TRESVISO, CRÓNICA DE UN AISLAMIENTO

No recordaban una nevada así desde hace una década. Tresviso ha pasado casi un mes de este duro invierno aislado del mundo, recibiendo víveres por helicóptero y luchando cada día para abrirse camino entre el inmenso manto blanco que ha enterrado sus calles y casas. EL DIARIO relata la gesta cotidiana de estos 21 habitantes, después de conseguir llegar hasta el pueblo.

Textos: JOSÉ AHUMADA

Fotos y vídeos: ALBERTO AJA

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Día 1. 15 de febrero

Enterrados

Aprimera vista, Tresviso parece deshabitado: desde la curva en la que ya se enfila la entrada al pueblo no se ve un alma, y eso que aún no es la hora de comer. Sí que se oye a los perros, encantados de tener algún forastero al que ladrar. Conforme uno avanza entre las casas, la impresión cambia porque aquí y allá se siente trajinar. Dos metros por debajo de la nieve que pisamos asoma una mujer de una cuadra entre el tolón-tolón de los cencerros. Con cierta suficiencia le contamos que venimos a dar una vuelta a ver cómo les va. «Pues aquí estamos. Mi hija también subió ayer. Tiene doce años».

La primera parte de nuestro plan está conseguida. Se trataba de llegar hasta aquí sin matarse para ver cómo se las apañan los vecinos después de permanecer más de tres semanas aislados (el último todoterreno entró el pasado 20 de enero), y estar con ellos mientras aguardan a que les abran la carretera. Preparamos el viaje de un día para otro sin tener mucha idea de cómo estaba el camino y dispuestos a dar media vuelta si la cosa pintaba mal: los anuncios de la zona de Picos, con un montón de nieve y riesgo de aludes, eran como para ser prudentes. Además, a nadie le apetece que le tenga que ir a sacar de una oreja la Guardia Civil. Por si acaso, cargamos hasta con el piolet y los crampones. Las previsiones meteorológicas resultaron demasiado optimistas. Ya desde La Hermida nos acompañó una lluvia fina y desagradable. Es cierto que limpió esa subida interminable y penosa de piedras sueltas hasta el Balcón de Pilatos (¡vaya nombre!), pero arriba reblandeció la nieve, donde uno se hundía hasta con raquetas. No hacía frío, y en cuanto comenzaron las rampas tocó sudar, así que entre una cosa y otra estuvimos calados todo el rato.

Nos calzamos enseguida las raquetas, después de hartarnos de meter hasta media pierna en cada pisada. Uno delante y otro detrás, aprovechando la huella, seguimos la marcha. Aunque el cansancio no permita disponer de todo el humor habitual para disfrutar del paisaje, la verdad es que los montes estaban preciosos. Ahí están las fotos, así que para qué ponerse a contarlo. Esas peñas cortadas a pico, las gargantas abruptas, las nubes bajas y la nieve sin pisar pueden llevar, a poco que uno camine en silencio y se descuide, a los pensamientos heroicos y a las reflexiones filosóficas de baratillo. En esas estaba este periodista cuando oyó voces por detrás. Unos minutos después nos alcanzaba una pareja de oriundos de Tresviso, Federico y Julián. El uno, iba con un paraguas abierto y un palo como para tirar a la lumbre sin remordimientos. Calzaba unas botas sin más y por todo equipaje cargaba con una mochilita mínima de las que colgaban unas katiuskas. Su compañero, ni eso: el paraguas en una mano y la otra en el bolsillo. Punto. Nos adelantaron y es de suponer que fueran riéndose de nosotros y de nuestro enorme equipaje. Con ellos se fue todo el espíritu de aventura.

Avalanchas

La zona más complicada se encuentra en las invernales de Prías, ya cerca de la meta: se veía perfectamente el efecto de las avalanchas. La parte mala del asunto es que uno entiende que se puede venir la ladera abajo; la buena, que los aludes ya han descargado parte de la nieve acumulada. Superado el obstáculo, ese piso algo más inestable e incómodo, el resto es pan comido.

