Una década perdida ¿Sólo?

De acuerdo con las últimas estadísticas disponibles, la economía española ha recuperado, en el segundo trimestre del año, el nivel de actividad real que tenía en 2008

José Villaverde Castro
JOSÉ VILLAVERDE CASTROSantander

De acuerdo con las últimas estadísticas disponibles, la economía española ha recuperado, en el segundo trimestre del año, el nivel de actividad real que tenía en 2008. Un hecho como este admite, cuando menos, dos interpretaciones opuestas, pero no contradictorias. Una de ellas, la optimista, es la que sostiene que en los últimos tiempos se han hecho las cosas lo suficientemente bien como para recuperar todo el terreno perdido; la otra, la pesimista, es la que es afirma que es posible hablar, con toda propiedad, de «una década perdida».

En relación con la visión optimista, ya indicaba hace unos días que, en mi opinión, no es tanto que hayamos hecho muchas cosas bien cuanto que hemos contado con un «viento de cola» que ha permitido enderezar el rumbo de nuestra economía. La reducción de las facturas energética (gracias al abaratamiento del crudo) y financiera (merced a la actitud positivamente beligerante del BCE) es, sin lugar a dudas, uno de los principales causantes, sino el principal, de la recuperación económica, pues ello ha liberado una ingente cantidad de dinero que (junto con la mejora de las expectativas) ha animado al consumo y, por ende, a la actividad productiva.

En la versión pesimista de los hechos, es posible –rememorando la expresión acuñada en relación con la década de los ochenta en Latinoamérica y las correspondientes crisis de la deuda- referirnos, sin temor a exageración, a «una década perdida» por nuestra economía. La cuestión que nos planteamos aquí –que es un tanto retórica pues la respuesta parece estar cantada- es si sólo hemos perdido una década o si, a la postre, se tratará de un periodo más largo.

Vayamos por partes. El aspecto positivo es que, habiendo alcanzado los registros del PIB propios del año 2008 (el más alto de nuestra historia), pero siendo el volumen de ocupación mucho menor, la productividad de la economía española se ha disparado, como consecuencia, sobre todo, de la reasignación sectorial del empleo en favor de la industria y los servicios. Esto es bueno y hay que subrayarlo, aun cuando se haya producido de manera forzada.

El aspecto negativo es que casi todo lo demás sigue estando peor ahora que hace diez años. Para empezar, la renta de los hogares sigue siendo inferior a la que teníamos entonces, lo mismo que lo es el nivel de empleo; en lo que hemos ido a más, esto es, a peor, es en desempleo y desigualdad. La renta de los hogares, y en particular la renta disponible, siguen siendo inferior a la de 2008 sobre todo por el cambio que se ha producido en la distribución de la renta nacional, que, como hemos apuntado en otra ocasión, ha favorecido a las rentas del capital en detrimento de las del trabajo. En cuanto al empleo, todavía hoy contamos con casi dos millones menos de empleos que hace una década, amén de que su calidad es mucho menor; y si recuperar esos dos millones puede llevarnos unos cuantos (¿cuatro?) años, mejorar su calidad tampoco parece que vaya a suceder de la noche a la mañana. Otro tanto ocurre, naturalmente, con el desempleo, cuya tasa (pese al descenso experimentado en los últimos tiempos) sigue siendo muy superior a la de 2008. Por último, está la cuestión de la desigualdad que, como espada de Damocles, pende sobre nuestra economía; en efecto, aun cuando el aumento del empleo ha suavizado algo el de la desigualdad, esta ha crecido con la crisis, sobre todo por los cambios mencionados en la distribución de la renta y por la precariedad del nuevo empleo (precariedad tanto en el sentido de que una buena parte del mismo es temporal como en el de que su remuneración es muy baja).

Esta última cuestión, la de la baja remuneración media de los nuevos asalariados (y la correspondiente aparición de una nueva clase social, la de los trabajadores pobres) contrasta, por cierto, con el aumento de productividad antes mencionado ya que ambas cosas, en contra de lo que sugiere la lógica económica, parecen caminar por senderos divergentes. ¿Tiene esto solución? A tenor de los hechos, parece difícil, pues si bien los empresarios admiten (en palabras de Joan Rosell) que hay demasiada gente con salarios bajos, la reciente ruptura de negociaciones sobre un acuerdo salarial con las centrales sindicales parece indicar que, de hecho, no están muy dispuestos a que se proceda a una cierta restauración salarial. Y así será difícil mantener la recuperación vía aumentos del consumo, ya que éste, una vez cubierta la demanda embalsada durante lo más duro de la crisis, se limitará a los productos de primera necesidad. Y, de seguir así, lo que habremos perdido será, sin duda, más que una década.

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