UN PUEBLO QUE NACIÓ Y MURIÓ EN LA MINA

Se cumple medio siglo del hundimiento de las galerías más profundas de la mina de Reocín, que destruyó las casas y provocó la primera evacuación de los barrios obreros. Fue el principio del fin de un pueblo borrado del mapa

por MARIÑA ÁLVAREZ

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Capítulo I: El origen

La corta historia de un gran pueblo

Hacía apenas un par de años que José Antonio Sánchez, harto de las risas de los mineros, vestía pantalón largo. A sus 17, era botones «por oposición» de la mina de Reocín, una oportunidad laboral de la que entonces gozaban los jóvenes de la comarca. Desempeñaba su función en las oficinas cuando, poco después de las dos de la tarde del 7 de enero de 1965, la tierra tembló con estruendo. «¡Boom, boom!», escuchó, y la máquina de escribir que estaba sujetando se le cayó «a plomo». José Antonio echó a correr hacia el monte, huyendo de las grietas que se iban abriendo por donde pisaba, «yo solo corría y rezaba, ¡por favor, no, soy muy joven para morir!», recuerda el que hoy es juez de paz de Cartes, que aquel día vio el castillete del pozo de Santa Amelia escupiendo tablones y piedras «como un volcán». Dice que nunca corrió tan deprisa, dejando tras de sí casas desplomadas, calles destruidas, «gritos y lamentos» de todo el vecindario huyendo en desbandada con lo puesto hacia las zonas altas. Desde allí observaron su pueblo devastado.

Se cumplen 50 años del hundimiento y la primera evacuación de Reocín, un pueblo que nació y murió de la mano del mayor yacimiento de zinc de Europa, cuya desaparición ha dejado a cientos de apátridas repartidos por los municipios de alrededor que viven aferrados al pasado, con extraordinario apego a un pueblo de historia efímera, en el que antes de la mina no había casi nada...

2,5

Millones de pesetas al año que recibía el Ayuntamiento de Reocín de la mina

106

Viviendas destruidas por el hundimiento de la mina, que llegó a dañar unas 300 casas

700

Vecinos evacuados de los barrios Pomares e Izán tras el desastre de 1965

El descubrimiento

Porque allí todo comenzó en 1856, cuando el belga Jules Hazeur, de la Real Compañía Asturiana de Minas, pretendía dominar la industria del zinc en la cornisa cantábrica. «En uno de sus viajes localizó un afloramiento de calaminas en Reocín y en 1857 se inició la explotación», cuenta el joven geógrafo Mario Iglesias, natural de Caranceja (Reocín), que ha publicado la ‘Evolución del espacio minero de Reocín, historia de un pueblo’, un amplio estudio sobre el nacimiento, esplendor y declive de la que fuera la capital del municipio del mismo nombre. Recuerda que, antes de que se empezara a explotar el yacimiento, allí no había más que un puñado de caseríos diseminados. No era un pueblo. La mina lo cambió todo. «La gente fue llegando a trabajar de toda la comarca del Besaya, de Liébana, de la zona de Cabezón, de Udías, y de toda Castilla y León... Era mano de obra no cualificada y poco a poco se les fue formando».

Pronto ese pueblo, en el que la minería se compaginaba con el ganado, se convirtió en el más poblado y próspero de todo el municipio. La mina llegó a tener 3.000 trabajadores, además de todos los puestos indirectos que generaba y de los pingües beneficios también para el Ayuntamiento, al que la empresa proporcionaba cada año la mitad del presupuesto municipal. La localidad llegó a albergar cinco bares, un economato, dos mercerías, una sala de fiestas, cine...

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Recuerdos de la Mina

«Era centro de ocio hasta para los torrelaveguenses, que iban a Reocín a ver los partidos de la Copa de Europa, porque al ser una zona alta tenía una buena señal de televisión», añade Iglesias. Había dinero, bienestar, trabajo para los hijos, y los hijos de los hijos...