Después de todo eso, da gusto entrar en el bar –La Taberna de Tresviso–, el único del lugar, todo sea dicho. Media docena de parroquianos alternan comentarios cortos y silencios largos en un local decorado con aperos, diplomas y galardones conquistados por el estupendo queso que hacen, y fotografías de nevadas antológicas. Como esta. Calculan que no había caído otra igual desde 2005. Buena ha tenido que ser para que al final les hayan llevado comida en helicóptero. Pero claro, que nadie se imagine que ya andaban comiéndose los gatos: les llamaron para preguntar si necesitaban algo, y cada vecino hizo su lista. Fruta, leche.... «Los que tenemos vacas de leche pedimos vino», bromea Feliciano Campo desde detrás de la barra. El aparato llegó con bolsas con el nombre de cada cual y la cuenta. Quizás les ayudó a alegrar el menú o llenar la nevera de yogures, pero ninguno pasaba apuro antes. En Tresviso, la cigarra de la fábula no habría durado ni un año. Antiguamente, vamos a poner que en el siglo XIX, allí se vivía de lo que se producía, y todo el mundo sabía que el día de Todos los Santos tenía que haber almacenado lo suficiente para tirar hasta mayo, ya fuesen patatas, harina, hierba para los animales o leña. Hasta al cerdo se le daba matarile en el momento justo. Lo de ahora no tiene comparación: luz eléctrica, calefacción, carretera y, mientras se puede, las visitas semanales del carnicero, el pescadero y el de los ultramarinos y las dos rondas del panadero. El correo reparte tres días a la semana. Cuando logre volver, descargará el montón de cartas que se han juntado y los periódicos pasados de fecha que irán a la chimenea.

¿Qué pasa si uno se pone malo? El médico de la Hermida pasa consulta una vez al mes. Ahora está claro que no puede. La enfermera telefonea de vez en cuando para saber cómo andan. Si hay algún problema, llaman al doctor y él les dice lo que tienen que coger del botiquín. Si fuese algo más serio, habría que avisar otra vez al helicóptero, que hace las veces de ambulancia para urgencias durante todo el año e impide que se sientan más vulnerables por vivir en un lugar apartado. No se tiene recuerdo de una desgracia achacable a su aislamiento, y despeñarse con el coche o dar vuelta con el tractor tiene difícil solución incluso con un hospital cerca.

FOTOGALERÍA

Tresviso, cronica de un pueblo aislado

Hace cincuenta años, Tresviso tenía 400 habitantes. Ahora mismo viven aquí 21 personas, repartidas en 16 casas. La edad media es alta. Casimira, la vecina más veterana, tiene 81 años; la más joven, 23: es Alejandra, una chica colombiana que está contratada con su marido, también de allá, en los quesos. Bueno, también se puede contar a Guadalupe, la muchacha que nos precedió en la ascensión y que, como ya se ha dicho, tiene doce. Hay bastante jubilado. Tres familias se dedican a la ganadería –los demás pueden tener unas cuantas ovejas o cabras, pero es pura afición–. Una de ellas es la de Feliciano. En su casa viven cuatro personas: sus hermanos Javier –el alcalde– y Miguel, y Juan. Entre todos atienden las vacas, el bar, la posada –en el pueblo hay otro negocio de apartamentos rurales– y la fábrica de quesos (la de los colombianos).

Aferrados a la tecnología

Feliciano, 66 años, emplea el móvil para ilustrar sus explicaciones. Es un teléfono de esos grandes y finos y con un montón de aplicaciones. Cuando lo compró en Torrelavega le dijeron en la tienda que para qué quería algo tan sofisticado. Pues bien, lo maneja con la soltura de un adolescente con unas manos como para estrangular a un toro. «Si se pierde uno, llama. Le pido las coordenadas, miro en Google Earth y le digo para dónde tirar, o me manda un par de fotos por Whatsapp y ya sé dónde está.

Cuando no había esto, la gente ponía nombre a cada piedra y a cada árbol para orientarse». El móvil sirve hasta cuando no funciona: si no hay cobertura saben en qué zona está. Le pasó a Javier, su hermano, hace días, cuando pasó la noche en la quitanieves medio enterrada con otros dos. «Nos dijeron que venían ya de noche y les dejamos la cena. Por la mañana vimos que no la habían tocado y llamamos al 112». Como el móvil no tenía señal, imaginaron por dónde estaba. Efectivamente, con unos prismáticos vieron el techo del vehículo a cinco kilómetros. Acabaron apareciendo por el bar cuando preparaban el rescate.

No es la primera vez que una operación de esas termina así: por San Juan, hace unos años, se perdió un montañero. Era un señor mayor y, como se vio, experimentado, aunque se confió demasiado y subió al monte con niebla. Pasó la noche al raso y dio mil vueltas buscando la carretera, mientras los demás le seguían el rastro. También él terminó encontrando el camino a la taberna. Por lo visto, era familia de Urdangarín. Volvió a Tresviso a los dos meses –con los padres del duque de Palma– y pagó una comida a todos los que anduvieron detrás él por los riscos. Dice Feliciano que se gastó más de 300 euros.

Día 2.
CENAS CON QUESO

En Tresviso se come fuerte, con vino, y siempre se acaba con queso. Es el producto más conocido del pueblo y su modo de vida.

