«Cuando llegamos a Hoznayo se nos dio vuelta el corazón a todos»

Se cumple una década desde el histórico pase a semifinales de Copa tras eliminar al Athletic y el posterior recibimiento masivo

José Moratón y Oriol Lozano, únicos supervivientes en el club de aquella hazaña, recuerdan la tarde en San Mamés y la noche en Hoznayo de hace diez años. / Javier Cotera
Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

31 de enero de 2008. Llovía. No mucho, pero lo justo para que la tarde recordara a las de siempre. El cartel de ‘no hay entradas’ colgado en las taquillas; ruido de tráfico en la Plaza del Sagrado Corazón; bullicio con los potes en Licenciado Pozas. Un jueves de Copa en Bilbao. Y de invitado el Racing y sus más de 2.000 aficionados. Entre todos se hicieron un hueco en la Catedral. Y a todo ese guión cinematográfico le siguió un final de los que convierten a un thriller en una película de culto. Un escenario sencillo y de camino: Hoznayo.

Un Athletic con prisas y una historia verdiblanca en deuda: cóctel perfecto. «Recuerdo el ambiente. ¡Madre mía! Y a los 25 minutos perdíamos dos a cero. Cada córner era medio gol...». En su cruce de miradas se adivina una especie de mezcla de incredulidad y nostalgia. José Moratón y Oriol Lozano estuvieron allí. Son los únicos supervivientes en el club de aquella tarde que empezó en Bilbao y acabó en Hoznayo en un balcón. Al primero le tocó el banquillo y al segundo batirse en duelo con Llorente: «Pequé de pardillo y le hice penalti», recuerda el catalán. Se le hiela el corazón pensando en lo que pudo ocurrir.

Han pasado diez años y aún se escuchan los gritos desde las gradas. Tierra trágame. La impensable ventaja de dos goles con la que viajó el Racing del partido de ida de los cuartos de final de Copa del Rey en El Sardinero neutralizada. Vuelta a empezar. El tiempo se detuvo. «Quedaba todo el partido por delante, pero aquel equipo tenía alma», expresa Moratón.

Tchité manda callar a la Catedral y regresa como ídolo verdiblanco

Memé Tchité fue uno de los grandes protagonistas de aquella noche. El congoleño marcó uno de los tres goles en la remontada de los verdiblancos en San Mamés. Su imagen en el antiguo San Mamés, echándose el índice a la boca para pedir silencio al público de la Catedral, ha quedado como uno de los iconos del racinguismo. El Athletic había llegado a tener igualada la eliminatoria en el minuto 25 con un 2-0 y la remontada caló hondo. Después, al regreso del equipo el delantero, fichaje estrella de aquella temporada (nunca se ofrecieron cifras oficiales y fiables, pero se calcula que supuso una inversión de unos siete millones y medio) volvió a darse un baño de masas ante los aficionados que esperaban al equipo junto al Hotel Adelma.

Debajo del videomarcador, en una esquina, apelotonados, gritaban sin descanso los aficionados verdiblancos. El reloj corría y corría... «Todo lo que no queríamos que se diese se dio». Oriol sonríe aún sin poder creérselo. Pero ocurrió. Llegó el descanso; para entonces el de la ‘txapela’ ya se había desfogado: «En San Mamés siempre había un señor que se ponía al lado del banquillo visitante. Con dos a cero nos tiraba vasos de agua, nos decía de todo y nos quería dar con el paraguas», señala Moratón. Más agua.

En aquel banquillo estaba un imberbe Ángel Díez, un portero juvenil que ante la ausencia de Toño entró en la historia por el camino grande. «Se vino arriba, era joven, y se encaró un poco con los de atrás. Le agarró Marcelino y le dijo: ‘Chaval, que hay que salir vivos de aquí». Al incondicional de la boina se le iría aplacando el furor; el mismo con el que a Munitis, sancionado ese día pero presente, le martirizó durante el calentamiento. «Le dijo de todo antes de empezar».

El vestuario sirvió de pócima mágica. «Marcelino dio una charla magistral de lo que tenía que ser la segunda parte. Y se saltó al campo como un tiro», añade el que fuera capitán del conjunto santanderino. El asturiano impartía lecciones en los intermedios de aquella temporada, además de repartir aquellas papillas de cereales recuperadoras. Santos remedios.

Y llegó el gol de Duscher. «Un profesional. Un jugadorazo...». Y poco después el de Tchité. «Le salió del alma. Lo habíamos pasado tan mal que cuando marcó aquel gol se vino arriba y mandó callar al estadio. Fue un gesto emotivo para él», rememora Oriol. El congoleño silenció a la Catedral y aquel gesto se convirtió por derecho en un símbolo. Una bandera que después de una década nadie ha podido borrar de la retina. Las huellas de aquel momento son indestructibles, tanto que incluso el nómada delantero se instaló en Parbayón. Ni Bélgica ni Burundi ni El Congo. Cantabria; a Tchité también le enamoró aquella tarde.

«Marcelino dio una charla magistral de lo que tenía que ser la segunda parte en San Mamés» José Moratón, exjugador del racing y entrenador del filial

El recibimiento en Hoznayo y Tchité mandando callar a San Mamés.

«Con 3 a 1 pidieron un penalti de Pinillos a Gabilondo que hubiera sido el 4 a 1 y no sé lo que hubiera pasado», señala el catalán. No ocurrió. La historia le debía tantas al Racing que no se quiso cobrarse una más. Suficientes penas.

El racinguismo es pobre hasta para pedir y desde la grada lo único que imploraba era el final. Un pase a semifinales. Pero el guionista se desmelenó. «El tercer gol fue una jugada de todos. Navas, Duscher y Serrano. El gol fue una explosión porque fue el único momento en el que descansamos», evoca Mora mientras suspira.

