Soy un sacerdote cántabro. Vivo en Sucre-Bolivia desde agosto de 2004. Trabajo como misionero en un Instituto Secular que nació en Santander y lleva cuarenta y cinco años de intenso trabajo en este país. Me siento acogido y querido por muchas buenas gentes, sobre todo jóvenes y familias muy pobres, que se educan a la sombra del Instituto y a quienes me he ido acercando para ayudar y aprender. Con igual cariño me han admitido los 'padrecitos' del clero de esa arquidiócesis, tan distinta en costumbres y vivencias a la de Santander.
Permítanme los lectores estas palabras sobre la situación general del país andino, válidas también para las difíciles circunstancias de convivencia que atraviesa nuestro país. En estos momentos duros en que todos intentamos construir un futuro para Bolivia, la realidad social alterna el entusiasmo y deseo de progreso con la rivalidad y el desencuentro. Mejorar las condiciones de vida de muchos bolivianos que viven en la pobreza y desprotección marca nuestros caminos a recorrer, desde la mutua cooperación, respeto y rechazo de cualquier violencia o imposición. El clima enrarecido de una convivencia 'tensionada' y los protagonismos estériles dan al traste con las buenas ideas y objetivos que las diferentes instancias políticas, religiosas y sociales nos plantean. A veces parecemos a esos niños inquietos que en el parque son incapaces de jugar a las 'pepas' (las canicas en boliviano) y que enseguida ceden al enojo y la pelea.
En Bolivia hablamos mucho de revolución. Manoseada palabra usada desde diferentes ámbitos. Como si en ella nos fuera el destino y la felicidad. Dura palabra que a lo largo de los siglos aún no ha conseguido convertir este bello planeta azul en un lugar habitable, en especial para los más pobres y olvidados. No ignoro, por supuesto, el desarrollo conseguido por las sociedades democráticas y los adelantos y avances gracias al trabajo del hombre, en un encomiable esfuerzo de generaciones. Sin embargo, no nos sentimos satisfechos y la infelicidad se acumula en muchos rostros. En Bolivia, como en España, si el bienestar y la serenidad no son patrimonio compartido, entonces algo falla. ¿Han fallado las revoluciones que se han ido sucediendo en la historia de la humanidad? Cada una de ellas dejó su aportación positiva para el buen caminar de esa humanidad.
Desde la Fe que inspira mi vida reconozco que la realidad que rodea al ser humano es limitada. Su plenitud no está aquí. El Reino se nos dará un día. Hoy nos toca trabajar, construir, convertir en bueno lo que hace sufrir al ser humano, consolar a los oprimidos y remediar tanto horror, sabiendo que nunca lo conseguiremos al cien por cien. No creo en una revolución que pretenda salvarnos de todo mal y desgracia. Nuestras manos albergan los deseos de bondad y las intuiciones más nobles junto con la injusticia, los errores, y la intolerancia. Somos así.
Durante la campaña electoral boliviana, previa a las elecciones del pasado 18 de diciembre, se oían y leían mil comentarios a propósito de los programas e intenciones de los diferentes candidatos. Unos recriminaban los años desaprovechados en la educación, promoción y desarrollo de una mayoritaria parte del pueblo. Decían que somos el país más pobre de América Latina. Otros criticaron las aventuras populistas que -decían también- quieren poner todo cabeza abajo. Me pregunto dónde estará el punto de encuentro, la coincidencia fecunda, el interés común, la buena voluntad que nos haga trabajar unidos en una misma dirección. ¿Dónde estará el rechazo claro y frontal a la violencia, a cualquier tipo de violencia?
Sólo creo en la revolución del corazón. En ésa que nace desde dentro y va transformando a la persona y lo que le rodea. Creo en ese empeño diario que nos planteamos los seres humanos cuando descubrimos que debemos cambiar muchas actitudes que vivimos y que nos despersonalizan: la mentira en sinceridad, la corrupción en honradez, la presunción en humildad, la 'flojera' -como dicen en Bolivia- en trabajo, el buscar resultados rápidos en constancia y tesón...
Cuando cada jornada me asomo al alma de niños, jóvenes y familias, a su misterio, soy testigo de pequeños progresos, de sencillos gestos de amistad, de compromisos tímidos y a la vez firmes con la paz y la justicia. Con paciencia, sacrificio y buen humor, los educadores y misioneros vamos consiguiendo, poco a poco, que surja de lo profundo de nuestros chicos una personalidad madura y equilibrada que les puede ayudar a cambiar algo de su entorno cuando sean adultos.
Si no conseguimos personas así todos los proyectos, mensajes y promesas sociales serán vanos. Es en esa revolución callada y frágil en la que sí creo. Sólo ella transformará el mundo. Hoy nos toca trabajar, construir, convertir en bueno lo que hace sufrir al ser humano, consolar a los oprimidos y remediar tanto horror, sabiendo que nunca los conseguiremos al cien por cien