El hundimiento de Rita

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Rita Barberá. / Efe

  • En política, toda viga de acero es susceptible de quebrarse. La todopoderosa alcaldesa comenzó a romperse en febrero de 2015 con el discurso del ‘caloret’, que caricaturizaría su propio final. Así fue el final político que precedió a su muerte

Rita Barberá era, hasta aquella noche, la mujer todopoderosa de la política valenciana, una máquina de votos, rotunda, sonriente, decidida. Hasta la madre de la vicepresidenta del Gobierno quería que su hija fuera como ella. Era el non plus ultra de la política en Valencia. Formaba parte de esa remesa de mujeres alcaldesas decididas, espontáneas, poderosas y admiradas que alumbró con inesperado desparpajo la derecha española en la que figuraban Teófila Martínez y Yolanda Barcina. Hace solo dos años era dinamita, pero estaba a punto de convertirse en una suerte de monstruo final de un videojuego.

En política, cualquier viga de acero es susceptible de quebrarse. El hundimiento de Barberá, rematado con su trágica muerte esta mañana en un hotel de Madrid, comenzó esa noche del 23 de febrero. Se asomó al balcón para dar comienzo a las Fallas, el andamiaje folclórico que la sostenía, y emitió un discurso inconexo y plagado de errores. Se inventó esa noche una palabra, el ‘caloret’ que terminaría por titular la caricatura de su propio final.

Los políticos tienen a veces, extrañas maneras de caer. Rita saltó a su propio abismo con esa palabra, una anécdota que no lo fue tanto y que rompió la presa de los rencores, las desilusiones, las vergüenzas, los socavones en Valencia. De alguna manera marcó como una etiqueta el alud político y judicial que se cernía ya sobre ella. Desde esa noche, todo fue de mal en peor. Un par de meses después, la cosa se puso seria con Ritaleaks, una web que abrió Compromis con información de 298.000 euros en gastos municipales, muchos de ellos atribuidos a la alcaldesa, que resultaron escandalosos.

La cosa fue a peor cuando en plena campaña estalló el caso Imelsa que se llevó por delante a su concejala de Cultura María José Aldón y al presidente de la Diputación Valenciana, Alfonso Rus. Barberá, quizás conociendo la traca que se le venía encima, no había querido presentarse a las municipales, pero aceptó la petición de Génova y estaba caminando hacia su final político.

Valencia, que había sido el orgullo popular, estaba sumida en las deudas y sus obras faraónicas eran el símbolo de una España decidida a olvidar esa parte de sí misma. El 11 de mayo, esa tensión salió a la luz cuando se enzarzó en una discusión con una vecina en un mercado. El 24 de mayo, perdió la mitad de sus votos y obtuvo un concejal más que Compromis. La habían cazado. La ex alcaldesa intentó entonces que el derrumbe de su incólume figura política fuera controlado. Entregó su acta de concejal y la de diputada en las Cortes valencianas y se escondió en la última fila del Senado como senadora territorial, como si quisiera pasar desapercibida en el gallinero de la Cámara Alta, lejos de los focos y protegida por el aforamiento de su cargo.

Tampoco le funcionó. El Caso Taula investigaba a numerosos cargos del PP por blanqueo de capitales, entre ellos, muchos de sus concejales. El 14 de septiembre, un día después de que el Supremo abriera causa contra ella por blanqueo de capitales, cedió a las presiones de Génova y dejó el PP, aunque se aferró a su escaño de senadora. El primer día en el Grupo Mixto, le hicieron una fotografía aparentemente dormida en plena sesión. Quedaban dos meses para que declarara ante el juez, pero ya estaba hundida. Su muerte física por un trágico infarto, acompañaría a su muerte política.