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Día 2. 16 de febrero

De puertas adentro

Los hermanos Campo Campo son de Tresviso de toda la vida y aún más: en el árbol genealógico que han conseguido remontar hasta 1726 ya aparecen en el pueblo Lázaro Campo y María Collado, su esposa, y tienen documentación que prueba la presencia de antepasados al menos desde finales del XVI. Es bastante probable que aquellos fundadores de la estirpe se dedicaran entonces a lo mismo que ellos ahora: el cuidado del ganado y la fabricación de queso. Aunque el picón se haya convertido en artículo casi de lujo, en origen era solo la forma de conservar y aprovechar el excedente de leche de los animales. En 1926, su abuelo dio otro arreón a la economía familiar abriendo el bar que ellos siguen regentando.

La casa de los Campo Campo es la que más gente alberga de todo Tresviso. Allí duermen los tres hermanos (Feliciano, Miguel y Javier) y Jesús Fernández, el peón que les ayuda con las vacas. Johan, el colombiano que les hace el queso, también estaba con ellos hasta hace poco más de un mes, cuando llegó su mujer y se mudó justo al lado. Las tareas están repartidas: Feliciano, de 66 años, jubilado de Electra de Viesgo, lleva el bar y la posada; Miguel, de 58, atiende el ganado; Javier, 53, se ocupa del queso, aunque está en todo. También es el alcalde.

–Se ve que es el listo de la familia, ¿no?

–O el tonto, porque le hemos ido cargando con lo de los demás.

Lo habitual es que se pongan en pie a eso de las siete de la mañana. Cada uno desayuna a su aire y se va a lo suyo: Miguel y Jesús, a ordeñar, y Javier, a la nave del queso. Feliciano pasa la fregona por el bar y, en cuanto acaba, controla la estación meteorológica, que consta de un pluviómetro (ayer recogió 15,4 litros), un termómetro (4 de mínima y 6 de máxima), y una baliza para medir el espesor de la nieve (75 centímetros). Nadie como él, metódico, paciente y con tiempo, para llevar un registro minucioso de lo que sea.

FOTOGALERÍA

Cenas que siempre acaban con queso

Además de fotos espectaculares, su ordenador contiene todo tipo de tesoros, desde palabras y expresiones que antes se utilizaban por aquí y se han ido perdiendo, hasta refranes, dichos y canciones e incluso una especie de censo de los habitantes de Tresviso con fechas de nacimiento, defunción y relaciones de parentesco.

Feliciano tiene mujer, Mabel, que vive, como sus dos hijos, en Torrelavega. Ella sube los fines de semana cuando se puede venir. Él baja solo cuando le duele algo. Javier tiene organizada a su familia de forma parecida. Beatriz está en Santander con el chaval, que estudia Económicas. Ella es de allí. Solía frecuentar el pueblo, conoció a Javier y se quedó. Cuando el niño empezó el colegio volvió a la capital.

Las complicaciones

La nevada de este año les complica los días, y sobre todo a Javier. Sin carretera, no hay forma de vender quesos –llegan hasta Inglaterra y Suiza–, ni se dan comidas ni camas. Como él es alcalde, lleva días yendo con una cuadrilla a liberar la quitanieves que se les quedó tapada, a desenterrar la camioneta que iba detrás con el gasoil, y a seguir camino poco a poco, limpiando la carretera. Se supone que, mientras, una máquina está abriendo camino desde Asturias. Están a cinco kilómetros del pueblo y se tardan dos horas en ir hasta allá con raquetas. Si se suman las seis que se pasan allí y las dos de vuelta, la jornada está ventilada. Cuando vuelve, de noche, le están esperando los demás para cenar. Es frecuente que haya más hombres sentados a la misma mesa; en estos días, sin ir más lejos, este periodista y su compañero fotógrafo. Se come fuerte, con vino, y siempre se acaba con queso. La estampa de estos hombrones de manos grandes y piel curtida delante del plato recuerda a los almuerzos de los chicos de ‘Siete novias para siete hermanos’ antes de ser desbravados.

Hemos quedado en que la nieve hace mucho más pesada cualquier actividad y también supone cierto riesgo. Los aludes de aquí no son aparatosos como los de las películas, pero como te pillen estás igual de acabado. Por eso, cuando un grupo sale a hacer algo lleva siempre un par de palas por si hay que desenterrar a alguien a toda prisa. Miguel y Juan no tienen que ir muy lejos, porque tienen la cuadra cerca. Ordeñan las cincuenta vacas y les dan de comer. La leche se emplea en hacer queso, pero con este tiempo los 200 metros que separan el establo de la quesería se hacen larguísimos. El día que la cosa se puso fea tardaron seis horas en cavar una trinchera para que el tractor pudiera llevar el depósito con los mil litros. Uno conduce y los demás se suben al morro para que no se levante en la cuesta. Después, conectan la manguera a un motor para pasar la leche al vaso de acero donde se calienta, bate y cuaja para convertirla en queso picón.