La primera catástrofe

La primera catástrofe que sacudió los cimientos de Reocín ocurrió el 17 de agosto de 1960, al día siguiente de que el pueblo celebrara sus entonces famosas fiestas de San Roque. Sobre las diez de la noche reventó el dique de La Luciana, generando un estruendo que llegó a escucharse en Torrelavega y un apagón general en toda la comarca. Parte del pueblo quedó enterrado bajo toneladas de lodo. Murieron 18 personas. Aunque nunca se dio una versión oficial sobre lo ocurrido, se atribuyó la tragedia a un fallo humano, al no detener el deterioro del dique por la acumulación de fangos estériles procedentes del proceso de explotación.

Aún en duelo por aquellas muertes, los vecinos comenzaron a sentir la segunda amenaza subterránea. Estaban a punto de despedir el año 1964 cuando empezaron a ver puertas y ventanas que no encajaban bien, pequeñas grietas aquí y allá... y llegaron los signos del instinto de supervivencia de los animales: las vacas que se soltaban de los pesebres, los rebuznos de la burra que sonaban como un llanto extraño, perros ladrando a todas horas y las ratas alimentadas por los mineros, como alerta infalible contra gases venenosos o derrumbes, que empezaban a asomar...

La tierra sonaba, todos la oían. La hecatombe se intuía. El día de Reyes, Isaac Bolado se fue a cazar a un monte de Herrera de Ibio, desde el que se divisaba Reocín. Tenía 24 años y medio siglo después aún recuerda lo que pensó en aquel momento: «¿Será posible que todo esto se hunda?». El mismo 6 de enero, Maiti Bretones había quedado a comer con una tía suya en Novales. Cuando salía del pueblo recuerda que miró atrás y dijo: «Adiós, Reocín, creo que no te voy a volver a ver»...

CAPÍTULO II : EL HUNDIMIENTO

CAPÍTULO II: El Hundimiento

El día que la tierra se tragó las casas

El 7 de enero de 1965 cientos de ratas salieron disparadas por la vertical del pozo de Santa Amelia antes de escucharse un estruendo atroz. «De pronto se marchó la corriente, empezó el revuelo de gente, ¡que se ha hundido Reocín!... Vino mi padre a buscarme. Fue cuando me di cuenta de que los pelos se ponían de punta». El terror que entonces sintió Isaac Bolado, que trabajaba en el lavadero de Torres, aflora a sus ojos cada vez que revive la huida en tropel de los vecinos hacia todas las direcciones, escapando del seísmo y buscando a los suyos.

Encontró a su familia sana y salva. Igual que Herminio Díaz, quien a los quince minutos de comenzar su turno en los talleres trató de volver sobre sus pasos para salvar a su mujer y a sus dos hijos. «No pude pasar, mi casa estaba totalmente hundida. Estuve hora y media buscándolos...». Su esposa había metido a su bebé de 20 días en un saco y de la mano llevó al mayor, de dos años y medio, rumbo a Helguera. O como Cristina Cipitria, que al poco de sentarse a comer con su madre mientras los hombres de la casa trabajaban, fue alertada. «¡Vámonos de aquí!», emprendiendo el éxodo a ninguna parte, «con los niños que estaban en la cuna, corriendo, se cayeron las casas, y todos a correr... Fue de pánico. Mucha gente caía con las grietas y volvía a levantarse. Suerte que ocurrió de día. Gracias a eso no hubo muertos».

Se evitó una masacre

Una decisión tomada in extremis por los directivos de la mina evitó una masacre. De ello fue testigo el barrenero Marcelino Gómez, quien formó parte del último turno que ese día entró en la mina. «Bajamos a las seis de la mañana y ya se sentían muchas cosas, ya daba mucho miedo, unos trisquidos... ». La situación era tan grave que se dio aviso a la dirección y se dio la orden de que el segundo turno, que debía entrar a las 14.00 horas, no lo hiciera.

Marcelino se pasó toda la mañana «metiendo sacos de arena y entubando para intentar salvar la sala de bombas». A las 13.30 salió al exterior y se fue a comer a su casa. A las 14.15 todo se vino abajo.

La causa del hundimiento se atribuyó al adelgazamiento de las columnas que sustentaban las galerías por la propia actividad extractiva. «En aquellos años los conocimientos sobre mecánica de las rocas no eran muy altos, se hacía a estimación y se explotó en exceso», cuenta el ingeniero Gonzalo Pardo de Santayana, hijo de uno de los directivos que aquel fatídico día paró el relevo de las dos de la tarde.

