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Domingo, 8 de enero de 2006
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OPINIÓN
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La deslealtad nacionalista
Veintiocho años después de aprobada la Constitución Española y tras veinticinco de desarrollo y consolidación del 'estado de las autonomías', el debate sobre la reforma del Estatuto de Cataluña nos retrotrae a los orígenes. Tal parece que ese cuarto de siglo de nada haya servido y que el 'problema catalán' -y por consiguiente el vasco- siga sin solución. Es más, los nacionalistas transmiten su desasosiego que tiñe de incertidumbre la política española.

¿Cómo es posible que la concesión de un estatuto tan amplio como el catalán o el vasco no colmen las aspiraciones de quienes legítimamente desean disponer de una importante capacidad de autogobierno?. La respuesta a esta pregunta es la clave para entender por qué en España el proceso autonómico es una cuestión eternamente abierta, un debate que emponzoña la política nacional y un trabajo digno de Sísifo. Y es que para comprender la razón del permanente estado reivindicativo de catalanes y vascos (entendiendo el todo por la parte en esta sinécdoque maléfica) es fundamental tener presente que el proceso negociador queda viciado por la falta de lealtad de los nacionalistas hacia España, un defecto que pervierte hasta el propio significado de las palabras.

Esa deslealtad -y otros factores- es la que impide un acuerdo definitivo, porque cuando los nacionalistas firman un documento para ampliar sus cotas de autogobierno, ya piensan en la forma de eludirlo en el futuro y de transformarlo en cuanto se presente la ocasión. El profesor y académico Eduardo García de Enterría analiza, con precisión y rigor, este fenómeno en su libro, de reciente publicación, 'Manuel Azaña. Sobre la autonomía política de Cataluña' (1) en el cual estudia con detalle el proceso de la proclamación de la autonomía de Cataluña durante la II República y su posterior devenir en plena guerra civil.

Azaña define claramente que la Constitución es el soporte del 'Estatut' y que además, el texto de la misma se debe entender de forma global tanto en la letra como en el espíritu. Para quien fuera presidente de la República la actuación de los nacionalistas y del gobierno de la Generalitat, desde 1931 hasta 1939, supuso un desengaño y la constatación de una forma de actuar profundamente egoísta y sin ninguna visión nacional de la situación.

El debate sobre el nuevo 'Estatut' que ahora ocupa una buena parte de la atención pública, no supone una novedad absoluta. Lo sucedido en los años convulsos de la II República es un precedente que tiene plena validez y que nos debe servir para interpretar correctamente lo que sucede.

El estudio que realiza García de Enterría sobre los discursos y las memorias de Manuel Azaña (1880-1940) es, además de brillante, sumamente actual. El catedrático cántabro de Derecho Administrativo resume muy bien el desencanto de Azaña, que creyó firmemente en la necesidad de otorgar la autonomía a Cataluña y su amargura final. «Conviene tener presente este entusiasmo final, nada fingido, -escribe García de Enterría en referencia a la posición inicial de Azaña respecto al 'Estatut'- para comprender la terrible frustración que Azaña sentirá cuando compruebe, ya en la guerra civil, y sobre todo en su trágico final, la deslealtad profunda con que, en su sentir, Cataluña (como el País Vasco) habían respondido a la generosidad de los republicanos españoles...»,

La historia se repite. Por esa razón treinta años después de la muerte de Franco y pasados cinco lustros de la transición y la promulgación del 'estado de las autonomías', los nacionalistas vascos y catalanes persisten en mantener abierto un frente que desgasta la estabilidad de España y que socava incluso los principios mismos de la solidaridad y el diálogo.

No se trata, en esta negociación sobre la aprobación de un nuevo 'Estatut', de si se otorga a Cataluña esa u otra competencia, de si recaudarán el sesenta o el ochenta por ciento de determinados impuestos. Limitarse a ese debate y a ese análisis será, me temo, equivocado. Lo fundamental es asimilar que los nacionalistas abordan esta reforma como un paso más hacía su independencia y que no serán leales a España, porque uno de los componentes esenciales del nacionalismo es su enfrentamiento con España. Sin la confrontación y sin el imaginario de la 'opresión española', partidos como CiU, PNV y ERC perderían fuerza y votos. Incluso en esa circunstancia peligra su propia identidad... su existencia.

El debate sobre los límites entre el Gobierno Central y los ejecutivos regionales no llegará a cerrarse nunca, porque a los líderes nacionalistas no les interesa zanjar la cuestión que les otorga la posibilidad de una constante reivindicación y de sostener eternamente la pugna con 'Madrid'. Internalizar este planteamiento es esencial para abordar el problema autonómico. La deslealtad es precisamente el factor que impide resolver el problema. En países de corte federal,como los propios Estados Unidos o Alemania, existe un acuerdo básico que es la lealtad de los estados o los 'landers' respecto a la nación. Desde ese acuerdo básico es posible negociar y descentralizar, pero cuando no se cuenta con el sustento esencial de la lealtad todo resulta estéril y desesperanzador. Las reflexiones de Azaña en el 'Cuaderno de la Pobleta' son fulgurantes y plenamente actuales.





(1) Editorial Tecnos; colección Clásicos

del Pensamiento. Madrid 2005. 244 páginas. El obstáculo que impide cerrar el proceso de asentamiento de las autonomías no es otro que la deslealtad de los nacionalistas que impide una negociación sobre bases sólidas y duraderas



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