Ahí empieza la tarea de Johan Ruiz, un colombiano de 33 años que el destino trajo aquí. Resumimos su cometido para centrarnos en el muchacho: la leche tarda dos horas en cuajar, y entonces se pueden llenar los moldes, que se colocan en una habitación con calorcito. A los dos días se desmolda y queda un queso blanco que se cubre de sal gorda y se deja reposar. Después de una semana al calor, las piezas se llevan a una cámara. Tres meses después son queso de Tresviso. A Johan se le saltaron las lágrimas la primera vez que vio la nieve. Venía de Medellín, donde dejó un buen trabajo –mecánico industrial en una cervecera– porque imaginó que en España prosperaría antes. No encontró gran cosa. El cura de Güemes, don Ernesto, lo empleó en el albergue de peregrinos, y aprovechó un día libre para darse un garbeo y ver nevar. Fue un 29 de diciembre, estaba en Tresviso y mientras contemplaba los copos se acordó de su ciudad ‘de la eterna primavera’, de su familia y de su novia. Se sintió tan solo que se echó a llorar. Preguntó y le ofrecieron trabajo haciendo queso. Hace ya siete años de eso. Viajó un par de veces a Colombia por vacaciones –en Tresviso es imposible no ahorrar, porque no hay en qué gastarlo–, y, después de hablarlo con Alejandra, su chica, decidieron casarse. La boda, que se celebró el pasado 26 de septiembre, no fue demasiado romántica: lo hicieron por poderes. Fue al ayuntamiento de Tresviso con el representante de ella y firmó.

Desde Colombia

Alejandra, que tiene 22 años, llegó a finales de diciembre, y debe de tener una idea bastante extraña del país: Johan la recogió en Parayas, le enseñó El Sardinero y la llevó a dormir al Chiqui. Al día siguiente compraron ropa de verdad, regresaron a Tresviso, empezó a nevar y ya no paró.

Lo que más le cuesta es andar desocupada. Era perito de una aseguradora (en el fabuloso castellano de allá, ‘analista de siniestros’). Ante todo, lo que quiere es continuar sus estudios de Psicología, pero es imposible que se matricule antes de octubre.

Es probable que empiece a trabajar en agosto, pero es cosa de temporada y ella no se conforma con matar los días leyendo, viendo películas y mandando mensajes a su familia. No es de salir por la noche, pero sí le gustaría conocer sitios y pasear, ir al cine... Está planeando unas vacaciones con Johan en Francia. Cuando se pueda. Mientras, le echa una mano con los quesos.

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La vida nocturna en Tresviso

Demasiado fuertes para su gusto. Habla muy bien de sus nuevos vecinos, «gente muy amable y servicial», pero, por regla general, las conversaciones se limitan al clima y a preguntar cómo descansó. Nota que Johan se esfuerza en hacer que se sienta cómoda. «Estoy tranquila y contenta. Pero que yo me plantee estar aquí cinco o seis años es imposible».

Día 3 : "Rescatador uno"

Día 3.
"RESCATADOR UNO"

Comida, alimento para el ganado y pan. Un helicóptero abastece a un pueblo aislado, pero no olvidado.

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Día 3. 17 de febrero

Desde el cielo

Disculpen si el que esto escribe se pone un tanto peliculero, pero es que, hasta la fecha, a uno nunca le habían traído el pan y El Diario en helicóptero. Al parecer, los animales de Tresviso tenían la despensa menos llena que los dueños y hubo que mandar a por comida. El menú: seis fardos enormes de veza (para los de ciudad, hierba), y unos cuantos sacos de cebada y maíz.

En esta ocasión los vecinos no hicieron muchos encargos: con la fruta y los yogures que les llevó el aparato la otra semana iban servidos. Lo único que hacía falta era pan, algo muy apreciado aquí: desde que llegamos el sábado, nos han estado recordando en cada comida que no les trajimos ni una triste barra y que ya andaban aburridos del congelado.

El rumor lejano del helicóptero se convierte enseguida en estruendo, y en un momento aparece entre las montañas. Ya han quedado en que va a dejar la carga en una finca de la parte de arriba del pueblo, al lado de una cuadra, y hay media docena de personas esperando y grabándolo con el móvil.

Anda también por ahí la Chula, una perra que se vuelve loca ladrando al bicho que se le viene encima. Primero se descuelga el rescatador, que es quien se encargará de recibir la mercancía. En cuanto llega al suelo, el helicóptero se eleva y vuelve a por los paquetes.

