Estampas de Cantabria | Pueblo del Mar 1, en Argoños

Un lugar tranquilo para pasar la jubilación

Jose Ahumada
Hay 663 viviendas con sentencias de derribo en la región, cada una con su correspondiente drama familiar
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José todavía tiene humor para limpiar el muro de su casa./ Javier Cotera

Para forrar una pared con friso de DM lo mejor es anclarlo con grapas, porque si se clava directamente siempre se corre el riesgo de desportillar las láminas. Emilio Miranda, como buen jubilado, se toma el tiempo que haga falta para que le quede bien la caseta donde, además de la lavadora, podrá guardar sus herramientas.

Como le gusta hacer cosas, ha reservado un cuadradito de tierra de esa franja de dos metros y medio que rodea su casa. Hay lechugas que ya empiezan a salir, cebollas con el tallo fuera y futuros tomates y vainas. Alicia, su mujer, es dueña de la tira que pega con la verja y que está adornada con flores tan agradecidas como claveles o geranios, y con plantas que se la apañan solas -unos lirios, romero...-. Emilio ha colado en ese muestrario unas acelgas. Un limonero, una higuera y un cerezo, todos ellos adolescentes, completan el vivero que han plantado en su alfombrita de hierba. Merecían un poco más de terreno con tanta gana de hacer cosas.

La vivienda, sin ser nada del otro mundo -salón, cocina, tres habitaciones y dos baños, en una sola planta-, resulta acogedora, ajustada a la vida de sus inquilinos más que a las posibles visitas. La ilusión del matrimonio era hacer un porche en la parte de atrás, enfrente de una barbacoa que está ennegrecida por el uso, pero no dan el paso porque no saben si les van a tirar la casa.

A pesar del nombre, desde la urbanización Pueblo del Mar 1 de Argoños no se ve la costa. A un lado, está la carretera, al otro, una ladera llena de árboles. La condena de demolición se debe -simplificando el enrevesado lenguaje de las sentencias- a que algunas viviendas se adentraron unos metros en términos municipales vecinos, en donde los permisos de construcción concedidos por el Ayuntamiento no valían. El hecho de que después se haya subsanado la irregularidad con un deslinde no ha detenido la maquinaria ejecutora, que no se conforma con echar abajo los catorce chalés invasores, sino que exige aplanar los 78 que componen la colonia.

Se trata de uno de los casos más locos de las 663 viviendas que hay afectadas por sentencias de derribo en la región, cada una de ellas, por supuesto, con su correspondiente drama familiar y su ración de penas, angustias y rabia. En muchas de estas personas se ha formado como una especie de nata sobre la tristeza que les permite mantenerla contenida, pero a poco que se revuelva con un par de preguntas las lágrimas se les escapan.

Sergio Blanco vive puerta con puerta con Emilio y Alicia. Tiene 33 años, los tres últimos en paro, y consagra el día a su hija, Irati, de dos años y medio, mientras su mujer trabaja. La levanta, la lleva al colegio y vuelve a casa para hacer las cosas. Después busca trabajo por Internet y cada tanto se desplaza a Santander a dejar el currículum. Albañil, chófer... lo que sea. También atiende el jardincito y, por las tardes, lleva a la niña al parque.

A él le vendieron la casa sin que en el Ayuntamiento o en el Registro de la Propiedad -del anterior dueño, ni hablamos- le advirtieran del lío en el que se metía. Se enteró en una reunión de vecinos. Quizás debería haber metido a juicio al vendedor, pero no andaba muy holgado de dinero y el abogado le advirtió que el pleito salía por unos tres millones (de pesetas), así que confió en que todo se solucionase con el tiempo. Él vive aquí y no tiene otro sitio a donde ir. Mientras cuenta su historia llega un coche: vienen a entregar al presidente de la comunidad un anuncio de suspensión del servicio de luz. No hay descanso.

«Es toda una desilusión. Parece que un día te acuestas con una alegría para levantarte a la mañana siguiente con una amargura. Es una impotencia tan grande ante todo...», comenta Emilio. En su día estuvo a punto de comprar en Ezcaray, que a él, particularmente, le gustaba más. Pero como Alicia es de familia pasiega, había otros parientes por la zona y la urbanización les pareció tan bonita, terminaron en Argoños, en una casita con un trocito de tierra. Emilio me mira a los ojos y me pregunta que si después de 48 años trabajando en Firestone no tiene derecho a esperar lo que a todos nos tiene que llegar de la manera más plácida posible. Yo qué le voy a decir.

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