Sepan todos cuantos esta carta vieren del desconcierto y tribulación de uno más de sus paisanos. Opciones concatenadas adoptadas por políticos de diversos partidos parecen haber precipitado en la decisión de derribar la vieja Lonja de Pescado de la Dársena de Maliaño. Dice un aforismo hindú que cuando dos elefantes pelean, con independencia de quien prevalezca, la vegetación queda destrozada.
La veterana Lonja sin uso ha sido el centro de una polémica de la que los medios de comunicación han recogido testimonios apasionados y ponderados, interesados y preocupados, calculadores y generosos, reflexivos y frívolos, responsables y populistas... Los múltiples puntos de vista que se han manifestado pueden agruparse en dos planos, el centrado en la consideración del objeto de referencia y el de la utilización del mismo como instrumento o cuartada para la consecución de otros fines.
Quien estas líneas suscribe, por formación, dedicación y decisión personal, únicamente se mueve en el primero de esos planos, el del edificio de la Lonja en sí mismo y en su contexto: la dársena de pescadores, el Barrio Pesquero Sotileza, la entrada principal de la ciudad y el monstruoso resultado de la especulación urbanística consentida que, en aquella parte de la ciudad, cuajó al calor del desarrollo de los años sesenta y setenta del pasado siglo.
Hace casi dos años me preguntaron en los despachos de la Autoridad Portuaria de Santander si era partidario de la conservación del edificio de la Lonja; en improvisada respuesta dije que dependía de su estado físico, dada la afectación por aluminosis que aqueja a tantos edificios de hormigón construidos por los años en que éste lo fue. Estudios profesionales dieron fe de la buena salud de su estructura. Desde entonces he seguido con atención e interés el desarrollo de la controversia sostenida, desde criterios enfrentados, entre diversos grupo de vecinos de la zona, entre estudiosos y entre políticos con intereses menos claros.
Yo fui vecino de la Lonja durante tres años largos, pues viví en un ático situado justo detrás de ella. De entonces conservo en la memoria la imagen y los olores de un sitio sucio rodeado del barullo de furgonetas y camiones para el trasiego de chorreantes cajas de pescado. Entiendo, por consiguiente, el prejuicio acumulado por los vecinos más próximos respecto a una función, no por necesaria menos molesta; también soy consciente del interés de una minoría por quitar de frente a sus ventanas el obstáculo que les impide tener mejores vistas.
Pocos años más tarde participé en el equipo multidisciplinar constituido para la revisión del Plan Bahía, ocasión que me sirvió para objetivar y racionalizar, desde el análisis urbanístico, sociológico y cuantitativo, la radical carencia de servicios con que la especulación había dejado de dotar a la zona más densamente poblada de la ciudad.
Treinta y cinco años dedicados al estudio, recuperación y conservación del Patrimonio Cultural y, dentro de él, al conocimiento de la historia de la ciudad que me vió nacer, me han deparado muchas satisfacciones; profesionalmente, las que han jalonado la recuperación y comprensión relativa de un pasado que parecía irremediablemente sepultado por el inmisericorde paso del tiempo; personalmente, la percepción del progresivo interés por estas cosas, aparentemente tan poco productivas, manifestado por un número creciente de conciudadanos.
No obstante, el modesto conocimiento que haya logrado adquirir sobre lo ocurrido a lo largo del tiempo en este singular enclave norteño de la Península Ibérica, no deja de provocar en mí a veces la tentación de caer en la melancolía. Tentación que puede adoptar rasgos imperiosos ante casos como el que nos ocupa. Entiendo que lo que está ocurriendo con la Lonja es un eslabón más en la cadena de desatinos que han privado a la ciudad de Santander de una parte sustancial de su Patrimonio Cultural y a sus vecinos de la rentabilidad cultural y social que de ellos pudiera haberse derivado.
El siglo XX se inauguró enterrando bajo los Jardines de Pereda las piedras del Castillo del Rey en la Villa de Santander, la más notable y soberbia fortificación que defendiera cualquiera de los puertos del Cantábrico en la Edad Media, magnífico edificio con muros de cuatro metros de grosor, cubos macizos en los ángulos y esbelta torre del homenaje, demolido por la decisión de unos políticos (opinión pública ausente) que no supieron ver más allá del aspecto sucio y degradado en que lo situaron sus muchos siglos y varias décadas de abandono. Hoy nos daríamos con un canto en las narices por tener aquel extraordinario y robusto monumento, en el centro de la ciudad, convenientemente restaurado. Había sido construido en torno al año 1200, a consecuencia del fuero otorgado a la villa de Santander por Alfonso VIII.
Un alcalde visionario, se llevó por delante en 1936 la iglesia del convento de San Francisco y los notables edificios de las dos primeras estaciones que tuvo Santander, la del Norte y la de Bilbao.