El que ha bajado es Miguel Gómez. En Tresviso ya le conocen de otras visitas. Él es uno de los cinco componentes de la tripulación (el resto: piloto, copiloto, operador de grúa y médico) del helicóptero de Protección Civil del Gobierno de Cantabria (el nombre completo es para no confundirlo con otros cacharros). Las conversaciones por radio con sus compañeros empiezan con «Delta Romeo, Rescatador Uno», y en el interior de este periodista se remueven los recuerdos de infancia de sus madelman valientes e inevitablemente mutilados.

Miguel explica que la nave está en el hangar siempre dispuesta a salir pitando. Dependiendo de la misión, se carga con unas cosas u otras: lo normal es estar lista para un rescate de hombre al agua, el que requiere más reflejos. Para esto, han dejado el material imprescindible para así poder transportar más y dar menos vueltas.

Él avisa: cuando llegue el pájaro es mejor estar de rodillas, porque el aire te tira de culo, como tendremos ocasión de comprobar. En total, serán cuatro viajes con los bultos bamboleándose colgados del cable y, entre uno y otro, una charlita rápida con la gente. Hablan de cuáles son las mejores chaquetas, de prendas térmicas, de gafas de cuarenta euros más útiles que las que cuestan el triple, de alguna otra salida que han hecho y de cómo el más mínimo percance puede convertirse en un gran peligro.

En esta ocasión, todo marcha como la seda. Cuando acaba, el helicóptero desciende un poco más y entrega en mano las dos últimas bolsas con el pan y los periódicos. Miguel se despide levantando los dos pulgares, porque es inútil gritar con este ruido, sube y se va.

Voluntario

Cipriano Capitas ayuda a cargar en un remolque el forraje. Este fin de semana le ha tocado emplearse a fondo. Es vecino del pueblo, aunque la mayor parte de la semana la pasa en Guarnizo. Trabaja en Equipos Nucleares y aprovechó el cambio de turno para subir el viernes por la tarde y hacer lumbre en su casa. Él, como casi todos los hombres de Tresviso, es voluntario de Protección Civil (son quince), así que el sábado cogió caminito y se fue a desenterrar la quitanieves. Volvió a la noche, cenó y se echó a dormir, y el domingo volvió a repetir el mismo plan. Esta mañana (la de ayer para ustedes) se quedó esperando al helicóptero y confiando en que los asturianos, con una máquina más grande, limpiasen la carretera, pero resulta que ahora dicen que se les ha fastidiado un manguito y no han avanzado gran cosa. Habían reclamado que fuese alguien del pueblo a indicarles el camino, porque la carretera está completamente sepultada por los aludes, que se han llevado para abajo las balizas, y no hay forma de saber por dónde va. Lo único que se ve es la ladera lisa de la montaña: si la máquina se mete demasiado contra la pared, puede dar contra la roca y fastidiarse; si se sale afuera, se cae y adiós.

A Cipriano le espera en casa la mujer. Ella es de Sotres, unos riscos más allá de Tresviso, así que no puede decir que la engañó cada vez que la deja sola y decide venirse. Además, tiene un nombre muy apropiado: Nieves. «Me gusta la montaña de toda la vida y conozco todos estos picos. De pequeño, me traían todos los fines de semana», cuenta. El miércoles le toca volver a la fábrica, lo que quiere decir que en breve tendrá que calzarse las raquetas, bajar después ese camino vertiginoso en zigzag y coger el coche que dejó en el desfiladero de la Hermida para ir a fichar.

El pan ya está en el bar, y empiezan a llegar las mujeres para llevarse lo suyo. Aquí van todas vestidas de montañeras –lo que son–, con anoraks, botonas y polainas. Feliciana es viuda y vive sola en Tresviso. Protesta entre risas porque ha salido mirando al suelo en la foto del periódico: ya lo sabía, porque a todos les han llamado los parientes en cuanto les han visto en El Diario. Mercedes también está sola aquí. «Pregúntales a otras que son más señoritas, que yo no sé qué contar». A Santa López no le da tanto apuro. Nació aquí, se fue de niña a Santander y hace cinco años ha vuelto para abrir un negocio de turismo rural. Cuatro apartamentos que llevan vacíos toda esta nevada.

