Una campaña moderna

La campaña del 20-D y, sobre todo, la del 26-J han sido las más tecnológicas y modernas de nuestra etapa democrática. La última, a la que han llegado los partidos con escasos recursos, ha forzado el ingenio de los estrategas.

Como era previsible por la tecnificación de la propia sociedad, por la penetración de los medios audiovisuales y por el predicamento de las redes sociales, los viejos e improductivos mítines han sido más escasos. En cambio, se han prodigado los vídeos publicitarios, difundidos a través de las redes, y se ha hecho hincapié en las apariciones por televisión, que son las que más opinión pública crean.

También las encuestas se han depurado y multiplicado, si bien su credibilidad dependerá de su concordancia con los resultados reales. En cambio, tan sólo ha habido un debate en la cumbre, un balance claramente insuficiente a pesar de que se han celebrado otros debates.

La ley de Partidos debería incluir la obligación ineludible de los líderes de someterse a este escrutinio directo que a todas luces perfecciona la confrontación de ideas y mejora la democracia