El rebosar del campo

Qué fácil resulta subir al tren de la ilusión cuando se realizan invitaciones como las que el Racing nos ofrece en esta recta final de temporada. Es cierto que con tantas ganas de viajar hacia estados de ánimo extraordinarios que nos evadan de una realidad más o menos tediosa, cualquier cosa es capaz de catalizar el entusiasmo colectivo, hasta un simple partido de fútbol de Segunda B. Pero es que el entusiasmo es un fenómeno contagioso cuya facilidad en propagarse va en función de la magnitud y densidad de la masa de personas que lo manifiestan, y el racinguismo, desde el proceso liberalizador que culminó con el plante copero y el desalojo de los dirigentes indeseables, es una fuerza vital compacta, poderosa y dispuesta a convertirse en una plaga que infecte a toda Cantabria.

Yo no sé muy bien si ese entusiasmo concentrado y rebosante de alientos y gritos de ánimo en un campo de fútbol puede ayudar a los deportistas a mantener su euforia, contribuir a la seguridad en sí mismos (esencia del acierto) e incluso dotarles de esa voluntad, a veces inexplicable, que les permite alcanzar un balón que parecía perdido o rematar con una inspiración digna de un creador artístico. No lo sé, aunque presiento que algo hay de verdad en ello si tenemos en cuenta el interés de los clubes por dar facilidades de acceso a los espectadores para llenar las gradas por encima de las propiamente económicas que supone un precio más alto de las entradas.

Conocer si ese entusiasmo del rebosar del estadio influye o no en el rendimiento deportivo, es lo de menos. Lo importante es mantener la convicción de que sí lo es, y si creemos que somos partícipes importantes del destino del equipo, nos comportaremos como tales, es decir, nos vestiremos con la camiseta del club y mostraremos una disposición activa y comprometida a la hora de cantar y animar porque sabemos que nuestra colaboración puede ser tan determinante como la de un centro al área adversaria. Entonces convertimos nuestra asistencia en un acto de amor y compromiso más o menos desinteresado que suele detectarse en la medida en que el aplauso se mantiene sin tener en cuenta un mal resultado o el mal juego del equipo. Es cuando el «ahora más que nunca» se escapa de las más fieles gargantas para demostrar con hechos la grandeza de los gestos de ánimo.

Pero el rebosar del campo no siempre es un síntoma de cariño o apego por el club. En la recopilación de los últimos trece llenos de El Sardinero municipal que el pasado jueves realizó Marcos Menocal en este periódico, también hay asistencia plena hipnotizada por la atracción de los grandes clubes con sus respectivas estrellas mediáticas. Es la faceta del espectáculo deportivo que atrajo al campo para llenarlo a los simpatizantes del Real Madrid o del Barcelona en las temporadas 1994-95, 2007-08 y 2008-09.

La respuesta de la afición para llenar El Sardinero en el partido de hoy encaja con la idea expuesta del entusiasta (experimentado o recientemente convencido) que acude al estadio con el principal objetivo de empujar a su equipo a la victoria. Es el mismo motivo que reunió a los aficionados del encuentro contra el Español en 1993 y que valió el ascenso a Primera; el mismo que en 2002 sirvió para que Moratón rematara su gol contra el Atlético de Madrid consiguiendo el último salto del Racing a Primera División; el mismo que convocó a los aficionados en 2008 contra el Deportivo de la Coruña, ansiosos de ver a su equipo, clasificado para la UEFA, algo que, también con un lleno en el campo, se conseguiría semanas después al vencer al Osasuna en el último partido de Liga; el mismo motivo que nos llevó a El Sardinero para ver el partido contra el Getafe y llorar el infame gol de Casquero que nos privaría de la final de la Copa del Rey de 2008; y al año siguiente, en Liga y contra el mismo equipo, el que nos guió por el afán de venganza para que el Getafe se hundiera en Segunda División, algo que no ocurriría debido al empate a uno que salvaría a los madrileños.

Hoy El Sardinero vivirá otra experiencia del tren de la ilusión que nos transportará hacia estados de ánimo extraordinarios. Sabemos que ese entusiasmo es un fenómeno contagioso cuya facilidad en propagarse va en función de la magnitud y densidad de la masa de personas que lo manifiestan, y el racinguismo, desde el proceso liberalizador que culminó con el plante copero y el desalojo de los dirigentes indeseables, es una fuerza vital compacta, poderosa y dispuesta a convertirse en una plaga que infecte a toda Cantabria. Que ni hoy, ni nunca, descarrile.

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