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Jueves, 2 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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El modelo Tony Blair
Si Felipe González y más tarde Aznar utilizaron a Margaret Thatcher como modelo de referencia, hoy está de moda el modelo Tony Blair. La derecha de este país se apresuró a establecer comparaciones vejatorias entre Blair y Zapatero, con el fin de catalogar a éste de peligroso izquierdista, señalando la mala suerte de los españoles por no tener al frente del Gobierno un Tony Blair. No parecía preocuparla demasiado el hecho de que el modelo socio-liberal de Blair le hubiera 'robado' las políticas moderadas a los conservadores, desplazándoles del centro y hundiéndoles en el ostracismo por doce años (de momento). Pero hay que tener cuidado con las rogativas que uno hace, no vaya a ser que el santo le conceda el favor solicitado. De momento, el Partido Conservador británico ha decidido que no le queda otro remedio que promocionar su propio Tony Blair si quiere volver a ocupar el 10 de Downing Street ¿Cuanto tardará en llegar a la misma conclusión nuestro partido Popular?

Lo señalé hace algún tiempo, al hablar del paralelismo entre determinadas maniobras de Bush y Zapatero, no quita la antipatía personal para reconocer la eficacia de ciertas acciones e imitarlas. Dije entonces «Aznar admira a Bush, Zapatero le imita», pues eso. Es evidente que la química entre Zapatero y Blair tampoco funciona como funcionaba entre éste y Aznar; pero aquél está demostrado un gran pragmatismo para reconocer las opciones oportunas, en cuanto las divisa. No juzgo igual su habilidad para ponerlas en práctica, donde Zapatero exhibe una cierta facilidad para meterse en camisa de once varas (XXL, para los más jóvenes) y comete constantemente el error de inflar expectativas en lugar de rebajarlas.

Quizás algunos se hayan desorientado porque Zapatero utilizó la oposición a la guerra de Irak como bandera para conquistar el poder. Precisamente por eso, porque necesitaba oponerse a la guerra en la forma que lo hizo, podría pensarse que su postura fue bastante más coyuntural de lo que nos pareció a primera vista. A la vista de su forma de gobernar, cabe especular que si la guerra de Irak hubiera tenido lugar con Zapatero en el poder, habría buscado una fórmula para congraciarse con Blair sin alienarse la amistad de Francia y Alemania; por ejemplo, aduciendo que la condición fronteriza de España con el mundo musulmán hacía más aconsejable una actitud de neutralidad por nuestra parte.

Al margen de esa divergencia 'coyuntural' Zapatero parece estar aplicando, mutatis mutandis, el modelo del más exitoso líder laborista de todos los tiempos. Y lo viene haciendo desde que estaba en la oposición, supongo que con la sana intención de emular la hazaña de su homólogo inglés; cosa a la que, todo hay que decirlo, podría estar contribuyendo el PP con su estrategia de oposición. Algunos dicen que los populares no pueden hacer otra cosa, eso mismo opinaban los conservadores ingleses.

Zapatero se encontró con un PSOE derrotado dos veces en las urnas, la segunda peor que la primera, con una cúpula desprestigiada y con unas ideas que, agotada su fuerza primitiva, ya no tenían suficiente tracción. Siguiendo el modelo del 'nuevo laborismo', se rodeó de gente desconocida pero experimentada, ambiciosa y con potencial para aglutinar los cuadros más jóvenes y numerosos del partido. Una vez conquistada la secretaría general, jubiló a la vieja guardia por el viejo procedimiento de promocionarla a puestos de inoperancia. El mundo académico reconoce hoy que de los tres éxitos políticos de Blair, el primero fue desmantelar al viejo Partido Laborista e inyectarle sangre nueva.

El segundo éxito político fue consolidar la privatización del sector público iniciada por Thatcher, apoyando descaradamente a los empresarios británicos. Aún nos queda mucho por ver en este terreno (parece mentira, pero el Gobierno de Zapatero todavía no ha cumplido dos años), sus actuaciones en los asuntos de astilleros, empresas energéticas, telefonía, televisión y la banca, van en ese sentido.

El otro problema con que se encontró Blair fue el separatismo galés y escocés. En el País de Gales calculó (y le salió bien) que los separatistas radicales se verían desactivados si le daba al país mayor autonomía, desplazando la preocupación de la gente de los problemas étnicos a los económicos. En cuanto a Escocia, con una industria convirtiéndose en obsoleta a pasos agigantados, decidió que la lucha contra su nacionalismo cerril era improductiva; lo más práctico era darles el status de nación (pero no de Estado) y construir fuertes lazos de cooperación, desactivando el rechazo al Gobierno central.

Una vez hecha realidad la imagen de la autodeterminación y una autonomía muy sustantiva, el apetito por la independencia formal se ha perdido casi por completo entre los escoceses (excepción hecha de Sean Connery). Las limitaciones de tamaño, recursos y comercio y la evidente dependencia práctica del Reino Unido, se les ha impuesto apagando el furor nacionalista. Hay otro obvio paralelismo: el IRA. Los acuerdos del Viernes Santo de 1998 (compromiso entre las autoridades gobernantes y los representantes del IRA, dejando de lado a los extremistas de uno y otro signo; los militantes del IRA muy desgastados y desprestigiados en la comunidad que decían representar; los antiguos dirigentes radicales, ya envejecidos, muy predispuestos a aceptar puestos oficiales) están obviamente presentes en la mente de Zapatero. El IRA es visto hoy, en Irlanda, como una antigua y estrafalaria reliquia de los viejos tiempos.

El tercer gran éxito político de Blair fue fracturar al Partido Conservador y rendirle inelegible por mucho tiempo. La pregunta es si el Partido Popular ya ha llegado a la conclusión de que debe promocionar a su propio Tony Blair, libre de adherencias ideológicas y con gran pragmatismo a la hora de plantearse cómo es la España real (y no tanto lo que quisiera que fuese), o si habrá que esperar a que pierda las próximas elecciones. Permanezcan atentos a la emisión de señales de su inminente congreso.



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