Las farmacias que se acercan al vecino

Los clientes de las farmacias de Cabezón de la Sal valoran el consejo, la resolución de sus necesidades y el trato personalizado.
Los clientes de las farmacias de Cabezón de la Sal valoran el consejo, la resolución de sus necesidades y el trato personalizado. / Javier Rosendo
  • Las tres boticas de Cabezón de la Sal son indispensables para los ciudadanos del municipio, quienes reciben un trato amable y personal

El padre de Gabriel Pulgar (Gabi), que es el farmacéutico más veterano de Cabezón de la Sal, se llamaba Pedro y también era un farmacéutico hijo de otro boticario. Los hijos de Gabriel Pulgar, Gabriel Guy Pulgar Le Rumeur y Jacobo Pulgar Le Rumeur, también son farmacéuticos. Parece una historia de gabrieles y familia, pero es una historia de farmacias. El que quizá más sabe de de este negocio en el municipio de Cabezón sea él, Gabi, este hombremayor, cuyo pelo blanco parece una montaña de nieve, que es propietario de la farmacia Pulgar-Baraja y en la que también trabaja uno de sus hijos, Jacobo Pulgar Le Rumeur. El otro hijo, Gabriel, además del nombre, tiene en común con su padre también la profesión, ya que es propietario de la farmacia Pulgar Le Rumeur, o la de arriba, como se ha conocido siempre, porque la de Gabriel padre está el principio de la calle y la de Gabriel hijo al final.

Fuera de este galimatías de nombres propios, está la tercera farmacia del municipio, la de Isabel Ordóñez, unas cuantas calles más arriba, en el barrio del Concejero, cerca del centro de salud. Como la aguja que marca las doce, las tres farmacias de Cabezón se sitúan en línea recta una detrás de otra, o delante, según como se mire, y surten a los vecinos del municipio de medicamentos. Su labor, es por tanto, esencial.

A Gabi le gusta hablar de lo suyo y de cómo ha cambiado desde que su padre empezara en el negocio hace muchos años, «porque estamos hablando del año 1930». Cuando su padre murió, a Gabi le tocó hacerse cargo del negocio. Le tocó, no lo eligió, pero le gustó. «Era otra época. Otro mundo. Yo me veía obligado a estudiar esto y quizá no me apetecía mucho, pero mi padre había muerto. He sido feliz trabajando aquí. En la farmacia tienes mucho contacto con las personas. Hay que saber tratar a la gente y hacerte amigo del personal, conocer su manera de ser. He trabajado con gusto y me ha funcionado bien la farmacia. He sido boticario del pueblo. Mis clientes eran mis amigos y venían a tomar un café. Ahora vienen y me dan el coñazo y otro día se lo doy yo a ellos. Se me pasaba el tiempo y no lo veía como un problema, porque en una farmacia estás muy atado, eso también es verdad. No cierras nunca». Sus hijos le escuchan y le dan su espacio. Jacobo, parsimonioso y agradable, dice que «esta profesión tiene esa cosa de que conectas con la gente y les ayudas, y al final te cogen cariño. Luego somos como la parroquia, y todo el mundo viene a preguntarte todo». «Sí, pero ha cambiado», replica su padre. «Sigue quedando el buen trato con la gente, pero la receta eletrónica ha cambiado las cosas. Le puedes decir al cliente qué guapo estás, pero ya no es lo que era. Eso se ha perdido».

También es un poco hacer de educadores. «Sí, porque el desconocimiento hace que la gente cometa errores. Le explicas a los clientes que en vez de tomar tres omeoprazoles de golpe, con uno es suficiente». «Pero es reconfortante», matiza Gabriel hijo. También se ha incrementado mucho el número de medicamentos que existen. En la farmacia Pulgar tienen 20.000 referencias, «de las cuales dos mil se venden mucho y el resto menos, pero tienes que tenerlas por si te las piden».

«Tomar de antes una medicina era más sencillo», relata Gabi. «Ahora hay que ser muy estricto con las horas y los medicamentos han mejorado muchísimo, pero también exigen más.Se curan cosas que de antes no se curaban. Mucha gente mayor ahora toma ocho medicinas, y eso antes era imposible. También ahora se viven más años y eso, en parte, es gracias a la medicina». Y en estos tiempos se soporta menos el dolor. «La gente se bebe cuatro copas por la noche y al día siguiente se toma un paracetamol. Antes uno se aguantaba», comentan.

Con respecto a las alarmas que se publican sobre determinados medicamentos, «eso es desinformación y suelen ser infundadas». De hecho, aseguran, «si hay alarmas nos enteramos los priimeros y retiramos los lotes antes de que nadie se entere». Si hay alguna palabra mal escrita en el prospecto de algún medicamento, «en seguida nos hacen retirarlo». Con la crisis, «se ha parado un poco la investigación y no hay tantos medicamentos nuevos», señala Gabriel hijo. Aun así, ellos están en formación constante acudiendo a cursos y poniéndose al día.

Es un trabajo a tiempo completo y los propietarios de las tres farmacias de Cabezón han llegado a un acuerdo para que haya una farmacia abierta todos los días del año, en horario de nueve de la mañana a diez de la noche. Isabel Ordoñez, propietaria de la farmacia del barrio El Concejero, habla también del «coste personal y familiar» que supone la realización de guardias nocturnas y en días festivos, pero en todo caso, se siente, afirma, «agradecida». Normalmente, asegura, «la gente suele ser muy expresiva a la hora de mostrar su satisfacción cuando recibe un trato adecuado o cuando percibe un verdadero interés por nuestra parte para resolverle un determinado problema. Realmente, ellos son la razón de ser de nuestro trabajo». En este punto todos están de acuerdo: «la gente lo que más valora es el consejo, la atención, ser resolutivo y que les escuches. Hay que usar el sentido común y cuando te preguntan por algo que no sabes, buscarlo y tratar de resolverles la duda», concluye Gabi.

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