No pensaba intervenir más en el debate sobre la conservación o demolición de la vieja Lonja, pero el artículo firmado por Esteban Sáinz, en nombre de Cantabria Nuestra, (DM, sábado 11 de febrero) me impulsa a puntualizar alguna cuestión de las numerosas que ese apasionado trabajo plantea. Vaya por delante que me parece estupendo que en Santander, capital hasta ahora de los silencios ciudadanos, se haya producido semejante eclosión de opiniones publicadas, en general bien planteadas, respetuosas con el discrepante y nacidas, además, de la más pura sociedad civil.
Dos son mis objeciones a las tesis de CN: Cuál es el patrimonio etnográfico constituido de verdad por la vieja lonja y cuál su valor arquitectónico dentro del, ya famoso entre nosotros, movimiento racionalista. Me pregunto qué valor etnográfico posee una nave industrial, que fue construida para descargar el pescado, subastarlo y exportarlo, pero que por su misma planta y morfología pudo haber servido para cualquier otra actividad de almacenaje y distribución. Duda que no plantearía ni una antigua ferrería ni un viejo molino. Las paredes de piedra del canal y el caz al que vierten el agua son por sí mismas el molino, de modo que en ellas reside una parte esencial de su valor etnográfico. Quien vea las ruinas de un molino identificará de inmediato la utilidad de la construcción cuyos restos contempla. Por el contrario, quien mire a la vieja lonja, dirá que es lonja de pescado fresco porque así la ha conocido toda la vida y porque se halla adosada al borde marino, no porque sus paredes manifiesten para nada su función.
Por tanto, toda esa parrafada que la Ley de Patrimonio Cultural de Cantabria dedica a explicitar qué bienes inmuebles quedan protegidos como constitutivos del patrimonio etnográfico de la comunidad autónoma sería, al menos para este aficionado que les habla, de dudosa aplicación. La ley insiste en que esas construcciones sean 'expresivas' de las actividades y modos de vida del pasado, que es precisamente lo que las paredes de la vieja lonja no manifiestan, o manifiestan en muy escasa medida.
Segunda cuestión: el estilo de arquitectura racionalista, al que se dice que la vieja lonja pertenece. Propongo para centrar la cuestión una sencilla comparación local: Con el edificio del Club Marítimo o con el romántico Siboney, o con las tristemente demolidas escuelas de Peña Herbosa o con el edificio del Ateneo (ambos dos del por mí no conocido pero sí admirado arquitecto Deogracias Lastra). Puede ser que todos ellos (Lonja, Marítimo, Siboney, Peña Herbosa y Ateneo) se incluyan en las guías de arquitectura como ejemplares racionalistas, pero, ¿oiga!, honradamente, al menos para mí, entre los unos y la otra no hay color. Para mí, la vieja lonja queda, con sus ventanas redondas alternadas con huecos rectangulares y sus grandes, pero poco agraciados voladizos, en el furgón de cola del tren racionalista de Santander. Con el mayor respeto a quienes creen ver en ese edificio una delicia arquitectónica, ése y no otro es mi leal saber y entender. No lo sé decir más claro.
Pero también nos sería útil alguna referencia europea. En el mismo origen de la arquitectura racionalista se halla el movimiento llamado Bauhaus, fundado en Alemania hacia 1918 por Walter Gropius, y en el que bebió y se formó gente tan extraordinaria como Peter Behrens y Mies van der Rohe. No se pierde nada con que el periódico inserte un dibujo de la sala de máquinas de la central eléctrica proyectada por Behrens para el Berlín de 1910. Contemplándola, uno comprende lo que significa racionalismo en serio. O sea, lo que es y será siempre técnica depurada, eficiencia y expresividad estructural, perfección en las formas, armonía, belleza y arte. ¿Quién osará demoler ese concentrado de funcionalidad y hermosura que compone el edificio de Behrens? ¿O quién lanzaría una piedra contra ese prodigio de cristal y pura geometría, auténtico símbolo del futuro lema de Mies 'menos es más', que fue la fábrica Fagus, construida en 1911 por Gropius?
