¿Habremos sido buenos?

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

En el juicio final, si hemos sido buenos iremos al cielo, y si hemos sido malos al infierno», recordó Pouso en sala de prensa tras el empate frente al Burgos que deja al Racing prácticamente descartado en la lucha por el liderato. Interesante referencia, que en manos de un psicólogo freudiano daría mucho juego: –¿Qué ve usted en estas manchas? –Una fase de ascenso que se aleja. O bien: Si digo viaje, ¿qué es lo primero que se le pasa por la mente? –Paparda. –¿Y si digo gol? –En contra.

Eso sí, el juicio final nadie tiene ni idea de cuándo llegará, pero un pequeño adelanto lo tenemos cada año, a final de temporada. Y como no se espabilen los de Pouso, lo mismo este curso llega adelantado. Porque tras el enésimo batacazo a domicilio, lo mismo en lugar del tribunal de propietarios y directiva, quien acaba dictando sentencia por procedimiento abreviado es el racinguismo, con los Campos de Sport como juzgado de urgencia.

La verdad es que los columnistas del Racing deberíamos hacer una colecta y levantar un monumento a Pouso, porque nos hace el trabajo mucho más fácil. Después de un batacazo como el de El Plantío, lo mismo suelta un «¿Qué quieres? ¿Qué dimita porque no he ganado?», que sale con que es difícil que aficionados y periodistas entendamos las decisiones de un entrenador. Cosas del directo, y de los resultados adversos, es de suponer. Pero esta deriva mística no pinta nada bien; lo mismo es que, al ver la errática línea del centro del campo, con más curvas que el desfiladero de La Hermida, le vino a la memoria aquel proverbio de que «Dios escribe recto con renglones torcidos». Quién sabe.

¿Qué diría El Sardinero si tuviera que juzgar ahora mismo? Partiendo de que el sufringuista está compuesto de un treintaitrés por ciento de paciencia, un tercio de esperanza y otro tanto de pólvora y materiales inflamables, sería difícil preverlo. Si el juicio final llegara esta mañana, después del viajecito por la cordillera nevada, más de uno acabaría en las calderas de Pedro Botero. Pero como el amor no es rencoroso sino incondicional, a medida que pase la semana se irán enfriando los ánimos, y la previsible victoria en casa nos devuelva la paz social, aunque sea en precario.

Porque la clave no es si hemos sido buenos o no; el fútbol es un juego caprichoso que no entiende de merecimientos ni culpas. Ni mucho menos. Pese a toda la pasión que desata a su alrededor, es un deporte frío como la bolsa. Un mercado bursátil donde las cotizaciones van al día, donde todo se tasa, se compra y se vende. Y entre los valores a la baja ahora cotiza esa ilusión que mueve a los aficionados a mover montañas, o más bien a vadearlas incluso en plena glaciación, con tal de acompañar a su equipo en los desplazamientos.

A fuerza de decepciones, la ‘gradona portátil’ se está quedando en ‘gradina’. Esos aficionados que hacíamos que los partidos fuera parecieran en casa cada vez somos más perezosos. Yo incluido, que me he quedado en casa, viendo el partido en pantalla grande, como en los buenos tiempos. Se sufre igual, pero más calentito. Por supuesto, no es lo mismo que ir al campo, y además estás expuesto a que los amigos te hagan ‘spoiling’ con los goles –gracias, Fernando, entiendo que lo tuyo es vocación periodística: no puedes guardarte una primicia, aunque se deba al retardo internetero–, pero como alguna plataforma televisiva ande viva, se forra, porque a ver quién es el optimista que se apunta a los próximos viajes del Racing, con semejante panorama.

En fin, que dejaremos el juicio final para mejor ocasión, pero el que Pouso se declarase ayer «un poco más agnóstico» no es que sea como para tranquilizarse, porque a partir de ahora lo del Racing va a ser cuestión de fe. De creer en los milagros, vamos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos