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22 KILÓMETROS.

El Desfiladero es una garganta que discurre paralela al río Deva. / / FOTO: JOSÉ RAMOS

Una delgada línea de asfalto

  • Los pueblos cántabros de Lebeña, La Hermida y Urdón y los asturianos de Rumenes, Estragüeña y Puentellés dibujan el Desfiladero de La Hermida

"Llaman a esto garganta pero debería llamársele el esófago de La Hermida, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra". A finales del siglo XIX, Benito Pérez Galdós describió así la delgada línea de asfalto que desgarra los Picos de Europa para acercar la costa a Liébana. En sus veintidós kilómetros hay esparcidos una decena de pueblos, pero sólo seis están a pie de carretera: Puentellés, Estragüeña, Rumenes, Urdón, La Hermida y Lebeña. Asturias y Cantabria tienen el privilegio de compartir las curvas que zigzaguean paralelas al río Deva. Ni siquiera los lugareños quitan mérito a tan singular paraje.

Tres casas a la izquierda de la carretera y una a la derecha dan la bienvenida al que viene de Panes y pasa por el punto kilométrico 174 de la N-621. Este es el barrio de La Compuerta y pertenece a Colosía, un pueblo del municipio asturiano de Peñamellera Baja. Ningún cartel informativo. Nada que atestigüe que estas edificaciones pertenecen a una localidad. Para saberlo hay que buscarlo en un mapa.

Unos metros más adentro, nueve casas abandonadas dan fe de que un día hubo vida en Puentellés. De allí se sube a Rodriguero y a Bores. En Estragüeña el panorama no es más acogedor. Lo que queda de una cuadra permanece adosado a una roca y, el resto, son las ruinas de lo que un día fue una vivienda. Allí, lógicamente, tampoco vive nadie.

Pueblo fantasma

La carretera continúa por la sombra. En los meses de invierno hay zonas en las que no da el sol ni un sólo segundo al día. La temperatura no sube de los dos grados y las encinas se aferran de forma incomprensible a la caliza. Un par de kilómetros más adelante hay dos casas que, a primera vista, no pertenecen a ningún pueblo. Ni siquiera aparecen en los mapas. Todas las contraventanas están cerradas. Allí tampoco hay nadie. Algunas flores en la cuneta recuerdan que allí alguien perdió la vida.

El siguiente pueblo es Rumenes. Ningún vecino sale a abrir la puerta. Ni siquiera está Nerón, el perro de una caseta roja que hay en un jardín. Pero el aspecto de las fachadas es distinto. Sus dueños viven fuera pero volverán. «Empezarán a venir cuando haga bueno. En el Desfiladero, l sol deja de salir en noviembre, pero vuelve a hacerlo a finales de febrero», comenta un vecino de La Hermida. Desde Rumenes se sube a San Esteban y a Cuñaba.

Suelo cántabro

Unas cuantas curvas después se entra en Cantabria y se llega a Urdón, un punto históricamente crucial para el pueblo de Tresviso, ya que de allí parte una senda por la que bajaban los vecinos. Un cartel indica que, aproximadamente, se tarda tres horas en recorrer los casi seis kilómetros que distan desde el Desfiladero a Tresviso. El río Urdón vierte sus limpias y cristalinas aguas al Deva y, allí mismo, a pocos metros de la carretera, hay una central hidroeléctrica que bebe de la Cueva del Agua. Esta central se construyó en 1912 y, tras un incendio en los años cincuenta, fue reconstruida.

El Desfiladero continúa y una parada, casi obligatoria, es el mirador del Monumento al Salmón.

El rey del Deva

No hay ninguna placa que indique el motivo ni el año en que se colocó pero los vecinos dicen que lleva allí más de cuarenta años y que, en el Deva, el salmón es el rey. De excursión por la zona están Kepa y Nekane, dos vitorianos que han parado para estirar las piernas y hacerse una foto con el pez. «La zona es preciosa pero hace mucho frío», comentan.

Allí mismo, en el mirador, hay un pequeño refugio del Servicio Nacional de Pesca, donde los pescadores se dan cita en torno a una chimenea cuando se abre la veda. A lo largo del Desfiladero hay otras dos casetas destinadas a este mismo uso, una en Vega Dardes (más próxima a la entrada por Panes) y otra en Río Cicera (hacia Cillorigo).

