No es por dudar de la pericia de los expertos en leer los labios, pero el discurso que le atribuyen a Raquel Mosquera cuando se asomó a la ventana de la primera clínica en la que fue ingresada a causa de una crisis nerviosa no acaba de cuadrarme del todo.
No es que me haga dudar por su incoherencia; la incoherencia, al fin y al cabo, se le supone a toda víctima de un desorden mental, sea del tipo que sea. Lo que me desconcierta es el modo de filosofar y ciertos conceptos, demasiado alambicados para el humilde razonar de esta peluquera.
Al margen de la infalibilidad de los descifradores labiales, que por lo visto es similar a la del Papa, también me sorprende que, sin haber llegado a estar dentro de esa habitación, todo el mundo dé por hecho que Raquel hablaba sola, cuando podría ser que estuviera conversando con alguien que se encontrara tras ella. Porque para hacer algo así, hablar con otro mientras oteas el horizonte, no hay necesariamente que estar loco. Tampoco para hablar solo de vez en cuando, pero en fin... Dicen que se la ve desquiciada; pero yo, que no soy López Ibor, sólo me atrevo a decir que se la ve desmaquillada.
Cierto es que esa imagen de Raquel, mirando al tendido y explicándose como si estuviera en un plató, es la metáfora más cruel de la fama mal digerida. Pero, aún así, se ha montado un dramón nacional todavía más delirante que el propio estado de la Mosquera; quien, sólo por estar casada con semejante individuo -un vigoréxico adicto al músculo y a las exclusivas-, ya tiene justificado el ataque de nervios.
Existe otra teoría: la del montaje. Pero peor me lo ponen, porque entonces sí que estaríamos hablando de una psicopatía real. Y es que hay que estar muy mal de la azotea para orquestar algo así, por muy rentable que resulte.