Claro que el Santander de la primera mitad del XX poco tenía que ver con la fuerza técnica, ni con la riqueza científica y cultural del Berlín de entreguerras y, por ello, estas comparaciones pueden parecer injustas, desequilibradas e inútiles. Nuestros edificios son los que son, porque nacieron dentro de una sociedad con concretos horizontes culturales y aún más concretas posibilidades económicas y, por ello, están a la escala que les corresponde. Y no sólo no hay nada que objetar contra ellos sino que, justo al revés, hay que entender que componen una riqueza cultural de primer orden para Santander. Pero alguien convendrá conmigo que, mientras el Marítimo, Siboney y Peña Herbosa y Ateneo transmiten en su finura de líneas vibraciones de la escuela de Gropius, la vieja Lonja no acusa, ni de lejos, trazos de Bauhaus, ni de Gropius ni de Behrens. Su racionalismo se reduce a un mosaico de ventanales dispuestos en las fachadas de cierre. Comprendo que suscite, como símbolo potente, emociones fuertes en quienes han crecido a su sombra. Pero, en mi modesta opinión, para poder considerarla como arquitectónicamente valiosa, sus méritos son escasos.
Llegados a este punto, parece claro que convendría optar con claridad y consecuencia por una de los dos alternativas relevantes para Santander, que me atrevería a resumir así:
1. Opción conservacionista
De los 60 metros de ancho de plataforma, el viejo edificio ocupa los 40 inmediatos al mar. Por la banda restante (próxima a los edificios) cabe alojar un vial subterráneo de dos calzadas de, cada una, 7 metros, (2+2) carriles en total, resolviendo la entrada y salida de Santander y liberando, por tanto, de tráfico rápido a la calle Castilla. En la longitud ocupada por la Lonja sería complicado hacer aparcamiento subterráneo. Por supuesto que la vieja lonja restaurada quedaría integrada en el deseable paseo superior. Pero, salvo que se planteen módulos acristalados en paredes y techumbre del nuevo edificio, su opacidad (comparable a la que disfruta y transmite el reconstruido Mercado del Este) seguirá aislando del mar a esas manzanas de casas de Marqués de la Hermida. Parece que los arquitectos que ganaron el concurso de ideas del Ayuntamiento para una lonja restaurada proponían algo en esa dirección. Pero, claro, ¿no tendría más sentido un pabellón ligero y transparente, nuevo, para actividades socioculturales del barrio? ¿No sería al final hasta más económico?
2.- Demolición de la Lonja
Los 60 metros de plataforma son aprovechables lo que permite imaginar una planta subterránea completa, con (3+3) carriles de circulación y sendas bandas laterales como aparcamientos, y ello en una importante longitud de la calle Hermida. Desaparece la lonja-búnquer y, como explicaba hace 2 días una inteligente lectora del DM, lo que aparece tras de ella no son playas doradas ni olas azules sino unas tétricas montañas de carbón que, aparte de un peligro sanitario, constituyen un real desdoro para esta ciudad incluso contempladas desde San Martín. Parece que está ya en marcha la gran nave que va a contener esos graneles. Además, un nuevo puente móvil, que yo no conozco, vendrá a aumentar el interés ambiental de la zona. En la que, por cierto, la nueva Lonja, que sí conozco algo, va a lucir mucho más que escondida y camuflada en su actual posición y junto a unos cobertizos que, o debieron ser tratados con otra dignidad, o nunca debieron disponerse en primera línea.
Al final, teniéndolo todo en cuenta, mi voto iría sin dudarlo a la segunda alternativa.
Y si alguien quiere saber por qué, no tiene más que volver al comienzo de este artículo y reiniciar su lectura. Confío en que ello no sea preciso y les agradezco la amable atención que hasta aquí me han prestado.