OPINIÓN

Segunda elecciones

El ‘brexit’, que ha abierto graves incógnitas bajo nuestros pies, ha evidenciado también que la relajación con que hemos gestionado los españoles la renovación del Parlamento, que nos ha deparado más de seis meses de provisionalidad, es como mínimo una imprudencia.

Urge estabilizar nuestra situación y marcar con claridad el rumbo porque, aunque la economía continúe creciendo a buen ritmo, es necesario que este país recupere el pulso, asuma en plenitud su papel de actor internacional y acometa un proceso de normalización y desenlace de la crisis que restaure antiguos equilibrios, resuelva algunas sangrantes inequidades que ha dejado tras de sí la doble recesión e impulse la reconquista del bienestar de que disfrutábamos antes de la década perdida. Además, hay algunos asuntos, como la reforma de la Seguridad Social, aquejada de un insoportable déficit, que no admiten más demoras. Aunque acabamos como quien dice de votar en diciembre y no son previsibles por tanto grandes cambios en los resultados, la aritmética que registren las urnas en el día de hoy dará las claves de los futuros pactos.

Sin embargo, puesto que no cabe esperar que algún partido obtenga mayoría absoluta, la situación será muy semejante a la anterior: la mayoría de gobierno habrá de proceder de alianzas entre grupos políticos. Alianzas que tampoco serán fáciles. Pero esta vez ya no caben subterfugios: los líderes políticos tienen que lograr acuerdos si no quieren que la opinión pública, irritada con razón, monte en cólera. La eventualidad de unas terceras elecciones no es siquiera concebible. En esta ocasión, tras el fracaso en toda regla del primer intento, los partidos tienen que agotar el camino de la negociación, y si el intento no diera resultado, los líderes habrán de explorar incluso vías excepcionales, como la de apartarse de la primera línea y ceder el liderazgo a un compañero, o incluso la de respaldar a una personalidad independiente que asuma el gobierno por tiempo tasado. El jefe del Estado, que es el que debe proponer candidatos, ha de encontrar la ayuda leal e incondicional de los grandes partidos para hallar la manera de resolver este impasse que desacredita y debilita a nuestro país y le impide emprender el retorno a la normalidad.

El comercio, al alza

El comercio, que es un motor estratégico para la economía, está rehaciéndose de la crisis, después de haber sufrido una fuerte reducción del consumo a partir de 2008 que obligó al cierre de uno de cada tres pequeños negocios. En 2015 se produjo el cambio de tendencia y en 2016 se espera la definitiva consolidación del sector. De hecho, el gasto por hogar ha sido el año pasado de 27.420 euros, todavía inferior a los 31.641 de 2007 pero ya francamente al alza, con un crecimiento interanual del 3,9% en abril.

El comercio es un gran generador de empleo, que creció un 1,1% en 2015, de modo que en mayo pasado había 33.737 cotizantes más a la seguridad social que un año antes. Como se recoge en el reportaje que hoy publica este periódico, el comercio es una de los grandes motores de la actividad, pero, como reclama el presidente de la Confederación Española del Comercio, también necesita «estabilidad política y social». La caída de la confianza de los consumidores en los últimos meses, debida en parte a la inestabilidad política, ha ralentizado las ventas, de forma que el presente está teñido de incertidumbre para el sector, y ello contribuye a destacar la necesidad de que las fuerzas políticas resuelvan cuanto antes el actual vacío político, que no es inocuo y que también perturba, aunque no lo parezca, la actividad comercial.