Dicen que los cántabros hablan cantando. Inés Fu, Daniela Aiyu, Cristina Xiao y Cecilia Haixiu, también. La primera, a sus cuatro años, declara sin pensárselo «soy española china», y señala con orgullo su pelo negro como signo distintivo de su procedencia. Nada más que algunos rasgos físicos la diferencian de sus hermanas Marta y Alicia, con los ojos más grandes que la pequeña de la casa, con la que comparten habitación, juegos, peleas, misas de domingo y clases de chino como quien opta por el inglés o las artes marciales. Este año Inés fue el niño Jesús en la obra de teatro de su colegio; Cecilia, de año y medio, habla por los codos en la guardería; las hermanas Cristina y Daniela crecen felices en Cantabria...
«No hay hijos a la medida de los padres, son los niños los que necesitan padres a su medida para no ser discriminados y rechazados por la sociedad que ya les discriminó y rechazó al nacer». Es una verdad, rotunda como un puño, convertida en el lema de la Asociación Nacional en Defensa del Niño (Andeni), que en Cantabria se dedica a regalar respuestas a los padres que desean adoptar en China, el país «más claro, legal y transparente» para emprender una adopción internacional, según el presidente, Severiano Juárez. Desde que el colectivo echó a andar en el año 2000, ya han sido adoptadas por familias cántabras casi 150 niñas chinas, y un niño que vive en Castro Urdiales, una cifra que no deja de subir en lo que ya denominan «el 'baby boom' de la adopción». La aplastante mayoría femenina responde a la ley del hijo único, y el abandono de varones es casi anecdótico y absorbido por el propio país.
En el último año ya se han enviado unas 70 solicitudes más, largos embarazos llenos de burocráticos papeles que los candidatos a padres perciben como cartas de amor.
Paso a paso
Certificado de idoneidad con su valoración psicológica y social; actas de nacimiento y matrimonio legalizados por el Tribunal Superior de Justicia correspondiente, certificado de Penales y reconocimiento médico, deben constar en los expedientes que se envíen a China para su tramitación.
Todos los documentos se mandan al Ministerio de Justicia y al Consejo General de Médicos en Madrid, y deben ser legalizados en Asuntos Exteriores y autentificados en la Embajada China. Además, deben adjuntarse certificados sobre la profesión, los ingresos y las propiedades de los adoptantes, todo firmado ante notario, legalizado y autentificado.
Y para que los futuros padres no se ahoguen, en un mar de papeles, han nacido colectivos como Andeni, con el único afán de apoyar a las familias en la decisión más importante de sus vidas. Todo lo que deben saber se brinda como un libro abierto, sin ánimo de lucro ni de enredo, de forma presencial o en www.andeni-cantabria.org.
Lo único que piden los adoptantes, resume Juárez, «es que la Administración nos considere padres de primera, lo mismo que nuestros hijos no son de segunda, y queremos que se nos trate igual. La nuestra es una opción tan válida como la biológica, exigimos una adopción pública y gratuita, igual que el que va a dar a luz en un hospital».
Lamenta el presidente de Andeni-Cantabria que el Gobierno regional derive a las familias interesadas a las ECAIS (Entidades Colaboradoras de Adopción Internacional) en vez de promocionar el protocolo público, un sistema más barato e igual de eficaz, según defiende, en el que debe primar por encima de todo el interés del menor.
En cifras
Elegir la opción pública o la privada supone más de 3.000 euros de diferencia, según explica. Emprender el proceso de adopción por medio de la Administración puede costar, aproximadamente, 8.244 euros, incluidos los expedientes; legalizaciones en gestoría; gestión en el centro chino de adopciones; traducciones de los documentos; envíos; visados para los padres; notario, registro y visado del niño; comisiones del Banco de cheques internacional; y el viaje a China con una duración de 15 días. A parte, claro está, los gastos personales de los progenitores. En ambos casos, público y privado, los padres deben hacer un donativo de 3.000 euros al orfanato.
Además de las diferencias entre el sistema público y el privado, Juárez señala que los padres deben sortear otros obstáculos: «Como la nueva ley de visados; antes nuestras hijas eran españolas a todos los efectos desde que firmábamos la adopción en China, ahora nos piden los mismos papeles que a los inmigrantes; y las comisiones de valoración cada cuatro meses».
Las protagonistas de esta historia con final feliz crecen en Cantabria ajenas al mundo de los mayores. Muy pronto, María Hernández de La Parte también será la princesa de su propio cuento.