Transcurridos unos diez años desde el incendio general de 1941 se procedió a la demolición de la iglesia gótica más llena de arte escultórico de la ciudad y, posiblemente, de la región. Se trataba de la gran capilla dedicada a Santiago Peregrino, levantada por los Escalante junto al claustro de la antigua colegiata, hoy catedral, durante la primera mitad del siglo XIV. Su solar lo ocupa actualmente el palacio episcopal; parte de sus piedras talladas, que formaban ménsulas, claves y laudas sepulcrales aún esperan un tratamiento digno. Tampoco la destrucción de aquel hito del Camino de Santiago por la costa suscitó resistencia alguna al designio de quienes entonces mandaban.
En 1965, con ocasión de la demolición de los almacenes El Águila, junto al Ayuntamiento, apareció el último tramo de la muralla del siglo XIII de Santander. También encontraron por aquel tiempo en Zamora, donde ya se conservaban trozos considerables de su muralla medieval, un tramo más de la misma. Mientras que en la ciudad del Duero el edificio que construyeron respetó el lienzo de vetustas piedras en sus bajos, junto al que se dejó un pasaje para solaz de la memoria y disfrute de paseantes, en la ciudad de la preciosa bahía se demolió el único testimonio superviviente de su vieja muralla medieval a golpe de picachón, sin más problema.
No había concluido la década de los sesenta cuando se procedió a la demolición del precioso Teatro Pereda, centro cultural de primer orden entre 1919 y 1966. Valioso edificio decorado con las magníficas pinturas murales de Gerardo Albear. Aquello ocurría en Santander cuando en las grandes y las pequeñas ciudades de la geografía nacional se consolidaba el movimiento de recuperación y restauración de sus viejos teatros, iniciativas que tanto han enriquecido y caracterizado su urdimbre urbana y aprovechamiento social. Pocos de entre las muchas decenas de teatros salvados de la piqueta en el país hasta nuestros días tienen el valor arquitectónico y artístico que caracterizaba al Teatro Pereda.
Lamentablemente la cadena no se cierra con el pasado, ya que continúa rabiosamente presente en nuestros días. Ahí están el extraordinario Castillo de la Corbanera en Monte, obra del mejor poliorceta español del siglo XIX; por negligencia de las administraciones, colonizado de edificaciones expúreas, mientras los elementos del clima lo van destruyendo lentamente. O la Casa Fuerte de los Rivaherrera en Pronillo, salvada in extremis por la campaña (tañida por el Centro de Estudios Montañeses, hace casi treinta años) del ansia especulativa de uno de nuestros ínclitos constructores, todavía esperando la redención que devuelva a sus piedras la noble función de digno referente para la memoria de la ciudad y disfrute de sus vecinos, aunque ahora parece se comienza a dar pasos para un uso acorde con su importancia. Por no hablar de las baterías de San Pedro del Mar o de Cabo Mayor, etc, etc., etc.
¿Tendrán que lamentar las futuras generaciones la decisión tomada en nuestros días de derribar la lonja? Somos muchos los que pensamos que sí, pero cuando eso ocurra ya será irremediable, tal como lo son nuestras lamentaciones por la desaparición de los monumentos arriba recordados. Todos ellos fueron destruidos en coyunturas en que su aspecto desvencijado, más o menos cochambroso y falto de uso, les convertía en reos condenados a desaparecer en aras del "progreso". La diferencia estriba en que entonces no hubo voces que alertaran con suficiente energía y argumentos contra el desaguisado, hoy no podrán alegar desconocimiento quienes toman las decisiones.
Algunos podrían replicar preguntando ¿Pero es que la Lonja puede compararse con el castillo, la iglesia gótica o el teatro desaparecidos?. A lo que no somos pocos los que respondemos que la muy digna arquitectura racionalista del edificio de la Lonja, en una ciudad tan inmisericorde con los testimonios de lo hecho por las generaciones que nos han precedido, a juicio de muchos vecinos cualificados de diferente modo, sí reúne las condiciones para ser respetado y conservado; máxime en el contexto de la dársena a la que, con el Barrio Pesquero, da sentido en el tiempo.
La realización de los proyectos diseñados para la zona, que he tenido ocasión de ver, en modo alguno suponen que su presencia sea obstáculo alguno visual o espacial; antes y bien, levantadas las vías y construida la inmediata circunvalación, el generoso espacio que conformará esta entrada a la ciudad se verá dignificado por el edificio de la Lonja conveniente restaurado, aliviando el horror visual producto de la especulación urbanística de su acera de enfrente. Acumulación de manzanas compactadas cuyos habitantes tendrían en él, no sólo un centro cultural con enormes posibilidades, sino también la plaza cubierta de la que carece este denso barrio, lugar para encuentro y disfrute de niños, adultos y ancianos.
Una reflexión final. Por mucho que se manifieste un grupo de vecinos partidario del derribo, ello no debería impedirles valorar que una iniciativa de esa envergadura no es de su exclusiva incumbencia, sino de la de todos los vecinos de Santander, puesto que todos podemos considerar con derecho como patrimonio propio aquello que está en y caracteriza a nuestra ciudad. Pero es que además, si de los vecinos más cercanos se trata, los habitantes del Barrio Pesquero deberían ser los primeros escuchados, ya que la Lonja ha sido durante medio siglo parte consustancial y especialmente significativa de sus vidas y de las de quienes les han precedido.