Los valores se pueden subvertir por la educación y por la ley. Ejemplos de lo segundo son la antigua legitimación de la esclavitud y la actual del aborto o de la eutanasia. Pero en la base de los comportamientos humanos está la educación moral por el poderoso motivo de que los seres inteligentes y libres actúan en función de convicciones y no simplemente de pautas genéticas. Entre el puritanismo fundamentalista y la permisividad moral, fruto del nihilismo relativista, hay una línea continua en la que se sitúan los educadores y, por consiguiente, los educandos. De que aquéllos se posicionen en el prototipo de un Catón o en el de un Petronio -lo estoico o lo hedonista- va a depender el nivel ético de una sociedad.
Desde el Renacimiento, pero, sobre todo, desde la Ilustración se ha ido secularizando la sociedad occidental, concretamente, se ha ido descristianizando. La religión judeo-cristiana asumió los valores de la ética tradicional con remotos orígenes y una profunda reelaboración griega. Durante siglos, en Occidente la moralidad iba íntimamente ligada con la confesionalidad, y a medida que se fueron debilitando las creencias dogmáticas surgió la necesidad de una ética laica, más exactamente racional. Kant, Hegel y el mismo Comte son modernos hitos de este esfuerzo teorético. Así se fue intentando forjar una moral autónoma y no dependiente de la religión. Algunos pueblos, como el estadounidense, han tenido más éxito que otros, como el español, en infundir una ética cívica a sus respectivas sociedades.
Los valores se predicaban desde la escuela y desde el púlpito; ahora el predominio adoctrinador ha recaído sobre los medios de comunicación de masas, los cuales merecen un juicio axiológico absolutamente negativo. Los 'mass media' se han empleado, en primer lugar, de modo más o menos expreso, en demoler las creencias religiosas y consiguientemente sus morales anejas, con lo que han contribuido al desarme ético. Y el vacío creado no lo han llenado con valores ideales, sino con exaltaciones de instintos y excitación de pasiones. En los últimos años las televisiones españolas, que son los supremos mentalizadores de la opinión pública, compiten en programas basura donde antiejemplos éticos presentan los disvalores como lo divertido, lo lúdico, lo habitual y, en definitiva, como lo 'normal'. La violencia gratuita, la adquisición de riqueza y poder por cualquier medio y sin freno, el hedonismo sensorial sin frontera y la presentación como ordinario y natural de lo excepcional y patológico están teniendo efectos morales demoledores.
Entre la clase dirigente, especialmente la liberal-conservadora, se ha ido generalizando un hondo temor y un absurdo complejo a ser acusados de retrógrados, oscurantistas o intolerantes que les impide defender los valores y jerarquizarlos y, sobre todo, repudiar contravalores y subversión axiológica. Lo que se observa es lo contrario, una subasta de ambigüedades, eufemismos, condescendencias, y aún 'comprensiones' cada vez más dilatadas y difusas. El talante de los gurús mediáticos, generalmente clowns indocumentados, ha pasado del llamado progresismo al permisivismo, y avanza inexorablemente hacia el nihilismo moral generalizado.
Hay unos círculos responsables de la formación moral colectiva que son la familia y los educadores y, entre estos últimos, ocupa una posición relevante la televisión. La masa apenas cambia por sí sola, es 'cambiada' por aquellos cuyas predicaciones le llegan. La masa fácilmente moldeable es 'amasada' por los modernos pervertidores sociales y conformada por el espíritu letal y vacuo del nihilismo más descarnado.
Lo valioso es lo digno de ser elegido para vivir conforme a la razón; no lo determinan las ocasionales apetencias subjetivas, sino el permanente y objetivo bien de la especie humana. Así, la solidaridad es un valor y la insolidaridad un disvalor ¿Por qué, a veces, los configuradores de la opinión pública predican contravalores? Hay dos explicaciones: la demagogia y el resentimiento.
Suele ser más fácil suscitar rápidas adhesiones propiciando las pasiones que las razones, y esto explica que, a fin de vender sus textos o su imagen, haya políticos y escritores que digan a sus potenciales clientelas lo que estas quieren escuchar para atenuar sus sentimientos de culpabilidad o justificar sus instintos y flaquezas. Es la caída de la clase dirigente en un egoísta utilitarismo mercantil de minoritarios beneficios inmediatos, pero de alto coste general a medio y largo plazo. Sería una élite perversa que traiciona y explota.
La otra motivación es el resentimiento: aquél cuya vida registra una baja o nula densidad axiológica, en vez de reconocer su déficit moral, no sólo niega los valores de los que carece, sino que los contravalores que practica los presenta como ideales éticos. El resentimiento de quien ocupa una tribuna pública es el estado de ánimo más demoledor para una sociedad. Si la existencia valiosa es vivir según la naturaleza y la razón, los resentidos predican lo contranatural y lo irracional para autojustificarse, generalizar su situación y, en cierto modo, vengarse de los imperativos éticos y de quien los suscriba. El socialismo ha puesto de manifiesto los resultados del resentimiento como inspirador del Estado.
El rearme moral ciudadano ha de iniciarse por la condena al ostracismo de los demagogos y de los resentidos, y ha de fundarse en la concienciación moral de la clase dirigente. La causa de la presente anemia moral no es una fatal inercia colectiva, sino la acción de quienes han ocupado y ocupan tantos elevados púlpitos laicos en las sociedades modernas. Sobre ellos, y nada más que sobre ellos, recae la responsabilidad del veloz avance hacia el nihilismo ético, hacia el abismo moral. Esta situación la podría rectificar una élite sin complejos, con voluntad de poder, de regeneración y de ejemplaridad personal, que releve a la actual, para que ésta no consume su ya avanzada labor de derribo ético, corrupción consuetudinaria y aniquilamiento moral. Las televisiones españolas compiten en programas basura donde antiejemplos éticos presentan los disvalores como lo divertido, lo lúdico, lo habitual y, en definitiva, lo 'normal'