Un nómada del fútbol

Cristian Portilla hace recuento en Santander tras ganar una de las ligas de fútbol de Estados Unidos

Un nómada del fútbol
Javier Cotera
Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

Domina el inglés; se arregla con el griego y chapurrea húngaro. En indonesio, cuatro palabras; y en Chipre se apañó con el griego. La maleta de Cristian Portilla (Santander, 1988) siempre está desecha y preparada para rodar. Curada de espanto y vacunada contra las sorpresas. A sus 29 años sabe lo que es jugar en seis países. Portilla es un nómada del fútbol.

Su sonrisa es su carta de presentación. Ha venido a pasar las Navidades a casa y después de un peregrinar propio de una apuesta aprovecha para darse un respiro. Descansa entre los suyos mientras saborea su último título, la Liga NASL de Estados Unidos -la segunda en importancia-. «Ganamos la Liga el primer año de existencia del equipo. Fue una sorpresa. Para mí ha sido una de las mejores experiencias que he vivido», afirma sentado en el monumento de los Raqueros, junto a la bahía donde hace muchos años su abuelo «era uno los que se tiraba al agua a por las monedas».

Cristian Portilla logró entrar en ese coto privado del fútbol estadounidense, el que allí llaman 'soccer', con «un poco por suerte, porque es realmente difícil». El entrenador del San Francisco Deltas necesitaba un mediocentro defensivo: «Me llamó y en dos días acepté la oferta». El míster pidió informes, estudió su trayectoria y lo fichó.

La NASL es la segunda competición estadounidense por detrás de la MLS, «en la que juegan Villa y las superestrellas». Actualmente, jugar en aquel país es muy complicado: «Allí quieren futbolistas consagrados o locales. Tuve suerte», señala. Por eso ni se lo pensó; la llamada del otro lado del charco le llegó cuando militaba en el Mensajero (Segunda B) y no le importó «pagar una pasta por rescindir y aprovechar la oportunidad». Y vaya que si la aprovechó. «Los compañeros me hicieron capitán; jugué todo y conseguimos enganchar a la gente. Pasaron de venir al campo 3.000 aficionados a unos 11.000 en la final».

Seis países, cinco idiomas y trece equipos en su haber

Se formó en el Racing, donde debutó con Manolo Preciado en Primera. El propio Manolín se lo llevó al Sporting de Gijón. Dejó la sidrina y apostó por aprender griego en el Aris de Salónica y en el Glyfada, donde creció como futbolista pero no cobró lo que debía.

Apostó por embarcarse en el Budapest Honeverd (Primera de Hungría) y en el Tatabanya (Tercera de Hungría), por en medio se fue al Mitra Kukar de Indonesia donde el Gobierno no dejó que comenzara la Liga y al Ermis Aradipou de Chipre donde el presidente despidió a veinte jugadores sin empezar. Él sobrevivió.

Jugar en el Racing de Ferrol, Ponferradina o Mensajero fue para él un tratado de perfeccionamiento. Su última estación ha sido el San Francisco Deltas en EE UU. Parafraseando al mítico grupo de música británico, Queen: 'The Show Must Go On'.

El reto no era sencillo, sobre todo si se tiene en cuenta que en la ciudad de los tranvías juegan los Golden State Warriors (NBA), los 49ers (fútbol americano) y los Giants (béisbol). La ciudad no da más. Aún así, el nuevo equipo alcanzó la gloria. «Ganamos la Liga. Llegamos a la final con el New York Cosmos, el mítico equipo de Pelé y de Raúl». Portilla fue mejor jugador de la semana, logró el mejor gol del mes y formó parte del equipo del mes en varias ocasiones. Sin embargo, el 30 de junio su rodilla se quebró. «Me rompí el cruzado. Fue una pena porque desde que estaba en el Racing, hace más de diez años, no me había lesionado».

Ya a punto

Se operó en San Francisco y seis meses después se recupera en Santander. «Estoy mucho mejor de lo que esperaba y pienso en volver a EE UU, insiste con todo convencimiento. Lo tiene claro. Ni el fútbol griego «que me sorprendió», ni el húngaro «dónde participé en dos etapas» ni siquiera el chipriota «en el que coincidí con mi hermano Diego»; Portilla ha quedado prendado del Soccer. «Es un espectáculo. La gente anima; no oyes un silbido, una mala palabra... Se respeta al deportista y está todo configurado en torno al espectáculo». Tiene «pendiente un café con David Villa», a quien conoce de su etapa en el fútbol español. «La gente tiene un mal concepto; se cree que los futbolistas van allí a retirarse pero cada vez más fichan jóvenes y el nivel mejora. Villa está ahora para ser titular en el selección española».

La calidad de vida; el aprendizaje del inglés para su hijo, las oportunidades... jugar en EE UU es por ahora su primera opción, pero tendrá que ser en otro equipo porque el San Francisco, pese a su éxito, ha desaparecido. «Es una pena. Teníamos patrocinadores relacionados con Silicon Valley, pero finalmente no resultó rentable el proyecto y se vino abajo. Yo tenía firmado allí tres años y mi vida estaba planificada».

Maneja otras ofertas para regresar en febrero, cuando comience la pretemporada estadounidense y «además coincidirá con la puesta a punto de la rodilla». Confía en que no se produzcan sorpresas desagradables -de las que puede dar fe después de recorrerse medio mundo- y «seguir jugando en una de las Ligas que más me han llenado».

Su familia -fundamentalmente su mujer, Angélica, y su hijo, Daniel, de algo más de dos años- aprueba su espíritu aventurero. «Lo único que lleva mal mi mujer es no poder trabajar; en Hungría se necesita saber húngaro, en EE UU un permiso de trabajo...». Portilla es un mago de sacarse de su chistera una solución; por eso fue capaz de debutar en Primera con el Racing con 17 años; volver a debutar con el Sporting; superar los impagos en el Aris de Salónica, donde compitió en la UEFA: «Allí los aficionados si perdíamos nos esperaban en la puerta y nos perseguían en el autobús». Se metió en una máquina del tiempo y se fue a Hungría. «Jugué en el mítico equipo de Puskas, el Budapest Honeverd». Apostó por irse a Chipre, «donde el presidente había echado a veinte futbolistas de 25 en la pretemporada». Nada le asusta. Su vida rueda al ritmo que marca su maleta. El fútbol pone la música y Portilla, la letra.

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