falta de ambición

Es cierto que ayer se venció, pero no podemos decir que sin apuros

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Nada más complicado de cambiar que las costumbres arraigadas: cuando un equipo está hecho a sufrir, parece que se abona a pasar apuros. Aunque no resulten estrictamente necesarios. Porque es cierto que ayer se venció, pero no podemos decir que sin apuros. Y es que el domingo todo discurría por el buen camino, hasta que del modo más incomprensible el Racing se complicó la vida, y reaparecieron algunos viejos fantasmas. Rebobinemos: en consonancia con lo que había anunciado, Viadero alineó a su nuevo equipo de gala, con un par de retoques de circunstancias en la línea defensiva, debido a la lesión de Gándara y la sanción a Julen. En el resto, la filosofía de la resurrección al poder: cantera, cantera y tres faros que nos devuelven la esperanza, Granero, Héber y Aquino. Precisamente una combinación entre estos dos últimos propició la gran alegría de la tarde, un gol de bella factura que encumbra de nuevo a Aquino, quien incluso sin estar en su mejor momento sigue teniendo dinamita en las botas. Pero antes el recital de Héber haría que a más de un defensa rival se le apareciera anoche en sueños. Eléctrico, estratosférico, el gallego se volvió a reivindicar como un puntal del equipo, que en general brilló en un primer tiempo que parecía diseñado para el lucimiento de un Racing que, en realidad, se quedó corto. Con un Javi Cobo muy voluntarioso y un Sergio que construye juego desde la banda derecha, el centro del campo era completamente verdiblanco. Sólo faltaba un poco más de claridad arriba, pero durante muchos minutos el Lealtad se vio completamente superado por un Racing que, esta vez sí, decidió llevar el peso del partido y encerrar al rival en su área.

Al descanso, con el gol repetido en los marcadores, no nos percatamos de que en este club la ley de Murphy es infalible: si algo puede ir mal… Que las recién estrenadas pantallas tengan ya una celda averiada no era un buen presagio. Porque todo ese empuje inicial fue desapareciendo poco a poco, con el Racing ya mandando en el resultado. Como si ya todo estuviera hecho, como si lo importante fuera defender la renta, fue cediendo espacio a los asturianos. La política de siempre: que arriesguen ellos. Para eso tenemos dos centellas en las bandas y un carterista como Antonio Tomás. Sin embargo, éste es un juego de fe, y de poco sirve que te sepas muy superior a tu rival: cuando el Racing baja de revoluciones, se vuelve vulnerable. Lo llevamos padeciendo dos temporadas, pero es una verdad universal: no basta con ser mejor, hay que demostrarlo. Porque está muy bien todo eso de controlar el tempo del partido, sacar fruto de las urgencias del rival, etc., pero para evitar los aprietos finales no hay mejor medicina que conseguir antes un marcador holgado, y cerrar el partido con anticipación.

Y ahora que el Racing ya ha superado la crisis de octubre, toca solventar otro mal endémico: aprender a cerrar los partidos para dejar de sufrir contra los rivales más humildes. No es de recibo que incluso en casa acabemos todos los encuentros con el corazón en un puño. Y ayer sufrimos por partida doble, con dos jugadas de infarto que aunque no pasaron a mayores hicieron que la parroquia abandonara los Campos de Sport con el ánimo encogido. Hay mejoría, hay sintonía entre la grada y el equipo y el futuro se ve de otra manera, pero si el Racing quiere presentar una candidatura seria al ascenso tiene, por un lado, que abandonar esa actitud reservona, y jugar a grande en vez de a chica. Y por otro, más vale poner coto a los errores defensivos –tan groseros, además–, porque no todos los rivales van a ser hermanitas de la caridad. Y ayer vimos tres para echarse a temblar.

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