AUNQUE LLUEVA O SOPLE SUR

Pero iremos a Barcelona, ¿no?

Esther no para de llorar. La empezaron a picar los ojos tras la expulsión de Prats, pero el asunto se agravó con el uno a tres, y con el cuarto aún iría a peor. Los tres pitidos finales serían para ella el principio de un llanto que ya no iba a encontrar consuelo. Llora y llora, empapando la bufanda verdiblanca y la camiseta del Racing que todavía no se ha quitado.

Esther es mi chiquilla, y mi acompañante a todos los partidos del Racing desde hace tres temporadas. Le hemos seguido hasta Galicia en días lluviosos, hemos sufrido insolaciones en León y en Castilla, nos hemos empachado en Asturias y en Navarra, para volver unas veces eufóricos y otras con ese inconfundible mal sabor de boca de las oportunidades perdidas. Tres largos años de penar por las categorías inferiores, por esos campos de Dios, de purgar las culpas de unos delincuentes pero que al final hemos tenido que pagar entre todos.

Esther tiene dieciséis años, y todavía está aprendiendo lo que es la vida. Y el aprendizaje conlleva conocer todo lo bueno, pero también lo malo. Para disgusto de su madre, hace tiempo descubrió que el fútbol en general seguía sin interesarle demasiado, pero el Racing la volvía loca. Algo tiene este club, que como se te meta en las venas se convierte en la adicción más incurable. Incluso, aunque pierda, como tiene por costumbre.

«Otro año en segunda B», se lamentaba. Aunque no me dijo lo mismo que hace un año: «Bueno, por lo menos en segunda B podemos ir a todos los desplazamientos. Y encima ganamos casi siempre». Y salía del estadio pensando en aquella tontería de que la juventud se cura con el tiempo, cuando me crucé con Pepe Barros, que tampoco podía contener el llanto. Estaba herido. Él, que ha sangrado por el Racing, literalmente.

Cuánta razón tiene razón Pedro Lezcano: «Este club tiene que hacerlo todo a lo grande». En efecto: ganar. y perder. Hace dos semanas escribía que este año el ascenso sería heroico o no sería. Por el momento, parece que va ganando el no. Pero nunca se sabe.

Lo que no me gustaría es empezar a señalar culpables. Al menos, entre los verdiblancos. No es elegante quejarse de los árbitros -o eso suele decirse cuando se gana-, ni parece serio descargar culpas en ellos, pero si el Barcelona B consiguió pasar ayer al Racing por encima, lo hizo aupándose en buena medida en una ayuda indisimulable del colegiado. Y no porque hubiera errores de bulto -¿Realmente la entrada de Abdón Prats merecía la expulsión? ¿Fue más violenta que la patada de los barcelonistas dos minutos antes? ¿Sólo hubo faltas en el área verdiblanca, mientras que Aquino siempre fingía?-, sino que se trata de algo más sibilino, una actitud menos escandalosa pero mucho más constante, que consiste en que cada balón dividido caiga siempre del lado de los blaugranas, y que la permisividad siempre toque en el mismo barrio. Detalles en apariencia intrascendentes, pero que desquician a un equipo, y abortan además muchas oportunidades y contragolpes. Si se les pudiera recusar, el colegiado de ayer merecía que el Racing lo hiciera a perpetuidad.

Y ahora lo más fácil sería cargar las tintas contra el míster. Él no marca a los rivales ni lanza los penaltis, pero a fin de cuentas es el máximo responsable. Le va en el sueldo, cacarean muchos. Sin embargo, sería injusto no romper una lanza por Viadero. Incluso hoy. Él nos ha traído hasta aquí. Luego las cosas no han salido según esperábamos, pero es que seguro que ni en los sueños más húmedos de Gerard López entraba llevarse tanto botín.

Cierto que Viadero no pudo corregir el rumbo tras la expulsión, y que los cambios llegaron demasiado tarde, cuando los culés nos humillaron con rondo que parecía interminable y sin embargo terminó, pero en gol. Pero es que Viadero no engaña a nadie: a él no le gustan los cambios, y los hizo cuando los consideró imprescindibles. No arregló el desastre, pero no tuvo la culpa de que todo, absolutamente todo, saliera mal.

Y mi chiquilla, que es tan sentida, que llevaba toda la semana en vilo esperando el partido, sigue inconsolable. Sólo ha dejado de llorar en dos ocasiones. Una, para filosofar en verdiblanco: «Si los milagros de verdad existen, éste es el momento adecuado para demostrarlo». Y luego cuando, con los ojos todavía brillantes, me ha preguntado: «Pero iremos a Barcelona, ¿no?». Hoy, gracias a Esther, he comprendido lo que es el racinguismo. O el sufringuismo, por definirlo con más propiedad. Ahora más que nunca.

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