el Racing en 1977 de la mano de Nando Yosu. Tras una primera etapa que le impulsó a equipos de entidad como el Atlético de Madrid y el Barcelona, Marcos regresaría a Santander para colgar las botas en la temporada 1990-91 contribuyendo al ascenso de los cántabros a Segunda División con uno de los goles del decisivo partido de Las Margaritas frente al Getafe. Tanto el padre como el hijo fueron internacionales absolutos. Marquitos lo hizo en dos ocasiones, mientras que su hijo le superó con 22 partidos.

José Luis Herrero Vielva, más conocido por su apodo, Morito, es otro de los orgullosos padres que contemplaron a su hijo defendiendo la camiseta racinguista. Morito era defensa y se incorporó al primer equipo procedente del Rayo Cantabria, jugando en la temporada 1958-59, cuando el club estaba en Segunda División. Disfrutó viendo a su hijo José Luis Herrero Fernández en los Campos de Sport durante las temporadas 1979-81. Herrero había debutado en partido de Copa el 9 de enero de 1980, cuando el Racing perdió en Madrid frente al Castilla (3-1) con una alineación formada por Damas, Chiri, Mantilla, Sañudo, Preciado, Geñupi, Díaz, Cabral, Pachín, Quique y Escobar. Herrero salió sustituyendo a Quique en ese partido, y en la temporada 1980-81, consolidó su presencia en el equipo y fue uno de los jugadores del ascenso a Primera con Manuel Fernández Mora dirigiendo la plantilla.

Tras una pausa derivada del cumplimiento del servicio militar en Baleares, donde jugó en el Ses Salines, Herrero regresó a Santander para continuar jugando en Primera con el Racing entre 1982 y 1984, y luego formar parte de la plantilla del Palencia. Los restos mortales de los dos Herrero, padre e hijo, descansan en un nicho del cementerio de Peñacastillo, junto a una bandera racinguista que los amigos y familiares depositaron en 1992, cuando, como consecuencia de un accidente de tráfico, José Luis falleció a la edad de 31 años.

La última pareja cronológica de padres e hijos, la de los Setién, está avalada por Quique, un jugador emblemático en la historia racinguista, un juvenil que en 1977 se enfrentó a la Primera División con una comodidad desconcertante, un futbolista que superó graves lesiones y ataques personales de poderosos directivos que nunca pudieron acabar con su talento y calidad, y que después de una etapa brillante (1977-85), continuó en el Atlético de Madrid, donde fue internacional, y el Logroñés, ofreciendo su magisterio en su regreso al Racing (1992-96).

El debut de su hijo Laro el pasado domingo ha cerrado por el momento este selecto grupo de futbolistas especiales de padres e hijos racinguistas. Laro, el único de los doce que no ha conocido los antiguos Campos de Sport, también tiene el mérito exclusivo de una genealogía de doble dirección, porque además de su padre, también fue jugador del Racing su abuelo materno, José Antonio Lozano, que formó parte de la plantilla de la temporada 1962-63, en Segunda División a las órdenes de Miguel Gual.

Laro Setién Lozano mantiene la relación más viva, actual y cargada de futuro entre padres e hijos jugadores racinguistas. La sangre de las dos ramas familiares empuja para que sea un excelente futbolista, aunque al final todo dependerá de su propio esfuerzo, sacrificio y voluntad de seguir creciendo como hombre y como futbolista.