MILAGRO

Javier Barbero
JAVIER BARBERO

A estas alturas se ha instalado en un nutrido sector del racinguismo la sensación de que lo mejor que puede suceder es que la temporada termine cuanto antes. Admitamos con franqueza que cuesta un mundo seguir viendo al Racing caer con estrépito en partidos como el del pasado sábado en Lezama, llegando con la soga al cuello al encuentro de este domingo frente a otro lustroso filial… el del Eibar, nada menos, y viendo peligrar incluso la fase de ascenso. Cuesta digerirlo. A falta de algún elemento ilusionante con el que nutrirse, el conjunto cántabro sigue viviendo de la historia del escudo en su camiseta, rememorando tiempos pasados y onomásticas en las que su único hábitat era la Primera o la Segunda División. Es lo que nos queda.

La pregunta es cuándo dejaremos de mirar hacia atrás para mirar hacia delante, o incluso hacia el presente. Porque, en ningún caso, puede admitirse que las prestaciones deportivas del Racing vayan disminuyendo a pasos agigantados conforme se suceden las temporadas en 2ªB. El club se va dejando jirones de prestigio en campos como Amorebieta, Guechoo o Lezama, con una plantilla debilitada año a año mientras los dirigentes, como los malos políticos, siguen lamentándose y achacando la actual situación a la herencia recibida. Cierto es que esa herencia obligaba a trabajar el doble con la mitad de recursos, pero ninguno de los más de 43 futbolistas que se han fichado durante las tres últimas temporadas para fracasar en el ascenso de categoría pertenecen al legado de la época más oscura de este club. Tampoco puede obviarse que en las dos anteriores temporadas el Racing compitió sin que el factor económico supusiera una desventaja con respecto al resto de sus rivales. Más bien al contrario, el dinero disponible para armar la plantilla con incorporaciones como las de Abdón Prats o Santi Jara dejaba al equipo cántabro en una posición privilegiada para certificar un ascenso que, si no se consiguió, fue exclusivamente por errores propios.

Por otra parte, el desembarco de Carlos Pouso al frente del banquillo –tercer entrenador en tres temporadas– ha distado mucho de lo esperado. Las sensaciones del equipo, lejos de mejorar la paupérrima imagen ofrecida hasta la fecha, son de una enorme fragilidad con un período de pruebas inasumible a estas alturas. Cada palo de ciego reduce peligrosamente el margen de error. El vizcaíno parece empeñado, más por consejo de los dirigentes que por convencimiento propio, en cambiar una filosofía de juego que ha sumido al equipo en un mar de dudas. Incluso, más allá de dibujos y sistemas, Pouso alude de forma permanente a la falta de confianza de la plantilla. «No estamos bien», «no nos atrevemos a hacer cosas con el balón», «estoy preocupado por lo que veo». Mal asunto. Decía mi suegra que en San Sebastián de Garabandal, entre miles de personas y en medio de un aguacero descomunal el día en que supuestamente la Virgen había anunciado su aparición, «el milagro fue que no pasó nada». Todo lo contrario que en el Racing. Aquí el milagro será que suceda lo que nadie espera, un ascenso.

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