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El 112 vuelve a abastecer a Tresviso

Tiene un hijo mayor, de 26 años, y otro de bien pequeño, de dos, que está con Nacho, su marido, en Solares. El niño estuvo en el pueblo hasta hace dos meses, cuando el tiempo empezó a ponerse duro, y decidieron que se quedase con el padre por si se ponía malo o pasaba cualquier cosa. Es la primera vez que se separa de él, así que no piensa en más. ¿Que por qué no se va? Pues porque tiene que atender a sus animales –entre ellos, un perrazo enorme y simpático que monta guardia en su puerta– y a los pollos de un vecino que ha marchado, un tipo de favor que está a la orden del día en Tresviso. Tiene la suerte de que puede trabajar desde casa. Lo de los turistas lo tiene olvidado: tuvo que cancelar todas las reservas y, como el resto, sentarse a esperar a la quitanieves. Aparte, lleva una correduría de seguros que puede atender a distancia a fuerza de teléfono e internet. Santa no le pide al pueblo más comodidades que las que hay: eso sí, sería perfecto con un médico y una escuela donde pudiese estudiar su chiquillo. Sabe que en cuanto empiece el cole ella ya no podrá pasar aquí los inviernos, de modo que está aprovechando. El que lo acaba pagando es su marido, obligado a demostrarle cuánto la quiere a fuerza de caminatas. La última semana subió cuatro veces el pobre hombre.

Día 4 : Al fin del mundo

Día 4.
AL FIN DEL MUNDO

Una quitanieves trata de abrir camino desde Asturias, aunque a ritmo lento: apenas avanza 300 metros por hora.

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Día 4. 18 de febrero

Ante un alud, corre

Aunque nevó por la noche, en el pueblo solo subió un palmo de altura: son 57 centímetros donde se toma la medida. Recién amanecido, andaba la gente mirando una de las montañas que encajonan Tresviso, porque había al menos media docena de buitres dando vueltas por arriba, y enseguida comprendieron por qué: sobre la nieve estaba pintada una gran raya roja. Por la zona andan unos caballos comiendo lo que pueden, así que alguno se habrá despeñado.

Es difícil distinguir a los animales cuando están quietos entre las paredes de piedra que asoman entre la nieve, salvo que se sea de aquí. El caso es que la cuenta seguía saliendo. Eso quiere decir que una yegua –había dos preñadas– ha abortado. Por lo que explican, la naturaleza no se anda con chiquitas por este barrio: si pintan bastos hay que apostar por sobrevivir y lo paga la cría, en beneficio de los citados pajarracos y de un lobo o un mastín que fue a por lo que quedaba.

Sobre las once de la mañana avisaron de que la quitanieves de Asturias venía hacia acá. Había quedado averiada el día anterior poco más o menos donde dejaron la fresadora del pueblo, a unos cinco kilómetros. Javier Campo, el alcalde, cogió caminito pensando en ayudar en lo que se pudiese y despejar de una santa vez el acceso. Él no lo dice, pero en el pueblo hay quien tiene la sensación de que se les tiene un poco abandonados, que como dependen de los asturianos debe de tratarse de un acuerdo entre comunidades– parece que se deja esto para lo último.

Son dos horas de raquetas hasta llegar donde están trabajando. Cuando Javier contaba la noche toledana que pasó peleando con la ventisca para no quedar tapados, no ahorró elogios para todos los vecinos que estuvieron allí con él. En seis horas cayeron tres metros sobre la carretera y ellos, en vez de quedarse dentro, ayudaban a avanzar al vehículo mientras por detrás la nieve iba tapando el hueco que acababan de dejar. «Con gente así te puedes ir al fin del mundo. Cuando se complica no hay ninguno que empiece a jurar o a ponerse nervioso: hay que hacer esto y esto, y pam, pam, pam. Nadie levanta la voz y todos están serenos. Si hay que pasar por un sitio que hay un alud, primero pasa uno, luego otro, luego otro... y así no nos pilla a todos si ocurre algo». Con la lección aprendida, hacemos lo mismo cuando toca. Las avenidas de nieve se han llevado pendiente abajo las biondas –en realidad, travesaños de madera– y hasta han arrastrado avellanos que han arrancado de raíz.

Ante un alud, lo único que se puede hacer es intentar correr y quitarse de en medio. Se oye como retumbar un trueno lejano antes de que la ladera se venga abajo. Los de nieve en polvo, que aquí llaman poverios, van como un rayo y no dan tiempo a nada. Cuando son cosas pequeñas, bolas que van cayendo, son zambascos. Más o menos los tienen localizados: suelen bajar siempre por los mismos sitios y solo tienen que fijarse en las zonas donde se acumula nieve para saber cuáles quedan por caer. Es verdad que este año, con tanta nieve, ha habido avalanchas nuevas o por canales por las que hacía tiempo que no se precipitaban.

El lento avance de la quitanieves

Para cuando llegamos, la quitanieves ha debido de avanzar medio kilómetro. Dentro están José Antonio Lavín, maquinista, y José Luis Diego –«di que soy hermano de vuestro presidente»–, operario de Obras Públicas. Están aburridos de verlo todo blanco. «Llevamos días y días, y encima ayer tuvimos avería en la máquina». Los dos son de los alrededores. Su jornada empieza a las cinco y media de la mañana. A las ocho están tomando el café en Arriondas de Cabrales, donde se suben a un camión con cuña y salero hasta Sotres. Son las nueve cuando les dejan en la máquina, y volverán a recogerles cuando ya sea de noche. Para aguantar la tirada están armados con queso, chorizo, pan y un termo de café. «Aquí hacemos dieta cántabra, no mediterránea».

