Las cicatrices de Adrianne Lenker

Adrianne Lenker.

Adrianne Lenker. / SHERVIN LAINEZ

  • Nació en una comuna religiosa e iba para estrella infantil del pop, pero supo dar un giro a su carrera. Big Thief, el cuarteto en el que canta y toca la guitarra, deslumbró el año pasado con su debut y lanza ahora el segundo álbum

Adrianne Lenker tuvo una infancia poco convencional, que todavía hoy, a los 25 años, sigue analizando y desmenuzando a través de sus canciones. Según repasó recientemente en una entrevista con Pitchfork, vino al mundo en el seno de una especie de secta o comuna religiosa, en Indianápolis, y vivió allí hasta los 4 años, cuando su familia abandonó el colectivo y emprendió una vida nómada a bordo de una furgoneta azul. Cuando tenía 5 años, un enorme clavo caído de una caseta construida en un árbol la golpeó en la cabeza y estuvo a punto de matarla. En las rutas con sus padres por Estados Unidos, residió en catorce casas distintas antes de cumplir los 8 años, en una itinerancia que incluyó experiencias tan singulares como la de asumir durante un tiempo el modo de vida ‘amish’ de unas anfitrionas. Los Lenker también llegaron a establecerse en un autobús, después de que su padre creyese recibir instrucciones divinas en ese sentido.

Y, en paralelo a todo eso, estaba siempre la música. El padre, además de establecer contacto directo con el más allá, era un cantautor que tocaba la guitarra y el piano y se entregaba a sesiones extenuantes de composición, poseído por febriles arranques creativos, así que Adrianne se acostumbró desde muy pequeña a la idea de hacer música. Todavía recuerda la primera vez que cogió una guitarra, a los 6 años, durante un viaje con su padre. Con 8 escribió su primera canción, en la que manifestaba su enfado con el mundo. Con 12 ya estaba tocando en bares, y entre los 13 y los 16 publicó dos álbumes acompañada por músicos de sesión adultos: «Estaba en el camino de convertirme en una estrella infantil del pop, esa era la meta», recordaba en Pitchfork.

Big Thief - ‘Shark Smile’

Pero, a partir de ese momento, Adrianne tomó las riendas de su biografía y su carrera: se rapó el pelo, se aficionó a cantautores a corazón abierto como Elliott Smith y consiguió una beca para un curso de verano en Berklee, la prestigiosa escuela de música, donde perfeccionó su dominio de la guitarra. Aquel proyecto de llegar a ídolo adolescente se frustró inevitablemente, pero Adrianne tardó muy poco en aliarse con el guitarrista texano Buck Meek y sentar las bases de Big Thief, el cuarteto con el que editó uno de los discos más impresionantes de 2016. A través de ‘Masterpiece’ -y, muy especialmente, de la deslumbrante canción que le daba título- el mundo descubrió a una creadora capaz de convertir su propia vida en excepcional materia artística: «En el disco no hay nada en absoluto que sea ficticio», ha admitido la cantante y guitarrista, que suele incluir en sus letras a personajes de su entorno, citándolos por su nombre propio. Sus canciones suenan como piezas de orfebrería artesanal, imbuidas de espíritu folk pero sin ninguno de los clichés del género, repletas de hallazgos en el juego de las voces y las guitarras.

Las cicatrices de Adrianne Lenker
/ SHERVIN LAINEZ

Nieve, arces y conejos

Big Thief, que tienen su base de operaciones en el barrio neoyorquino de Brooklyn, editan la semana que viene su segundo álbum, ‘Capacity’. El éxito del primero no ha supuesto ninguna presión, por la sencilla razón de que ya lo tenían grabado de antes. Adrianne es una ardiente defensora de registrar sus canciones en caliente, sin dar tiempo a que la revisión y la reflexión les arrebaten ese chispazo cegador que las acompaña al nacer. Para ‘Capacity’, Adrienne, Buck, el bajista Max Oleartchik y el batería James Krivchenia se encerraron durante un mes en un estudio situado en una granja: estaban en lo más crudo del invierno, cercados por la nieve, y sus actividades se reducían a grabar las canciones que iban surgiendo, recoger agua de arce directamente de los árboles y dar de comer a las ovejas, los pollos y los conejos de angora. «En este álbum hay una oscuridad más oscura y una luz más luminosa. Las canciones buscan un nivel más profundo de autoaceptación», ha resumido la líder del cuarteto, que de nuevo consagra su obra a explorar su vida y las cicatrices que le ha ido dejando.

La primera de todas, aquella del clavo, visible todavía en el lado derecho de su cabeza: ‘Mythological Beauty’, uno de los adelantos del álbum, revisita aquel momento de su infancia desde el punto de vista de su madre. Otro de los temas que se han difundido, ‘Shark Smile’, cuenta la historia de un accidente de tráfico en el que una persona muere y la otra no, mientras que el tercero, ‘Mary’, plantea un retorno a la casa de sus abuelos, el lugar de referencia de su niñez desarraigada. Todas comparten una clara obsesión por la manera en que la vida desarregla y golpea a los seres humanos, y cómo nos vamos regenerando con esfuerzo para ofrecerle de nuevo nuestra cara más vulnerable. Esa naturaleza frágil tiene mucho que ver con la relación que Adrianne Lenker mantiene con la música: «Me siento como si necesitara sentarme todos los días con mi guitarra -ha declarado a ‘The Music’-. Es un método para sobrevivir. No hago música porque quiera hacer música, o para construirme una carrera: es solo la manera en la que lidio con la vida. Es una medicina».

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