«Esa camiseta no la merecéis»

«Esa camiseta no la merecéis»

La grada expresa su descontento con el equipo y ruge varias consignas contra los jugadores y la directiva del club

Leila Bensghaiyar
LEILA BENSGHAIYAR

Era una final y la afición del Racing se lo tomó como tal. Hasta donde se lo permitieron las 400 entradas dispuestas por la Real Sociedad B para los seguidores cántabros. El verde y el blanco se hicieron notar en la grada de Zubieta entre unas fuertes medidas de seguridad, dignas de Primera División, después de que el decisivo choque fuese catalogado como de alto riesgo.

Hubo aficionados que llegaron directamente a las instalaciones de entrenamiento del club txuri-urdin. Otros aprovecharon el espectacular día de sol para hacer turismo y un poco de ejercicio gastronómico. San Sebastián, Zarautz, Getaria... Diferentes enclaves, pero sensaciones comunes: optimismo a pesar de todo lo sufrido esta temporada y nervios. Infinitos nervios. «Tenemos que ganar sí o sí, no nos queda otra», comentaba un aficionado de la peña San José en los aledaños del campo. «Ya verás que sí. Esto está hecho», era la respuesta de su compañero. Que la esperanza es lo último que se pierde no hace falta explicárselo a un racinguista. Nada hacía presagiar lo que vendría después. Aún con un sol de justicia, oscuros nubarrones se cernían en el horizonte.

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Apenas media hora antes de que comenzase el encuentro la grada verdiblanca ya estaba prácticamente repleta –con excepción de Juventudes Verdiblancas, que llegó al estadio cinco minutos antes del choque, escoltados por la Ertainzta.– y en silencio. Hasta que el Racing saltó al campo a calentar. Entonces 400 cántabros prorrumpieron en una cálida ovación. Silbidos y aplausos llenaron el aire para recibir en pie a los hombres de Pouso al grito de : «Sí se puede, sí se puede» y «Vamos, vamos Racing. Vamos campeón».

Muchos aficionados abandonaron Zubieta mucho antes del final, síntoma del evidente enfado con el equipo

Lo cierto es que eran menos de medio millar, pero metían más ruido que los 2.100 donostiarrras que también abarrotaban las gradas para animar al Sanse. Los cánticos de un sector vediblanco recordaban a los jugadores racinguistas que no habían viajado solos a Zubieta. Incluso algunos se atrevían a encararse, eso sí de fondo a fondo, con una parte de la afición rival, que respondía a las arengas de los cántabros como si de un duelo de MCs se tratase.

Y en eso llegaron los goles tempraneros de la Real y las tornas cambiaron. Algunos se llevaron las manos a la cabeza y prefirieron no sentarse. Mejor morir de pie. No salían de su asombro. Los fantasmas que persiguen a los 'sufringuistas' comenzaron a aparecer con cada golpe de bombo de los txuri-urdines. Los peores temores se confimaban. El desánimo y el pesimismo se dejaba sentir en la grada. Más de lo mismo. Brazos cruzados, caras lánguidas, rictus de preocupación, algunas cabezas bajas y murmullos por parte de la mayoría. Luego enmudecieron. Como el Jefe Bromden, el gigantón indio de 'Alguien voló sobre el nido del cuco'. Y como a él, a muchos les entraron ganas de colocar una almohada sobre un Racing igual de lobotomizado que McMurphy para acabar son su agonía y después saltar por la ventana y huir dejando todo atrás ante la perspectiva de una año más penando en Segunda División B.

Los gritos de «directiva dimisión» también se escucharon en algunas fases del partido

El tercer gol de la Real terminó por encender los ánimos de la afición verdiblanca. «Esa camiseta no la mereceís» rugió la grada. La indignación pesaba sobre los 400 de Zubieta, que esperaban mucho más de su equipo. La que prometía ser la primera de las finales a las que tendría que hacer frente el equipo cántabro acabó simplemente como el final del Racing. Los puntos suspensivos que prometían un posible final feliz para el club verdiblanco tornaron en un triste punto final. Tocaba volver a casa con la frente marchita, que cantaba el tango argentino, esperando en la última jornada una carambola casi imposible para salvar el pellejo.

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