Un poco más adelante y en las aguas del río están las popularmente conocidas 'Lágrimas de don Pelayo'. La leyenda cuenta que cuando los moros invadieron la zona, el rey lloró y que sus lágrimas rodaron hasta hacerse convertirse en tres grandes rocas que aplastaron a los invasores. Unos metros más allá, un cartel indica que comienza La Hermida y por tanto el municipio de Peñarrubia.

Vida, ¡por fin!

Las señales del margen de la carretera anuncian que cerca hay una farmacia y que, los días festivos, las misas se ofician a las doce del mediodía. El humo de las chimeneas delata que en este pueblo hay vida. Cualquiera que pase por allí se fijará en 'La Casuca', una pequeña edificación entre la carretera y el río, que tiene un azulejo de Nuestra Señora de Covadonga colgado sobre la puerta.

Varios bares, restaurantes y hostales aparecen salpicados en la calle principal. A la una salen los niños de clase. El alcalde de Peñarrubia, Secundino Caso, recuerda que «la escuela estuvo a punto de desaparecer hace unos cinco años porque no había escolares. Pero ya nos hemos recuperado. El año que viene entrarán más».

El balneario da mucha vida al pueblo. Su agua minero medicinal brota espontáneamente de tres manantiales a 60 grados, con un caudal de ocho litros por segundo y se definen fisicoquímicamente como aguas hipertermales clorurado-sódicas muy mineralizadas. Los que las prueban, repiten.

En la farmacia del pueblo los medicamentos que menos dispensa son los antidepresivos y los antialérgicos, mientras que los típicos para el reuma son los más vendidos.

Las reinas y las cabras

De La Hermida se sube, entre otros pueblos, a Bejes (municipio de Cillorigo) y a Linares, donde está el Ayuntamiento de Peñarrubia. Y un poco más arriba está el Mirador de Santa Catalina, desde el que se divisa una panorámica impresionante de Los Picos de Europa. Allí está Fernando, uno de los pocos cabreros que quedan en la zona. Acompañado por sus dos perros y con prismáticos en mano sube hasta allí a vigilar a sus cabras. Desde esta balconada es fácil ver águilas reales, buitres leonados, alimoches o quebrantahuesos. Si los salmones son los reyes de la zona, estas rapaces son las reinas.

Otra vez en El Desfiladero la carretera llega a Allende y a Lebeña, un pueblo de parada obligatoria para ver, entre otras cosas, su milenaria iglesia mozárabe. María Luisa García, la guía, espera a los turistas en la puerta y con una paciencia absoluta responde a todas las dudas de los curiosos y con todavía más entusiasmo repite una frase que una vez oyó: «Aquí quisieron hacer un joyero para guardar las cenizas de Santo Toribio pero hicieron una joya».

El cedro y el olivo

También cuenta la historia de los condes de Lebeña, Alfonso y Justa, y las leyendas en torno al cedro y al olivo que crecen a los pies del templo. «El pórtico es del siglo XVIII y la torre no tiene más de cien años. Lo que realmente tiene valor es el edificio. Es el mejor ejemplo del mozárabe del siglo X», cuenta con devoción. Hasta allí, llegan Ángel y Cristina junto a su hija. Son vecinos de Nestares y han pasado el día recorriendo la zona. María Luisa les cobra 4,5 euros (un euro y medio por persona) y comienza a hablarles de lo divino y de lo humano que encierra la iglesia y la Virgen de la Buena Leche. Las visitas, del 1 de julio al 15 de septiembre (excepto los lunes), de 10.00 a 13.30 y de 16.00 a 19.30 horas.

El Desfiladero termina. Acaban las curvas y las paredes calizas. En un lateral todavía quedan las huellas de lo que fue el camino por el que circularon las diligencias antes de que se hiciera la carretera a principio del siglo XX, y hay quien recuerda cómo, hace no muchos años, los niños del valle de Bedoya iban por ese sendero hasta la escuela de Lebeña. Desde allí, mirando hacia abajo, se dibuja perfectamente una delgada línea de asfalto que discurre paralela a los caprichos del Deva.