Una noche como las de siempre

fotogalería

Ernorme tifo colgado en La Gradona de los Malditos. / Javier Cotera

  • Los Campos de Sport disfrutaron de una fiesta que hizo recordar a los veteranos y alborotarse a los novatos

Y de repente el autocar del Athletic de Bilbao irrumpió al fondo de la calle. Directamente, sin que nadie indicara al conductor, aparcó en su sitio correctamente. No era la primera vez que lo hacía, por eso lo hizo a la primera. Tenía costumbre. A su llegada ya esperaba un centenar de aficionados rojiblancos agitando sus bufandas. Al otro lado, separados aleatoriamente estaban los racinguistas;erguidos, ataviados con su colores y con la mirada clavada en las ventanas tintadas del autocar. En los ojos de los seguidores locales se podía adivinar la nostalgia; la envidia consentida. «Hoy vais a sufrir», gritó uno de los más atrevidos. Un grito que hizo zarandear la cabeza de los que le rodeaban. Y entonces comenzaron a salir de uno en uno Etxeita, Elustondo, Lekue... Aduriz, el más aplaudido. «Sólo he visto a Valverde», le decía una chica a su pareja a diez metros del escaparate rojiblanco. Probablemente con tanto canterano y después de varios años alejados del fútbol grande, la cara más conocida para algunos fuera la del entrenador vasco. Antes que el ya famoso autocar, camuflados entre el gentío y vestidos de paisanos, fueron llegando esparcidos y cada uno a su aire los jugadores del Racing. «Aúpa Couli», «Vamos Gándara»... De casa al campo.

ver más
  • La crónicaUna copa vigorizante

  • Pablo Pinillos"El sueño para el Racing depende de sacar un buen resultado en El Sardinero"

  • La aficiónUn escaparate para La Gradona

  • VídeoA por la quinta

  • VídeoUn derbi que son muchos

  • TrayectoriaNo es un derbi, pero casi

  • HistoriaEl último partido de la república

La noche de ayer fue como un regreso al pasado, pero con el freno de mano echado. El racinguista, orgulloso como es de su historia, tiene a los recuerdos la misma querencia que los toros a las tablas;siempre que puede aprovecha para sentirse como lo que fue. Por eso disfrutó aparcando a todo correr donde pudo, en parte no le importó que hoy se madrugara y aguantó hasta el final... Por gustarle hasta le gustó el lío que había montado de cables en los aledaños de El Sardinero con las unidades móviles de las televisiones que en todo partido de la máxima importancia no puede faltar. «Jugamos a la hora de los buenos», replicaba un seguidor mientras sacaba el carné de socio. Las 22.00 horas tienen la doble condición de ser un horario propio de los ‘gallos’ y a la vez un problema de difícil arreglo; sin duda la media entrada que faltaba en El Sardinero prefirió quedarse en casita ahora que al Racing lo vuelven a echar por la tele. Una lástima, se les echó de menos. De la misma manera que se les puso falta a muchos, otros debutaron, como la alcaldesa de Santander, Gema Igual, que llegó justo cuando sonaban los acordes de la Fuente de Cacho al son del pito y el tambor. Acertó la primera edil en su estreno porque precisamente mientras saludaba a sus compañeros de palco El Sardinero se convirtió en el de siempre;una enorme estampa con varios guerreros cántabros se desplegó en La Gradona, los espectadores se pusieron en pie y la atmósfera que se creó por momentos fue de las que nunca se olvidan.

Sin pestañear

Los jugadores de ambos equipos pisaban el campo pensando en su trabajo pero quien más o quien menos –para algunos aquello era nuevo– también alzaron la vista para presenciar el espectáculo.

Hay ocasiones que para darse cuenta de lo que realmente significa algo basta con estar en silencio;como el socio de Tribuna, que junto a los pupitres abarrotados de prensa humedecía sus ojos con las lágrimas de la nostalgia. Mientras en La Gradona se las ingeniaban para hacer ruido, en la zona noble del campo el silencio fue la forma de disfrutar. Cuanto menos se distraiga uno mejor, debieron pensar.

A los doce minutos, un gol tempranero del Athletic le robó cierto encanto a la noche;El Sardinero se quedó sin pilas por momentos, como si nadie quisiese reconocer la aplastante realidad. Pero llegó el empate y la sonrisa desbordó la grada. Eso sí, una sonrisa que duró tres minutos hasta que otro gol, el segundo rojiblanco se empeñó en robar la magia de una noche de recuerdos. De ahí hasta el final fue un vaivén de sensaciones.

Cada cual disfrutó de la ocasión a su manera; los futbolistas en el campo, los aficionados de siempre como de costumbre y los novatos sin perder ripio. Nadie quiso perderse un detalle de la noche por si acaso no vuelve a haber otra en mucho tiempo;hasta los televisores del palco funcionaron a la perfección;y el café de puchero sabía más rico, y la megafonía sonaba mejor, y los videomarcadores... No, lo videomarcadores seguían apagados. Para la próxima semana.