Fútbol | Racing

Inteligente amnesia transitoria

Inteligente amnesia transitoria
Daniel Pedriza

La grada supo reservar los reproches a los jugadores y pese al enfado de la semana pasada animó con la firme intención de no perjudicar al equipo

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

«¿Contra quién jugamos, papá?» le preguntaba un hijo a su padre junto al vendedor de helados. Apuraba una bolsa de gusanitos, pero aguardaba la cola en busca de otra. «Qué más te da, el Amorebieta, Raúl», contestó su padre. El niño tenía la edad justa para no venirse abajo; hasta la fecha los rivales que ha debido ver pasar por El Sardinero -con todos los respetos- son del pelo de los vascos, que este domingo aparcaron su autobús, como es costumbre, junto a la puerta del estadio. Al Amorebieta le tocó en suerte ser testigo del enfado de una afición cansada. Sin embargo, en los prolegómenos ¿quién lo diría? Se vio una estampa costumbrista. Los hinchas fueron llegando al estadio sin que nada alterase la tarde; ni siquiera se montaron los típicos corros en las escaleras ni en el bar en los que ser repasa la actualidad semanal de un golpe. Nada de nada.

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La afición parecía amnésica, no confundir con anestesiada. Cuando la lógica futbolística invitaba a pensar que el recibimiento al equipo tras el desastre en Baracaldo iba a ser de los de poner los pelos de punta... Nada de nada. Todo lo contrario; la grada más animosa, la de los Malditos aplaudió al once inicial cuando saltó al campo y el resto del estadio, discretamente, le siguió el paso. No estaba anestesiada porque arrancó el choque eufórica, pero llamó la atención su forma de proceder. No por chillar menos se deja de tener razón y eso fue lo que hizo El Sardinero, inyectarse el virus de amnesia transitoria y animar. Sólo animar.

Durante esta semana se organizó una reunión entre las peñas para templar gaitas después de la crispación que dejó la derrota en Barakaldo; los jugadores increpados, insultos, gritos de ¡mercenarios, mercenarios!... Un clima insostenible. El infortunió en forma de fallecimiento de Fernando Tuero, responsable de marketing, impidió el encuentro, pero las bases ya estaban puestas. Los peñistas hicieron de tripas corazón y decidieron apoyar a los jugadores -qué remedio- pese al descontento generalizado con su rendimiento. Hay ocasiones en que es bueno dar un paso atrás para poder seguir avanzando. Se vio claro en los primeros momentos, en los que El Sardinero se mordió la lengua. Literal. Y a esa actitud expectante y sensata de los seguidores se sumaron las ganas de ofrecer de los suyos. Ayer fueron más bien pocos, apenas 5.000 espectadores, menos que otras veces, pero mientras duró el partido bien es cierto que no se salieron del guión. Y es que para que el ambiente de cada domingo no sea un tostón o una caja de truenos basta con que el equipo ofrezca algo: «Si les damos algo, seguro que nos darán más aplausos que palos». Recordaba estos días el técnico vasco. El fútbol es un toma y daca. Yo te doy y tú mé das.

Víctor Alonso, director general, fue el blanco de las criticas de un sector de la afición

Sin embargo, un campo de fútbol es muy difícil de controlar. Es una ola en ebullición; sentimientos, enfados, alegrías a flor de piel. De repente, corría el minuto 17, cuando en la Gradona de los Malditos se desplegó una pancarta de alrededor de siete metros de largo en el que se podía rezar: «Viniste de Murcia para mentir». El mensaje iba dirigido al director general del club, Víctor Alonso, a quien acto seguido se lo hicieron saber gritando su nombre. A él le reprochan la decisión de no dejar entrar al campo a un grupo de aficionados por, supuestamente, portar camisetas en las que ponía 'Ultras' en la última jornada jugada en El Sardinero. Al mandatario le señalaron una y otra vez con los cánticos. Y cuatro minutos después, en el 21 de juego, otra pancarta similar fue desplegada y esta vez se leía: «Otros te quieren tapar». El partido siguió como si nada, aunque el resto de espectadores se preguntaba por el significado de los mensajes. No fue el último, llegaron por capítulos y en el 25 llegó el tercero: «No lo vamos a permitir». Tres dardos para quien competa que escocieron sin lugar a dudas. Por su parte, Víctor Alonso, el protagonista indirecto de los reproches, sentado en la segunda fila del palco, junto a Pachín, director deportivo del club, aguantaba estoicamente el chaparrón. Delante, en primera línea, estaban todos los compañeros de directiva -consejeros, presidente y máximos accionistas-, que también respetaron el grito popular sin volverse para cruzar una mirada.

No hizo falta traca final

Mensajes y reproches aparte, en el campo, al Racing se le veía menos atenazado que otras veces y eso que los jugadores sabían que si no ganaban les iba a caer la del pulpo. Una derrota les condenaba a la quinta posición. El abismo. En El Sardinero se actuó con indiferencia, como sin querer acordarse de que esa sombra planeaba por sus cabezas; los aficionados animaban, el palco sonreía -algunos de manera forzada- Pouso iba y venía en su zona acotada y hasta el sol asomaba de vez en cuando para detener una molesta lluvia que por momentos traía consigo unos nubarrones tan negros como la quinta plaza.

En la grada también, junto a la pared, el uno con la capucha en la cabeza y el otro con el pelo rapado, comían pipas sin parar impotentes. Allí estaban Granero y Aquino. Los dos ausentes en el 'prao' vivieron apartados el transcurso del partido. Pipas y agua, régimen de penitencia. A Granero se le vio cojear al subir por las escaleras y al murciano vocear por alguna decisión arbitral un tanto confusa. Nervios. Algún espectador pasó discretamente por su lado y se atrevió a regalarles una palmada. Armonía. Durante el descanso tranquilidad total en un estadio que guardaba la traca -por si fuera necesario- para el final. Pero no hizo falta. El resultado y el juego fue suficiente para que la grada siguiera amnésica y no necesitara sacar otra vez sus demonios. Así, con esta versión del Racing, todo es más llevadero.

Hubo bullicio, el único momento de silencio duró un minuto; fue eterno como el recuerdo. Se dedicó a Fernando Tuero al que su corazón, verdiblanco, le hizo trampas. Allá, con su sonrisa de siempre, debió aplaudir como uno más la victoria del Racing.

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