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Los primeros veinticinco años

El domingo amanecía despacio en los alrededores de los Campos de Sport. Como si el día anunciara que no era necesario tener prisa. Como si supiese que el desplazamiento a León, marcado en el calendario de los seguidores racinguista como cita de obligado cumplimiento, no iba a ser decisivo para las pretensiones de la Cultural y de nuestro Racing. Para alcanzar la ventaja del campeón de grupo.

Eran tantos los seguidores del Racing que decidieron estar presentes en una cita clave. Fue el día del «yo estuve en León». Por haber, había gente que no había visto un partido del representativo en toda la temporada. Pero había que estar allí. ¿Por qué? Lo de menos es el por qué. Había que estar. También iban aquellos que luego te repiten mil veces las bondades en este caso de la capital leonesa, como si León les hubiera estado esperando a ellos exclusivamente. No faltaban los que, arrastrados por la pleamar, encontraron en el Barrio Húmedo un lugar espléndido para varar. O aquellos que la tarde les resultó de una mala digestión y dicen que no volverán a comer esa comida llena de tropiezos que los cocineros del sentir llaman ‘desencantos’. Fueron tantos los que viajaron que había opiniones para todos los gustos, pero la inmensa mayoría tiene el convencimiento de que estaban realizando un ensayo general para cuando llegue la cita definitiva.

Ya sé que lo pasado, pasado está, ya se trate de un viaje o un ascenso. Sucedió. Pero con él pasado se construye el porvenir. Recuerdo una temporada, la 69-70, en la que veo ciertas similitudes con ésta. Un 13 de marzo del 70. Partido de vuelta entre los dos primeros: Cultural–Racing (2-2). El viaje a León fue masivo pese a las dificultades que presentaba la tortuosa carretera, de doble sentido, con las Hoces y Pozazal de por medio. El Racing, con el empate, mantenía la distancias respecto a su perseguidor –después seríamos campeones de grupo–. El regreso fue alegre a pesar de la gran nevada que nos retuvo al equipo y a la mayoría de seguidores en Aguilar de Campoo y Mataporquera hasta el mediodía siguiente. Donde los salones del Hotel Valentín se convirtieron en un refugio donde mover un pie del sitio era sinónimo de pisotón. El equipo esa temporada ascendió a Segunda División después de un partido de desempate –igualadísimo– en el Santiago Bernabéu, contra el Ilicitano. Allí, una genialidad de Ico Aguilar acabó en gol. Cuando la locura por el ascenso se apoderó del racinguismo y el césped fue invadido en un abrazo compartido con todo lo que se movía, ocurrió algo inolvidable. Mareado de tanta felicidad, observo a un seguidor racinguista –su asistencia a los Campos de Sport era la de un fijo obstinado– tumbado en el césped boca abajo. Me acerqué y le pregunté: «Luis, ¿pero qué haces?...». «Comer esta hierba –respondió–. Quiero llevarla dentro de mí y llenar este sobre con ella para colocarla en un lugar preferente de mi casa, para cuando la vea, aunque se seque, mantener siempre fresco este momento inolvidable». Han pasado de esto cuarenta y siete años. Y la mayoría de aquellos benditos locos ya no están con nosotros. Pero no tengo la menor duda de que los seguidores racinguista del domingo pasado en León son sus hijos y nietos –como los míos–, que en el pasado fueron construyendo el porvenir de nuestro Racing. Por eso hoy quiero decir a nuestra joven y espléndida afición que lo difícil para ser seguidor del Racing son los primeros veinticinco años, luego todo es más fácil.