"Antes de ser diseñador fui fontanero y repartidor de bebidas por los bares"

Etxeberria, en la puerta de Cesine, luciendo un pantalón de lana y astracán y una cazadora de avestruz de su firma.
Etxeberria, en la puerta de Cesine, luciendo un pantalón de lana y astracán y una cazadora de avestruz de su firma. / Andrés Fernández
  • Roberto Etxeberria | Diseñador de moda

  • Era un mal estudiante pero a los 28 años cambió el ‘chip’. Se licenció en Felicidad Duce, en Barcelona, y ahora triunfa en las pasarelas internacionales

Roberto Etxeberria enamora con su arrolladora personalidad. Campechano, cercano y ‘disfrutón’, este diseñador de Eibar camina por la vida con el paso marcado por su propia exigencia pero con las ideas muy claras. «Si vas a hacer el ridículo, mejor quédate en casa echando la siesta», le decía su madre, que hoy ve cómo su hijo pequeño triunfa en Nueva York amenizando sus desfiles con las coplas vascas de Santa Águeda. Etxeberria está estos días en Cantabria con motivo de su participación en la III Semana del Diseño que organiza Cesine.

¿Qué queda de aquel chico de Eibar que sacaba malas notas?

Todo y nada. Cuando era joven hacía mucho el idiota. Con 28 años no tenía ni el Graduado Escolar, pero me di cuenta de que si no quería que la mierda me comiese tenía que ponerme las pilas.

¿A qué se dedicaba?

He sido fontanero, carretillero, repartía bebida por los bares de Guipúzcoa… Estaba todo el día de bar en bar, conocía a mucha gente pero a mí eso de currar sin más no me gustaba.

¿Qué pasó para que cambiara el ‘chip’ de forma tan radical?

–Iba mucho a Barcelona a ver a una amiga de Eibar y allí descubrí la Escuela Felicidad Duce. Ya tenía 28 años y mis compañeras de clase no tenían más de 20. Era el abuelo del grupo.

¿Qué le dijeron en casa cuando les dijo que, por fin, iba a estudiar?

Mi padre me dijo: «¡A buenas horas!», pero cuando les mandé las notas y vieron que sacaba nueves y dieces ni se lo creían. Pero me costó porque tenía muchas carencias.

¿De qué tipo?

Tenía una inseguridad horrible. Era incapaz de coger apuntes, de memorizar… Tenía que estudiar horas y horas para aprenderme dos líneas...

Compaginó sus estudios siendo asistente del diseñador ruso Sergei Povaguin, ¿cómo lo hacía?

–Fue una locura porque iba a clase por la mañana y trabajaba por la tarde. Pero terminé. Siempre digo que si no lo intentas, no me vengas llorando. Cuando uno cree en algo tiene que intentarlo.

En esa época, ¿cómo vestía?

Siempre me he puesto lo que me ha dado la gana y en aquellos años era un poco ‘punki’. Cuando quería algo, ahorraba hasta conseguirlo. Mi primera gran compra fueron unas botas Martens granates altas y con la punta de acero, que me costaron 16.000 pesetas.

Y ahora hace ropa carísima…

–Carísima si la compras en tiendas, porque suben el precio un 300%. Lo mejor es que quien quiera algo mío me localice y lo hablemos.

¿Cuándo decidió dar el salto e ir por libre con su propia firma?

Mi exmarido Joan Roig, que fue uno de los arquitectos que diseñó el Parque de Las Llamas, fue el que me animó. Me decía: «¡Tienes que empezar, tienes que empezar ya!».

¿Y cuándo y con qué empezó?

En 2008 con una colección masculina de trajes con encajes, raya diplomática y cuadros de Gales. Me presenté a la Pasarela Vigo y gané.

Así que empezó por todo lo alto.

No me puedo quejar. Luego llegó el primer premio de Creamoda Bilbao, dos premios L’Oreal a la mejor colección en el Ego de Cibeles…

¿Cómo es quien viste su ropa?

–Con personalidad y no tiene que sentirse disfrazado al ponerse algo mío.

Si no fuera por diseñadores como usted podría decirse que la moda masculina vive estancada.

–Creo que sí. En la Francia del siglo XVII los hombres se vestían con encajes, se ponían pelucas y se maquillaban. Luego llegó la elegancia del XIX inglés y ahí nos hemos quedado.

–No le veo con un chándal.

Jamás. ¡Muerte al ‘chandar’! (Risas). ¡Ni para estar en casa!

¿Qué se pone para estar en el sofá

Cualquier cosa. Este mismo pantalón (dice mostrando el que lleva que es de lana y astracán).

¿Cuántos tatuajes tiene?

-En un brazo, un dibujo precolombino peruano; en el otro, el sarcófago de Tutankamon; y aquí atrás (se levanta el jersey para dejar la espalda al descubierto), un calendario azteca. Sólo dejo que me ‘pinche’ mi amiga Vanessa Secuenza, de Eibar.

¿Tiene estilista?

¿Yo? No me dejo en manos de nadie.

"Antes de ser diseñador fui fontanero y repartidor de bebidas por los bares"

/ Andrés Fernández

¿Cuándo decidió dejarse el bigote a lo Dalí?

Una mañana cualquiera, después de ducharme, me dije: «¿Qué me hago hoy?» Y me planto el bigote así, o me dejo una perilla larga…

¿Le gustaría que le llamaran de H&M, por ejemplo, como artista invitado para una colección?

Me encantaría. Es más, me moriría de la ilusión.

¿Qué conoce de Cantabria?

-Muchos sitios. Mi amigo Óscar es el dueño del camping de Loredo y el verano pasado estuve allí 15 días. Y hoy (por ayer) me quedo en Trasvía, en casa de mi musa, la interiorista María Lladó.

¿Su musa es una mujer?

–María lo es todo para mí. El primer esmoquin de pitón que hice me lo encargó ella.

También ha hecho abrigos para ‘Los juegos del hambre’…

Sí. Se pusieron en contacto conmigo para encargarme 40 abrigos cuando vieron mi colección en una tienda de Nueva York.

¿Le gustaría vivir allí?

Preferiría irme a Tokio. Me encanta el mundo japonés.

¿Qué proyectos tiene entre manos?

Uno muy potente en Singapur, pero todavía no puedo desvelar nada; también me han encargado el vestuario de los trabajadores del Hotel ME de Madrid… Un no parar... ¡Pero feliz!

¿Cómo ha visto a los alumnos de Cesine?

Me he sentido muy reflejado en ellos porque estaban muy atentos y yo estaba así cuando estudiaba. Se nota que tienen ganas de aprender.

Si alguno le llamara la atención, ¿le ficharía?

Claro. De hecho, así lo hago.

¿Con un contrato en condiciones?

–Por supuesto. Yo me he comido todos los contratos basura que existen y eso yo no se lo voy a hacer a nadie.

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