¿Quién no recuerda a Óscar Serrano corriendo desatado y con los ojos en lágrimas? El eco de la Catedral; los aplausos de una esquina chocaban con el silencio sepulcral de la otra punta. «Sentíamos que estábamos haciendo algo grande. Mirábamos para arriba y veíamos a los nuestros dando saltos».

Coltorti sin camiseta; Pinillos subido en el banquillo... Serrano, detrás de Duscher. Smolareck, Jorge López, Ayoze... Los de casa: Luis Fernández, Gonzalo Colsa, Iván Bolado, Pedro Munitis, José Moratón... «Para los que somos de aquí, no se podía pedir un escenario mejor para hacer algo grande. Fue inolvidable e hizo más grande a este club», insiste el santanderino.

«Sentíamos que estábamos haciendo algo grande. Mirábamos alrededor y era brutal» Oriol Lozano, Miembro del cuerpo técnico

Nadie se movió de la grada. 37.000 rojiblancos abandonaron su estadio cabizbajos y vencidos y el bastión inexpugnable de cántabros, más de 2.000, se quedó un buen rato bajo el marcador armando bulla. La noche no tenía prisa y hasta ese momento todo estaba escrito, el resto fue llegando. El equipo tardó en salir. «En el vestuario se vivieron momentos que nunca podremos olvidar. Yo siempre he dicho que el fútbol te da amigos y recuerdos y aquel fue uno de los mejores», asegura Moratón. Y quedaba lo mejor.

El autobús arrancó. La fiesta con ruedas partió de San Mamés rumbo a Santander, pero la noche fue pidiendo paso. «Recuerdo que nos iba llamando la gente. ‘A lo mejor hay que parar en Hoznayo’, nos decían», señala Moratón. Todo surgió de la nada. Toda la gente, los que tenían permiso y los que hicieron trampas –hubo más de uno que se inventó alguna excusa familiar y laboral para no faltar–, regresaron por la A-8 contentos y felices, pero de repente. «Todo debió surgir sin darse cuenta. La gente debió pensar que Hoznayo era un sitio de paso y se fue acumulando. Los que venían y los que fueron de todos los lugares». A Oriol se le escapa una sonrisa cómplice. Es como si estuviera allí mismo. «Yo aún conservo vídeo de aquel momento.Se nos dio vuelta el corazón al ver toda esa gente. Acabamos en un balcón improvisado y dando las gracias».

«Oye, que la afición espera en Hoznayo. Vamos a tener que parar allí de camino» José Moratón, Entrenador del Racing B

Hoznayo, un recodo en el camino. Ya nunca volvió a ser lo mismo. Se convirtió en un símbolo del racinguismo. Coches aparcados en las cuneta, tráfico parado, camioneros apludiendo... «No había sitio para más y seguían llegando», recuerda Moratón. Tchité y su pañuelo chapurreando en castellano y cantando a voz en grito ‘La Fuente de Cacho’. Al reloj se le acabaron las pilas. «Nos quedamos a cenar, bailamos y no sé cuando llegamos a casa», añade el excapitán.

«Hay que hacer que nuestros hijos vuelvan a vivir algo así»

«Es extraño ver que el club está en Segunda B después de lo que ocurrió». Los dos lamentan la situación actual y desde dentro, como técnicos, insisten en afrontarlo como un reto. «Necesitamos hacer que nuestros hijos vuelvan a ver algo así. Hay que intentar entre todos que se pueda repetir; enseñar a los niños que por aquí pasaron los mejores equipos», exclama Moratón.

Les cuesta pronunciar la palabra pena. Pero no pueden evitarlo: «Es inevitable.A todos se nos llena el pecho cuando lo recordamos, más a nosotros que estuvimos dentro, pero las cosas han cambiado», expresa Oriol. Para terminar, Moratón lanza un mensaje de sensatez. «El otro día escuché unas palabras del entrenador del Leganés –en Primera y acaba de eliminar al Real Madrid de la Copa del Rey– que han de ser nuestro espejo. Dijo que el mejor momento fue cuando ascendieron de Segunda B a Segunda. Eso fue lo que cambió al club.Debemos darnos cuenta de que ahora somos nosotros aquel Leganés y olvidarnos en la práctica de la UEFA y de lo que fuimos».

El espíritu de Hoznayo’. El título de la película se lo pusieron entre todos. «Nadie nos quitará aquellos recuerdos. Estamos ahora en otra situación, pero nadie sabe lo que pudimos sentir. Fue una sorpresa que no podremos olvidar». A Oriol le pasó como a Tchité, probablemente ese espíritu le cautivó y decidió quedarse para siempre. «El Racing me ha dado tanto que ahora mi familia y yo estamos muy a gusto aquí. Con cosas como las que se vivieron aquel día es imposible no enamorarse», concluye el catalán.

Moratón insiste en que «de diez partidos que el Athletic se pone por delante dos a cero en San Mamés, pierdes nueve. Aquel no lo perdimos y seguramente fue porque en el Racing se nos debía algo así. Lo de después fue una demostración de las ganas que tenía la gente».

Hoznayo sigue en el mismo sitio; el Racing es el mismo, más viejo y cansado, pero el mismo. Han cambiado algunas cosas, eso sí: San Mamés se ha movido unos metros y se ha puesto más guapo y alguno de los que reían con corbata y bigote en aquel balcón del Hotel Adelma están pendientes de castigo. Pero ni esos, ni los malos, han podido apagar el espíritu de Hoznayo.

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