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La mina se hunde, el pueblo desaparece

«Durante algún tiempo se escuchaban ruidos en la mina, se colocaron unos testigos y se vio que iban a más. Entraron mi padre, que llevaba otras minas, Ramón Berasategui (subdirector de la de Reocín) y Fernando Pineda (director de la Dependencia), y gracias a esa decisión se evitó una tragedia humana».

Aunque nadie perdió la vida en el hundimiento de Reocín, algo murió dentro de todos sus habitantes aquel 7 de enero. Admiten que se sabía que algo grave iba a ocurrir desde hacía días, aunque nadie podía imaginar que el hundimiento de las capas más profundas de la mina pudiera llegar a atravesar el techo de roca de 250 metros de espesor y sentirse en superficie. Se dejaron estar «hasta que pegó el petardazo», aferrados a una villa que se resistían a abandonar.

Auténtico terremoto

El desplome de cuatro de las galerías, que cayeron por ‘efecto dominó’, provocó un terremoto de 4,1 grados en la escala Richter, registrado por el Instituto Geográfico Nacional (IGN) como el segundo más fuerte habido en Cantabria, detrás del de Arredondo de 1938 (magnitud de 4,9). El de Reocín destruyó una veintena de casas, arruinó otras treinta, dañó medio centenar más, hasta completar una lista de 300 viviendas afectadas.

Hubo una docena de heridos, aunque todos salieron adelante. Entre ellos, dos hermanas, Mari Carmen y Josefina Álvaro, que sobrevivieron al derrumbe de su casa porque quedaron protegidas bajo una viga; y un bombero, que se rompió una pierna al salir despedido por la onda expansiva cuando todo estalló.

A los que perdieron sus casas se sumaron los evacuados de las zonas que corrían peligro de derrumbe. En total, 80 familias, integradas por 700 individuos, que buscaron alojamiento en casas de familiares de los municipios de alrededor.

Se quedaron sin casa, sin pueblo y con el temor de perder también su medio de vida. La prensa de la época describía en aquellos días: «Reocín ya no es un pueblo, es un montón de escombros. En sus calles y en sus alrededores anchas y profundas grietas impiden casi totalmente la circulación (...) La dinamita acabará con lo poco que queda en pie de lo que fue alegre pueblo minero (...)» (La Vanguardia Española, 9 de enero de 1965).

CAPÍTULO III : LA DESAPARICIÓN

CAPÍTULO III : La desaparición

Esperanza, diáspora y abandono

El destierro de los vecinos de Reocín no duró para siempre y el miedo al desempleo se superó. La Real Compañía Asturiana de Minas cerró las galerías afectadas por el hundimiento y continuó con la extracción de zinc. Mientras, a los foráneos que carecían de familia en la zona se les facilitó alojamiento en el balneario de Las Caldas, en el actual instituto Miguel Herrero y hasta en medio centenar de casitas móviles. Enseguida se proyectó la reconstrucción de los barrios desplomados y parte de los evacuados pudieron regresar.

Muchos ya no lo hicieron, por temor a nuevos seísmos y en parte por la mayor comodidad de los pisos en los que algunos fueron realojados, frente a las casitas en las que residían en el viejo Reocín. Así que el pueblo ya nunca más volvió a ser el que era y, otra vez, la plantilla de la compañía se fue completando con forasteros que formaron una comunidad distinta a la originaria.

Pero el pueblo construido sobre la mina tuvo una segunda oportunidad. Otra vez abrieron los bares y se siguieron celebrando las fiestas de San Roque... Así, hasta principios de la década de los ochenta, cuando Asturiana de Zinc decidió explotar a cielo abierto. La empresa necesitaba todo el terreno que ocupaba el pueblo y comenzó un peliagudo periodo de negociaciones con todos los habitantes para que desalojaran sus casas, la mayoría de ellas propiedad de la misma compañía. Al final, se marcharon de allí con un millón y medio de pesetas en el bolsillo, y sus viviendas de Reocín fueron voladas con dinamita. Con aquel dinero, algunos se compraron pisos y otros se mudaron a barrios creados por la propia empresa (como el de Santa Bárbara, en Puente San Miguel).

