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Jueves, 12 de enero de 2006
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Cantabria / SANTANDER
SANTANDER
Navidad acabó, el besugo baja
En la plaza de la Esperanza había ayer mucho pescado procedente de puertos gallegos, vascos y asturianos y resignación por los precios de venta
PUESTOS. El mercado estaba ayer bien surtido de bocartes y sardinas. /SE QUINTANA
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PRECIOS DE AYER
Salmonete: 8,50 euros

Merluza: 12,50 euros

Abadejo: 12,40 euros.

Pescadilla: 13,80 euros.

Fanecas: 5,90 euros

Calamar: 10,80 euros

Chicharros: 8,90 euros

Salmón: 9 euros,

Bocartes: 10,50-7,50 euros

Sardinas: 4,90 euros

Besugos: 23-12,40 euros

Jargos: 12,40 euros

Lirios: 4,50 euros

Palometas: 5,90 euros

Sardas: 5,50 euros
Un paseo por los puestos de venta del mercado de pescado de la plaza de La Esperanza da para muchos razonamientos. El besugo, uno de los platos fuertes de la Nochebuena, se cotizaba ayer en algunos puestos a 12,40 euros, un precio cuatro veces inferior al que tenía en Navidades. Los vendedores estaban animados porque tenían surtido y los consumidores hacían equilibrios mentales (es decir, traducían los euros a pesetas) para llevarse a casa aquellas especies que no causaran estragos a su presupuesto.

A José Ramón Rivas Muriedas los precios del pescado le parecían «desorbitados». Había acudido a por un besugo en compañía de su madre aprovechando que está de vacaciones. Trabaja en Canarias de cocinero y desconocía que los pescaderos deben proveerse en otros puertos del Norte de España, porque los barcos de altura no entran a la Lonja de Santander y por lo tanto ese sobrecoste afecta al consumidor. De muy distinto modo pensaba un profesor de autoescuela ya jubilado, Juan Palet, que afirmaba tajante: «El pescado fresco es siempre barato», aludiendo al alto precio que pagan los hombres de la mar al ir a faenar. Este santanderino cuyo abuelo era catalán tenía intención de comprar un chicharro para asar y confía que «con el euro es horroroso lo que se ha encarecido la vida».

Animación

Los pescaderos están animados. Tienen clientes dispuestos a comprar. Asun se ha traído de la lonja de Burela un mero de 35 kilos cuya cabeza muestra orgullosa. Su respuesta a cómo van las cosas no se hace esperar echando mano de un refrán: «Después de la tormenta, viene la calma. Ya los barcos se han ido a la mar. Hay un poco más de surtido, porque hubo días que estuvimos a medio gas». Una astillerense, Isabel Salamanca, aprovecha su visita semanal a la plaza de pescado para llevarse unas sardinas que le aseguran proceden del Cantábrico. «El mercado algo carito está. Pero aquí hay buena calidad y eso hay que pagarlo. El mero bajó 20 euros respecto a Navidad».

Caneiro lleva 20 años vendiendo pescado. Recuerda que cuando empezó el kilo de locha por estas fechas costaba unas 200 pesetas. Ayer ese mismo pescado 2,60 euros (casi 433 pesetas). Sentencia que «una pescadería sin lirios es como una floristería sin flores». Son los pensionistas los mayores compradores de ese pescado blanco, porque «a los abuelos un lirio rebozado les hace plato». Según Caneiro, las rebajas de los comercios del centro de Santander les benefician ya que a su rebufo la gente acude también a la plaza aprovechando el desplazamiento.

Bocartes

«Está todo carísimo. Los bocartes tienen una pinta muy buena y lo mismo el cachón que da más de si, pero dejas 20 euros casi sin darte cuenta y sólo te da para una cena», precisa Carmen Salas, una trabajadora de la Administración.

En uno de los puestos de venta se detalla que los bocartes grandes proceden de Galicia y los medianos de Tarragona. La plaza es como una gran clase de geografía, con pescados procedentes de todo el mundo.

El paseo ofrece la forma de aprovechar la palometa y de saber que como los precios echan lumbre y la gente está concienciada de que hay que comer pescado porque es un alimento beneficioso para el corazón tiran del chicharro los que antes comían merluza o doradas y esa demanda hace que su precio suba como la espuma.

Plato económico

Un consuelo para los que no pueden soñar con besugos o lubinas de anzuelo: «La palometa es nutritiva y hace un buen segundo plato. Se puede poner al horno y también es rica frita con ajo y perejil. Se puede filetear y empanar o servir con salsa verde o hacer albóndigas» asegura Mariuca Calvo, de pescadería Incera. Su abuela estrenó el puesto en la plaza y ella tomó el testigo de su madre hace 18 años. Ahora tiene 36 y sonríe amable a sus compradores.

Dos veces a la semana se lleva merluza y chicharros Maribel Fernández. En su casa con ella son cinco bocas. «El pescado está muy caro, pero hay que variar la dieta, no puedes estar toda la semana alimentandote de carne y pollo. Esto del comer no tiene remedio».

Otra mujer, profesional del Derecho, Pilar Iglesias, madre de dos niños, rechaza hablar de la cuesta de enero mientras compra bocartes. «No creo en ella, el que se organiza sabe lo que puede gastar cada mes».

Por las pescaderías de La Esperanza no sólo pasan amas y amos de casa, profesionales de hostelería y pensionistas. Hay también quien pasea por darse el gustazo de disfrutar de ese ambiente que evoca la mar, el salitre, el sol, los temporales y las galernas.



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