Es complicado hacer cálculos. Si todo marcha muy-muy bien, pueden avanzar un kilómetro a la hora, pero no es el caso: el espesor de la nieve va desde los dos metros hasta los tres y medio, más o menos, y por donde se ha desparramado toda la carga está mucho más duro y cuesta más. 200 o 300 metros por hora puede ser una previsión más ajustada. Hacemos cuentas fáciles: si son las dos de la tarde y todavía van por ahí, volveremos a dormir en Tresviso.

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Asi trabajan las quitanieves

Javier se queda, a ver si estando él por ahí van un poco más ligeros. Está negro porque ya hace semanas que está recibiendo pedidos de queso que no puede servir, esto no avanza y en cualquier momento puede caer otra nevada y fastidiarlo todo otra vez.

De vuelta al pueblo hay que dar explicaciones de lo que se ha visto a los vecinos que, fieles a su costumbre, salen a pasear cada día por la carretera, sea invierno o verano y esté como esté. Los hombres van solos, las mujeres, juntas. En el bar, todo sigue como lo habíamos dejado, igual que ayer y que el día anterior. No hay más clientela que los dueños, Feliciano y Miguel, los hermanos de Javier. El uno está con sus cosas del ordenador; el otro, sentado a la barra, callado y sin tomar nada. Ni siquiera mira la televisión, que está puesta a un volumen razonable para que no moleste.

El telediario

En Tresviso, o al menos en la taberna, se ven muchos documentales y alguna película, pero el programa estrella es el telediario. Lo que más interesa estos días es la información del tiempo, por si sale otra vez el pueblo. Las imágenes son siempre las mismas. Suben el volumen y se ríen de cómo cuentan las cosas a la tremenda, porque parece que les están echando comida como a pollos desde el helicóptero. También siguen la actualidad: están pendientes de los líos de Argentina, porque hay parientes allá. Cuando salen los del Frente Islámico dispuestos a cortar la cabeza de una hilera de desdichados coptos, surge una conversación que gira más en torno a aspectos técnicos que morales.

Se dice que los verdugos ya tienen práctica porque matan así a los corderos, un estilo totalmente diferente del de aquí. Feliciano explica con todo detalle cómo se agarra la tráquea del cabrito y se pincha por detrás la navaja, con el filo hacia abajo, hasta que asoma por el otro lado, por donde saldrá la sangre; después, con un giro de muñeca y de la hoja, se seccionan venas y arterias, «con cuidado de no cortar el esófago para que no se le salga la comida». El que es hábil encuentra el hueco entre las vértebras, busca la médula y –chasquido de lengua de Feliciano– el bicho ya no se menea. Hasta aquí da de sí el tema de los yihadistas. Justo hoy hay cabrito para cenar. Con un vaso de pacharán de serbal blanco se adormece la conciencia y uno se va caliente para la cama.

Día 5 : Libres 28 días después

Día 5.
LIBRES 28 DÍAS DESPUÉS

Los operarios asturianos consigue al fin enlazar el pueblo con sus vecinos de Sotres.

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Día 5. 19 de febrero

Ocho kilómetros de pesadilla despejados

La llegada fue menos emocionante de lo que cabía imaginar. La quitanieves –como dicen los técnicos, rolba– se quedó parada a casi un kilómetro de Tresviso. El maquinista debió de detenerse a charlar un momento al cruzarse con las mujeres del pueblo, que cumplían religiosamente con su costumbre del paseo de la tarde. Si aquí los vecinos estaban ya un poco hartos de no poder mover el coche, tanto o más aburridos andaban los trabajadores asturianos encargados de despejar la vía.

«Esto ya se hace largo», decía el alcalde, Javier Campo, antes de volver, un día más, a calzarse las raquetas para ir hasta su máquina. La quitanieves asturiana, más grande, abre un surco en el manto de nieve, pero tiene que ir adelante y atrás para ensancharlo. Lo que estuvo haciendo Javier, ya impaciente, fue seguirla con la suya, ayudando, para que no dejase de avanzar.