Explotación a cielo abierto

Comenzó la excavación del colosal zanjón, depositando la tierra sobre el barrio de Abajo. Tantas toneladas se extrajeron que, paradójicamente, este enclave es hoy una montaña, sobre la que se construyó el polígono industrial. Y los mineros siguieron trabajando a cielo abierto y en el subsuelo hasta que en el año 2003 el yacimiento se dio por agotado y la mina cerró para siempre, después de 140 años de explotación y de 80 millones de toneladas extraídas. Algunos se recolocaron en otras explotaciones de la empresa en Asturias, muchos se jubilaron y otros decidieron cambiar de empleo para no tener que emigrar.

Entre la expropiación de 1982 y el cierre de la mina pasaron apenas veinte años. «Y nos quedamos sin trabajo y sin pueblo», reflexiona Luis Cipitria desde el mirador de su casa, situada en el barrio Otero, con vistas privilegiadas al lago artificial que brotó de las entrañas de la tierra al año siguiente de cesar los bombeos. Él es uno de los 60 censados que quedan en Reocín. Sigue viviendo en la misma casa, desde la que divisó la hecatombe de 1965. «Yo tenía seis años, fue como un terremoto, recuerdo la polvareda... Hubo casas que la tierra se las tragó enteras, con su ganado, sus muebles, con todo», rememora.

Cipitria fue uno de los últimos mineros al que le tocó cerrar la mina de Reocín el 5 de junio de 2003. Repasa los episodios de la breve e intensa historia de su pueblo: «Primero se nos viene abajo, luego se reconstruye, al final se cierra... Y nos hemos quedado los jubilados, los parados y una mina que ya no sirve». Pero algo más importante subyace a esta sucesión de acontecimientos: «que ha desaparecido un pueblo. Que nos hemos quedado cuatro vecinos desperdigados que así afrontamos la vida, mirando al pasado...»

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1982. Las palas derribaron las casas

Los supervivientes de la colonia aniquilada (de los barrios Pomares, Izán y Abajo, que fueron borrados del mapa por la explotación a cielo abierto) residen ahora en Ganzo, Quijas, en Torres, Puente San Miguel o el barrio de La Inmobiliaria de Torrelavega.

Reencuentro

Cuando se cumple medio siglo de aquel hundimiento, que supuso el principio del fin, han vuelto a reunirse para sentir que el pueblo existe porque ellos siguen vivos, para cantar juntos los himnos de Santa Bárbara, la patrona de los mineros, para compartir las fotos antiguas de aquella villa esplendorosa donde la vida bullía en las calles trazadas encima mismo de la mina. Fue Pedro Arenal Bolado, exalcalde pedáneo de Reocín, el que ha impulsado el reencuentro «para que Reocín recupere sus raíces, que los jóvenes vengan y conozcan dónde nacieron sus padres, aunque ahí solo quede un agujero».

El castillete de Santa Amelia, el mismo que escupió tablones y rocas «como un volcán» el 7 de enero de 1965, sigue en pie como un tótem desafiando el paisaje transformado. Hasta allí han caminado los viejos mineros, las viudas y los descendientes del pueblo desaparecido, y han entrado en los antiguos vestuarios, han visto sus lámparas de carburo, tocado sus herramientas... como si el tiempo se hubiera detenido desde que en el año 2003 la actividad extractiva se terminara definitivamente, dejando a los de Reocín sin su mina y huérfanos de pueblo.

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En el recuerdo

Juntos sueñan ahora que habrá una tercera vida para Reocín, que el polígono volverá a ser una esperanza laboral para sus hijos y que ojalá algún día esas instalaciones olvidadas puedan ser mostradas al mundo como el museo vivo de Reocín, el pueblo que nació y murió en la mina.

CRÉDITOS

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Texto: Mariña Álvarez

Fotos: Archivo Mario Iglesias, Alberto Aja, Archivo DM

Vídeos: Héctor Díaz

Edición gráfica: Miguel de las Cuevas

Infografía: David Vázquez

Diseño: Marc González

Webmaster: Jesús de la Fuente Pozueta

Redes: Álvaro G. Polavieja

Coordinación: David Remartínez