La alubia más multitudinaria

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/ Javier Rosendo

  • Casar de Periedo celebró ayer su tradicional feria, a la que se acercaron miles de personas a pesar de la lluvia

Cinco minutos antes de las doce de la mañana de ayer llovía en la Feria de la Alubia y la Hortaliza de Casar de Periedo. «Y llovía bien, porque ahora parece que ha parado, pero esta mañana me encontré el puesto, que vine a montarlo anoche, medio caído», explicaba María Aurora Fernández, tras un puesto de dulces (Confitería Las Quintas, en Santillana). La opinión generalizada entre los feriantes es que se notaba menos gente que el año pasado, un bajón que la mayoría atribuía al mal tiempo.«Es que llevan anunciando lluvias toda la semana», decía uno de ellos.Y sí, llovió, pero paró al mediodía, entre las doce y las dos, y entonces volvieron a formarse esos remolinos de gente entre los puestos de productos artesanos de la tierra. Y es que lo de Casar sale de dentro, de las entrañas del alma de los vecinos que lo organizan año a año. Y la feria, aunque suele llover, nunca desmerece. Ayer tampoco.

Asunción Maroto y su hermana María eran de las pocas que salían del tumulto tan pronto en dirección al coche.«Yo ya no sé si entro o salgo nena», con bolsas cargadas de alubias amarillas y aceite de Jaén. A lo lejos se escuchaba el sonido de las gaitas. «Bueno, por lo menos las alubias ya las tenemos», decía una mujer. «Sí y mira la ‘criuca’ con la toquilla», comentaba otra. Y se refería a la pequeña Sandra, que vendía alubias de Casar en el puesto más vintage de la feria, junto a su madre y su tía, Almudena Expósito y Raquel. Un puesto moderno en mitad de una recreación de la época de los años 40, con pelotas de ping pong moradas y saquitos de colores para las alubias. Es la primera vez que estas productoras de Casar participan en la feria. Querían hacer algo «original y diferente» y el puesto les ha quedado de lo más ‘chic’. Le acaban de vender alubias a unos argentinos y a otros mejicanos. Alubias directas a Cancún. A Sandra, la pequeña, no le gusta el cocido.«Bueno sí, el de su abuela se lo come».

Puestos y productos

Y sola, en otro puesto, estaba Felicitas González, sin muchas ventas, de momento, pero con varios elogios para esta feria, «la mejor de Cantabria», aseguraba, y vendía complementos hechos a mano. Hasta su puesto llegaba el olor a morcilla de la sartén de Carminín Vallines, un referente de la feria.La que se ocupa de hacer la morcilla y los boronos en directo, con sangre y todo. Por eso el puesto estaba repleto todo el rato. La sangre causa expectación.«Con lo que queda del arroz, hecho harina de maíz, harina blanca de trigo y especias, y luego sal, claro, para que la gente tenga sed y consuma». Esa es la receta del borono. Decía Carminín que a las seis de la mañana «parecía que se iba a caer el tejado del agua que caía». Pero a media mañana había escampado.Y allí estaba ella, sin parar, con albarcas y de negro, siendo la protagonista de la feria. «Es que no veas cómo lo hace ¿eh?», comentaban entre el público.

Estaba sabrosísimo el queso de Miguel Ángel Saiz, valluco de origen. Un veterano de la feria, que tiene mil ovejas y 600 cabras. Los quesos de oveja con varios meses de curación que muchos prueban y algunos compran. «Esta feria tiene mucho atractivo y año a año se consolida», decía. Y otro puesto, y otro y otro. Así todas las calles de Casar. Entre ellos, el de pastas artesanas Cantabrucas, regentado por Manuel Gómez y dos chicas. Nuevos en la feria y nuevos como productores. «Hemos venido a estrenar las pastas del Valle de Soba. Esta feria es alucinante y todo el mundo habla muy bien de ella».

Todo el mundo caminaba entre tomates, nueces de León –«qué ricas son», tal y como ponía en un cartel–, anchoas, panes, ajos, mieles... Y los productos esperaban lustrosos que alguno de los paseantes se fijase en ellos. «Claro que se fijan, y compran, porque saben que es un producto bueno elaborado de forma artesanal», comentaba Raúl Castañeda, que vendía «los mejores embutidos de la feria».

Hubo, como siempre, recreación de una escuela de los años 40, con los alumnos en los pupitres y un profesor estirado. Y las niñas llevaban coletas con lazos. Hubo música tradicional, talleres, chocolate, café y hasta un burro.

Además, este año, por primera vez, se nombró a la ‘Alubiera Mayor’, un reconocimiento que recayó en la atleta Ruth Beitia, campeona olímpica de salto de altura en los Juegos de Río de Janeiro.

En total, se repartieron más de 1.500 raciones de cocido. «El cocido siempre vuela». Y volvió a llover, pero solo algunos se marcharon y además, siguieron llegando más. Ayer quedó de nuevo demostrado que todo sale bien si las cosas se hacen bien y en la alubia de Casar saben ya cómo acertar.