La guerra como hecho cotidiano

Los soportales de la Plaza de Pombo se pertrecharon con sacos terreros como refugio frente a los bombardeos
Los soportales de la Plaza de Pombo se pertrecharon con sacos terreros como refugio frente a los bombardeos / DM .
  • El asedio de las tropas de Franco a la Cantabria republicana se prolongó durante 13 meses

Entre los cientos de santanderinos que tomaron la calle el 28 de agosto de 1937 para recibir con vítores a las tropas franquistas, se encontraban los partidarios de la dictadura, los republicanos, los comunistas... Había niños, madres, abuelos... "La resistencia del Gobierno de izquierdas en Cantabria durante el asedio franquista se hizo muy larga. Esos 13 meses de miedo a los bombardeos, el hambre y las enfermedades minaron tanto a la población que a la gente terminó por no importarle la política; sólo quería volver a la vida normal que tenía antes del golpe del 18 de julio del 36".

Primero los grandes edificios se pertrecharon frente al terror que llegaba del cielo. Los sacos terreros convirtieron en fortalezas edificios como el de Correos o el del Banco de España. En la imagen que ilustra este reportaje, los soportales de la Plaza de Pombo demuestran la normalidad con que la guerra se instaló en la vida cotidiana. "La gente estaba prevenida. No se sabía cuando llegaría un ataque y hubo que acostumbrarse a convivir con el miedo", ilustra el historiador y escritor Jesús Gutiérrez Flores. La rutina de lo cotidiano se rompió para cambiar a una situación social de crisis que al final de la resistencia cántabra ya era insostenible.

El testimonio del escritor e historiador Miguel Ángel Solla sirve para rescatar aquel tiempo de racionamiento alimentario, hambre, estraperlo, de prensa anulada o de revolución obrera en las fábricas. "Muchas cosas cambiaron. La vida dio un vuelco absoluto y no precisamente para bien. Se sufrió mucho, como ocurre con cualquier guerra. Aunque desgraciadamente no queda mucha documentación, sí que se han podido rescatar testimonios, y algunos son desoladores", explica el experto.

Lo peor fue el hambre. Las colas de racionamiento se normalizaron por toda la región y en Santander la situación de dificultad fue más acusada. La región permaneció sitiada por tierra y por mar durante más de un año. Los recursos eran limitados y la continua llegada de refugiados de las regiones limítrofes –cerca de 150.000 vascos se apilaron en la capital cántabra tras la caída de Bilbao en junio de 1937–, puso las cosas aún más complicadas.

La cartilla de alimentos de las primeras semanas de contienda fue la más generosa. Después, la ristra de productos vetados fue creciendo. "Una de aquellas primeras papeletas establecía un límite de 250 gramos de patatas por persona y día, 80 de azúcar, una onza de chocolate, los lunes y viernes. De aceite, se reducía a una ración de 150 gramos por persona y semana; 300 gramos de garbanzos al día, 50 de tocino y media pastilla de jabón a la semana", relata Solla.

Las enfermedades

Un menú así fue el caldo de cultivo para las enfermedades. Suerte que el mercado negro se mantuvo vivo. "La carne o los huevos eran productos desaparecidos. Nadie optaba a conseguirlos salvo en el estraperlo, y también ahí era muy complicado".

En las zonas rurales funcionó la picaresca. Los propietarios del ganado lo escondían y la oportunidad del comercio ilegal de carne, huevos y leche animó a muchos a hacer buenas ganancias con la nueva coyuntura. "El pan era lo peor. Se elaboraba con harinas de dudosa procedencia. Hay protestas formales de quienes se quejaban del serrín con el que engordaba la masa. Los problemas de estómago eran recurrentes", narra Solla. Pero lo peor de todo es que a veces ni siquiera el dinero daba acceso al mercado ilegal.

La gente aguardaba horas en las colas de racionamiento de Reinosa, en pleno asedio franquista

La gente aguardaba horas en las colas de racionamiento de Reinosa, en pleno asedio franquista / DM .

"La gente hacía acopio de moneda. La escondían, la enterraban en los jardines. Todavía hoy se encuentra alguna", señala Miguel Ángel Solla. Toda esa manipulación de la economía generó trastornos al restringir los medios de intercambio y para resolver el problema, además de las órdenes para atajar el acaparamiento, se crearon los pagarés con valor monetario, pero su emisión sin control alimentó una inflación galopante que solo hizo engordar el problema.

En los núcleos industriales, el control de las factorías pasó de manos. Luego llegó la huida y detención de directores, gerentes o propietarios. Surgió el Control Obrero, que asumió todas las facultades de dirección bajo la autoridad superior del Delegado de Gobierno. Las medidas se encaminaron a mantener la producción al máximo, pero la falta de materia prima hundió el rendimiento en muchos casos.

El desabastecimiento fue el mayor de los problemas del entonces presidente de la Diputación Provincial de Santander Juan Ruiz Olazarán. Porque la sostenibilidad de la producción se truncó también por la ausencia de mano de obra en el campo. "La república llegó a tener movilizados a más de 30.000 soldados", narra Solla. "Las mujeres fueron con todas las palabras, las verdaderas amas de casa. A los hombres se les daba permiso para volver a su hogar durante unos días para que pudieran atender la huerta o hacer la hierba".

Periódicos censurados

El férreo control de la propaganda y la prensa buscó mantener los ánimos de una población desolada en lo físico y en lo ideológico. Los cuatro periódicos diarios –El Cantábrico, la Región, El Diario Montañés y La Voz de Cantabria– fueron incautados por el Frente Popular. El semanario Nueva Ruta, dirigido por el joven Eulalio Ferrer, así como un grupo de publicaciones periódicas lanzadas por los partidos de izquierda, contribuyeron de una forma muy activa al fomento y difusión de la actividad docente y cultural, mediante la publicaciones de colaboraciones literarias, poéticas y artísticas", relata el escritor José Ramón Saiz Viadero. En el Santander del verano del 1937 solo se pudo leer un periódico ‘República’, creado por el Consejo Interprovincial de Santander, Palencia y Burgos en 1937 como cabecera única regional. Desapareció pocas semanas después, con el ejército franquista a las puertas de la ciudad.

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