Los asturianos sudaron para enlazar Sotres con Tresviso, ocho kilómetros de pesadilla. Antes de abrir resultaba difícil seguir la línea de la carretera –un tajo horizontal en las laderas–, y daba agobio contemplar el lento avance de la quitanieves, un cacharro de tres metros de altura, enterrada hasta la altura del parabrisas. Hubo varios ataques. Empezaron con un vehículo equipado con una fresa, con el que pelearon dos días, hasta que vieron que era inútil y que era tarea para algo más potente. Cuando la rolba estuvo libre, una vez que tuvieron listo todo lo de Asturias, retomaron la labor, en la que han invertido tres jornadas completas, interrumpidas por algún que otro contratiempo. Son máquinas robustas, pero tienen desgaste: una piedra arrastrada por el alud que no se ve y golpea la cuchillas, una nieve pastosa que atasca la salida... Fueron lo bastante previsores como para llevar mecánicos en el equipo para ahorrar tiempo, y aun así un manguito traicionero podía dar al traste con los planes. Para este último día quedaron pendientes un par de kilómetros. A las cinco y media de la tarde aún no habían recorrido más que la mitad, así que no parecía muy lógico que el maquinista, José Antonio Lavín, y su compañero, José Luis Diego, se hubiesen quedado piando con las mozas.

Alberto Aja, el autor de las imágenes espectaculares de todos estos días, tenía intención de esperar para coger la foto de la llegada, pero en vista de la calma con que se lo estaban tomando, decidió ir hacia allá. Entonces, la quitanieves empezó a maniobrar y dejó pasó al camión con la cuña. Cuando empezó a coger marcha entendimos que se nos echaba encima en un momento. Los del paseo se partían de risa viendo a Alberto intentando correr por la nieve, con todo el equipo colgando como campanos y con el camión echándosele encima. «No le da tiempo. Le pilla en la curva». A la vista está que él fue más rápido.

La gente del paseo fue volviendo, caminando ya cómodamente por la carretera limpia y se juntaron sobre la plazoleta de nieve sucia que fue despejando el camión con sus maniobras justo a la entrada del pueblo. Fue lo más parecido a un recibimiento. Una vez más, estos vecinos tan acostumbrados a las nuevas tecnologías sacaron del bolsillo unos móviles magníficos para grabar la escena y enviársela a sus parientes y a los del programa ‘España Directo’, que no paran de llamar.

Que haya llegado la quitanieves no quiere decir que se pueda ir por la carretera. Ingenuo, este que escribe pregunta si será posible llamar a un taxi para salir de Tresviso y llegar hasta nuestro coche en La Hermida. «Ay, hijo, aquí no sube ningún taxi», contesta Aurelia Campo, como si fuese algo que allí saben hasta los tontos.

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Tresviso vuelve a estar comunicado

Apiadándose de nosotros, los responsables de carreteras de Asturias, que han venido escoltando la quitanieves, acceden a llevarnos... a condición de que salgamos en el momento. Mientras subimos las cuestas del pueblo a la carrera volvemos a maldecir las mochilas que cargamos de forma insensata para venir. El coche de Faustino González, jefe de Vialidad Invernal del Principado, circula a buen ritmo encajonado entre dos paredes de nieve que nunca baja del metro. Él asegura que no se ha sentido con mala conciencia durante estos días que los periódicos, las radios y las televisiones machacaban con la incomunicación de Tresviso. Dice que eso no es culpa de nadie y es puro fruto de las circunstancias.

El culebrón del invierno

Tresviso ha sido el equivalente invernal de los culebrones de verano, esas noticias que se van siguiendo día tras día para llenar los telediarios. Otro todoterreno viene de frente y hay que parar. La quitanieves comienza a hacer hueco para que se pueda pasar. Es un equipo de televisión que quiere ser el primero en entrevistar a los vecinos ‘liberados’. Faustino no se puede aguantar y acaba apeándose para recordarles que no se puede ir por ahí, que la carretera está cerrada y que si se encuentran con la cuña en una curva acaban en el fondo del valle. «Yo comprendo que hacen su trabajo –se justifica de vuelta al coche–, pero es que nos incordia la gente entrando en la zona que estamos despejando, y solo falta que les caiga un alud o que pase cualquier cosa».

Con esto, Faustino da por cerrado el episodio de Tresviso. Cualquiera imaginaba que los recibirían con aplausos, les invitarían a tomar una cerveza en el bar y los despedirían con banda de música. Nada de eso. Llegan, hacen sitio para dar la vuelta y se van. Este invierno no paran. Recibe una llamada –manos libres– y le preguntan que a dónde llevan las máquinas. Al parecer, la zona que linda con León está terrible, pero es muy difícil decidirse: ya han avisado de que va a volver a nevar este fin de semana.

Créditos

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Texto: José Ahumada

Fotos: Alberto Aja, Archivo DM

Vídeos: Alberto Aja

Edición gráfica: Miguel de las Cuevas

Infografía: David Vázquez

Diseño: Marc González

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