Estamos obrando como los papas del Renacimiento que se 'cargaron' media Roma, o con el criterio de los que demolieron muchas iglesias románicas para hacerlas góticas Estoy leyendo y oyendo con verdadero interés la dialéctica que en nuestros medios de comunicación viene suscitándose en relación con las actitudes resolutorias que nuestros políticos habrán de tomar en algunos casos que afectan al patrimonio histórico y artístico de esta querida -por todos- ciudad de Santander. Y aunque pensemos que ahora la sociedad sólo parece conmoverse por las pasiones deportivas o políticas, es bueno y saludable comprobar que hay otras cuestiones, muchas veces soterradas, y que vamos a considerar «de mayor finura cultural», que de repente afloran para demostrarnos que el ciudadano actual piensa, siente y razona, y que, en determinadas circunstancias, quiere hacer públicas sus opiniones. Cosa, que, a mi entender, es enormemente beneficiosa para el sustento de la democracia o al menos para calmar las desazones que ella pueda producir.
Son pues, y ahora en Santander, protagonistas de las controversias -o más bien polémicas surgidas al mismo tiempo- monumentos o cosas que tal vez para algunos -o quizá muchos- pueden ser de escaso interés o de reducida preocupación, pero que para otros las resoluciones que sobre ellos se tomen han de afectar a sus criterios, sean estos a favor o en contra.
La lonja del Barrio Pesquero, el edificio Moneo, el traslado más o menos provisional del Museo de Prehistoria, la Remonta, la construcción de un museo total en Las Llamas, son realmente problemas que están en la calle, y que, por su trascendencia para el bien común de nuestro patrimonio cultural, las determinaciones finales han de ser cuidadosamente sopesadas y será preciso en ello marginar arrebatos pasionales o cabezonadas más bien movidas por futuros beneficios políticos, pecuniarios o personales, que son, muchas veces, los que empañan y enturbian las razonables opiniones del sentido común, que es lo que yo creo que, en muchos de estos lances, está sucediendo.
Pero vayamos al primero de los casos: el derribo o no de la lonja del Barrio Pesquero, que, sin duda, nos va a servir de punta de lanza para percibir las inconsecuencias que continuamente nos están ofreciendo nuestros políticos. Pero yo me pregunto, así, por impulso súbito, ¿por qué razones asumibles se derriba la lonja? ¿Está en trance de ruina inevitable y peligrosa? ¿Es un edificio que arrastra connotaciones políticas o recuerdos dictatoriales? ¿Fue la desdicha de un mal arquitecto? ¿Va -la pobre- a solucionar el desafortunado urbanismo que arrastra desde siglos nuestra ciudad? Cuando desaparezca, ¿cambiará mucho la vida de los vecinos de Castilla-Hermida y de los demás ciudadanos de Santander, que también contamos? ¿Por qué en el término corto de unos meses, algunos de los responsables de esta inminente y decisiva determinación demostraban su absoluta inseguridad con el «no que no y el sí que sí de la Parrala» ¿Habían cambiado en tan corto tiempo las circunstancias? ¿Es seria esta postura?
Y ahora otras preguntas adheridas a estas: ¿De tan poco han servido las opiniones de destacados montañeses de reconocido prestigio intelectual y humano como don Alberto Pico, José Luis Casado Soto, José María Pérez González (Peridis), Aurelio González-Riancho, con un currículum bien demostrado de actuaciones en servicio de nuestro patrimonio histórico y artístico? ¿Pueden, por favor, alguno de los partidarios del derribo, exponer un trabajo que compita con el de estas personalidades? Porque, naturalmente, no tienen el mismo valor las opiniones. Uno acepta todas, pero también las calibra, y el político está obligado a saber esto y al menos a tenerlo en cuenta.
Yo no voy a repetir lo que han anticipado otros con mayor conocimiento de la cuestión, pero sí que quiero dejar bien claro que con el derribo de la lonja, el tan cacareado 'progreso' se viene abajo.
Con ello, estamos obrando como los papas del Renacimiento que se 'cargaron' media Roma, o con el criterio de los que demolieron muchas iglesias románicas para hacerlas góticas. ¿No hubiera sido mejor que cada época hubiese ejecutado sus 'expansiones' sin alterar las otras? Pero lo que sucedió en pasados siglos es comprensible porque, diciéndolo en términos coloquiales, 'no estaba el horno para pasteles', pero ahora que el horno presume de calor, bien estaría que demostrásemos la sensibilidad que la cultura del siglo XXI exige. En el siglo XIX ya nos empezaron a enseñar que había necesidades humanas tan importantes o más que las puramente materiales. Precisamente estoy releyendo 'Los viajes por España' de Pedro Antonio de Alarcón y vemos que en 1858 decía 'el prurito de derribar para ensanchar o reedificar transciende ya a las más apartadas y sedentarias villas Mucho ganará en ello, no la higiene, sino el ornato público; pero mucho perderán el arte, la historia y la poesía'.
Y seguimos igual, después de casi ciento cincuenta años. El progreso técnico es indudable. No lo es tanto el del cerebro humano. Habrá que esperar... Por ahora, queridos Pico, Peridis, González-Riancho, Casado Soto y otros que pensáis lo mismo, el homo sigue sin estar para pasteles. Con la lonja, el Barrio Pesquero perderá para siempre su 'memoria histórica'.