
El palista español Ander Elosegui reacciona tras ver su resultado en la final de las pruebas de canotaje. / AFP
Fueron unos segundos de enorme emoción que terminaron con suspiros de tristeza. Solo quedaba un palista por salir en la final del slalom de aguas bravas y Ander Elosegi ocupaba el tercer puesto, por detrás del francés Toni Estanguet y del eslovaco Michal Martikan, los dioses de la modalidad, dos mitos que, desde los Juegos de Atlanta, se venían repartiendo las medallas de oro a partes iguales, dos cada uno hasta este martes. Estar junto a ellos era un honor comparable al que un militar sentiría si le colocaran en el escalón más bajo de un podio junto a Napoleón y el almirante Nelson. Algo parecido. El palista vasco observaba la pantalla gigante que tenía frente a él en el remanso que hace el canal de Lee Valley justo después de la línea de meta. Estaba solo en una esquina mientras el resto de los participantes charlaban a su aire, canoa junto a canoa. Él no tenía ganas de cháchara.
El guipuzcoano repasaba mentalmente su bajada, desde que salió cuando el reloj marcaba las 15,14 minutos y, como hace siempre en esos instantes de tensión extrema, justo antes del descenso, se dijo así mismo las viejas palabras: «Ahora es cuando lo tienes que hacer. Este es el momento». La bajada había sido limpia, aunque algo lenta. Le había servido para situarse primero en la clasificación, por delante de los tres rivales que habían salido antes que él -Maley, Jezek y Haneda-, pero no era, desde luego, la manga perfecta con la que Elosegi soñaba, los 250 metros limpios y rápidos que tenía en la cabeza.
Lo explicaría luego en la zona mixta, bajo la lluvia, que se había hecho esperar, contenida en unos nubarrones británicos, hasta que finalmente apareció como por inercia. «En el tramo del medio, en una puerta, he caído un poco bajo en el remonte y he perdido varios segundos vitales. Luego he conseguido acabar la bajada más o menos bien, pero, visto el tiempo, sabía que la medalla iba a ser muy difícil», comentó Elosegi, rodeado de un pelotón de periodistas desplazados al Lee Valley para contar una historia que no pudo ser, la de la primera medalla de España en Londres 2012.
La medalla estaba muy complicada, ciertamente. El tiempo del guipuzcoano, al que animaban varios familiares y amigos con sus ikurriñas, no había sido del todo bueno (102,61 segundos). Necesitaba de un error de Sideris Tasiadis para subir al podio. De lo contrario, debería conformarse con un nuevo cuarto puesto, siempre tan ingrato, como en Pekín. El alemán de origen griego había sido primero en las semifinales, era campeón de Europa y estaba en un gran momento de forma, pero tenía 22 años y debutaba en unos Juegos Olímpicos. Quizá le pudiera la presión. Quizá. Torres más altas habían caído. Es lo que le acababa de ocurrir al eslovaco Benjamín Savsek, tercero en las semifinales. Se había tragado una puerta y perdió todas sus opciones con la penalización. Y qué decir del británico David Florence, el ídolo local. Todo un número uno del ranking mundial y subcampeón olímpico en Pekín había hecho la pifia de su vida y no había podido meterse en la final, entre los ocho mejores, dejando al público que ocupaba las gradas portátiles del canal de Lee Valley con un disgusto de muerte. Cientos de espectadores, de hecho, ni se quedaron a esperar la final. Las banderas inglesas y la de la Union Jack desaparecieron como por ensalmo de las tribunas.
Resignación
Tasiadis arrancó con determinación y confianza. Vistos los tiempos, sabía que le bastaba con una buena bajada sin penalizaciones para estar en el podio. Pero había que hacerla. Elosegi observó atento las evoluciones de su rival. Por momentos, bajaba la vista, puede que con la esperanza de que fuera el público, con sus típicos lamentos, el que le informara de alguna posible penalización del campeón de Europa, de un simple toque a algunas de las 23 puertas por el que se le escaparan 2 segundos vitales. Porque tampoco era cuestión de esperar que el germano se hundiera, como le había ocurrido al japonés Haneda, o que se comiera alguna puerta, como había hecho Savsek unos segundos antes. Tasiadis, sin embargo, conservó la frialdad. Su bajada fue impecable, tanto que superó a Martikan y se quedó a un segundo de Toni Estanguet. El doble campeón olímpico en Sidney y Atenas se consagró con un tercer oro, una hazaña inédita en su modalidad.
La medalla, en fin, se volvió a escapar y al palista del Santiagotarrak le tocó resignarse. Era cuarto otra vez. El puesto más ingrato. Seguro que tuvo una sensación de ‘déja vu’ recordando lo que había sucedido cuatro años atrás. La distancia respecto a los tres primeros, sin embargo, había sido lo suficientemente grande como para aceptar la pena con deportividad. Estanquet le había sacado más de cinco segundos (97,06) y Tasiadis y Martikan más de cuatro (98.09 y 98.31, respectivamente). «Se han visto muchos fallos entre nosotros y los que han conseguido medalla son los que menos han cometido. Me voy con un mal sabor de boca. Un cuarto puesto no está mal, pero no era mi objetivo», comentó Elosegi, cuyo mayor consuelo, a sus 24 años, será pensar que tiene todo el futuro por delante. Ahí tiene el ejemplo de Estanquet, pletórico a sus 34 años, o de Martikan, tan voraz como siempre a los 33. Los mejores espejos en los que mirarse cuando quiera convencerse de que no está condenado a ser cuarto.