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Domingo, 12 de marzo de 2006
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Vida y Ocio / SOCIEDAD
Domingo - I
Manuel Suárez Cortina Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria / «Toda nación es una invención»
Recién presentada su obra La redención del pueblo. La cultura progresista en la España liberal, considera que Cataluña puede ser tan nación como otras
Manuel Suárez Cortina Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria  / «Toda nación es una invención»
«Hombre de modernidad», tal y como se define, advierte, no obstante, de que la palabra 'progreso' es peligrosa, ya que «en nombre de progreso se han cometido masacres». / CELEDONIO
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BREVE BIOGRAFÍA
Manuel Suárez Cortina (Gijón, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Oviedo y doctor en Historia por la de Cantabria con Premio Extraordinario. Además de catedrático de Historia Contemporánea, es decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UC y miembro del Consejo Editorial de las revistas Historia y Memoria, Espacio, Tiempo y Forma y Ayer. Autor de más de una veintena de obras, el pasado martes presentó su último libro, La redención del pueblo. La cultura progresista en la España medieval, y pronto verán la luz sus dos últimas obras: La sombra del pasado. Novela e historia en Galdós, Unamuno y Valle-Inclán y La modernización de España: 1868-1917. Política y sociedad.

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Manuel Suárez Cortina sorprende por su capacidad dialéctica y por ese afán por conocer tanto lo que le rodea como lo que se escapa de su entorno: «Me gusta mucho cualquier discurso, pero un discurso es tu mirada, es el modo en que nos movemos, es una propuesta que hacemos todos cada vez que despertamos...».

Se queja de que va por la vida demasiado rápido; sin embargo, cuando le tratas parece como si para él el tiempo se detuviera y sólo importara el momento presente y la conversación de ese instante, más allá de todos los proyectos y trabajos que tenga pendientes.

Natural de Gijón, lleva 25 años viviendo en Santander y es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria, así como decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Quien se define como un «hombre de modernidad» presentó el pasado martes su última obra, de la que es editor: La redención del pueblo. La cultura progresista en la España liberal, en el que han participado catorce autores que estudian todas las dimensiones económicas, morales, jurídicas y políticas de la idea de progreso en España en el siglo XIX hasta finales del XX.

-¿Cree en una España liberal y progresista?

-Creo en una España progresista, pero a lo mejor ser liberal ya no es ser tan progresista.

-¿Aceptamos los españoles bien el progreso?

-Primero, ¿qué entendemos por progreso? ¿La capacidad de emancipación de las personas? La idea de progreso, aun cuando vivimos dentro de ella como un elemento positivo, tiene componentes que son muy peligrosos. En nombre de progreso se han hecho masacres, se han eliminado culturas, se ha matado a las personas... Por eso hay que tener mucho cuidado con esta palabra. La capacidad de acomodación de las sociedades a las novedades, ya sean técnicas, jurídicas o morales, es muy lenta.

-Estamos en el centenario de la muerte de José María de Pereda, escritor que rechazaba el progreso y el liberalismo.

-Es cierto, rechazaba abiertamente la modernidad. José María de Pereda es un escritor muy representativo de nuestra región. Y lo es en varios sentidos: primero, porque es una figura fundamental de las letras; después, porque, con independencia de su carácter como escritor, fue una figura significativa del mundo de los negocios de finales del siglo XIX a través de la gestión y dirección que llevó a cabo de la fábrica de productos químicos de la familia, La Rosario, y, como tal empresario, participaba en empresas perteneciendo al consejo de administración, como el Banco de Santander. En él hay una disociación entre su imaginario preliberal y su realidad como hombre de negocios. Desde este punto de vista, hay que distinguir al hombre pragmático y nacionalista que hace negocios en una sociedad en la que vive, que acepta las reglas de juego capitalista, pero, sin embargo, niega todos los elementos de la modernidad en sus dimensiones filosóficas, políticas, sociales. Él rechaza todo esto y trata de buscar una idealización del pasado preliberal de la montaña. Peñas arriba es el modelo más adecuado, donde hace del cura y el patriarca los elementos simbólicos de ese orden imaginario que él querría ver restablecidos en su Cantabria.

-Pereda era, asimismo, un defensor del regionalismo.

-No exactamente. Pereda fue un defensor de lo que podríamos llamar literatura regional o costumbrismo regionalizante. Pero en cambio tenía pánico a la dimensión política de regionalismo y, sobre todo, tras su visita a Cataluña, cuando participó en los Juegos Florales, observó que en 1890-92 nacía un nacionalismo catalán que ponía en cuestión a la nación española. Por eso declaró que su regionalismo era puramente literario, un regionalismo de la tierra, los olores, costumbres y modos de vida de su Cantabria natal. Había que hablar en su caso más que de un regionalismo político, de un particularismo centrípeto, es decir, afirmar lo propio, pero nunca poner en cuestión esa nación que es España y que él, carlista militante, reclamaba como católica, apostólica y romana.

-¿Qué le parece el Estatuto de Cataluña?

-En principio, todo parece apuntar que los trabajos de la comisión lo van a ajustar a la Constitución y, en democracia, todo aquello que se defiende por una vía pacífica, con la defensa de la palabra, en el marco de las instituciones representativas, sin duda alguna no tiene ningún problema.

-Vamos, que tampoco hay que alarmarse por que se hable de Cataluña como una nación.

-¿Qué define la nación? Yo parto de la idea de que toda nación es una invención. La nación no es una realidad eterna ni una providencia de Dios, es una construcción social que los pueblos se dan a sí mismos para articular sus necesidades en un determinado momento histórico. Cataluña, desde mi punto de vista, puede ser tan nación como otras.

-¿Considera que actualmente hay un mayor riesgo de fragmentación de España?

-Hay un problema de concepto de España como Estado y como nación. Si analizamos como historiadores las culturas políticas españolas, observaremos que había tres grandes tradiciones políticas: una regionalista, abiertamente descentralizadora, que encontraba en el foralismo su expresión; había una tradición liberal, que fue la triunfante, y había una tradición republicana, que se declaró abiertamente descentralizadora. Desde este punto de vista, la España contemporánea es también en cierto modo la confrontación entre diversos modos de Estado y nación. Y eso fue una constante: ¿cómo una España que se había gestado por culturas, pueblos, realidades jurídicas, elementos sociales diversos, se articulaba como una nación donde todos y cada uno pudieran estar adecuadamente cómodos, representados y operativos? Incluso en ocasiones no se trata de una propuesta federalista, sino ya confederal, como en el caso de nacionalismos como Esquerra Republicana, etc. Pero esto ha existido siempre en España, que tuvo que convivir con tres guerras carlistas. No hay novedad, por así decirlo: eso ocurrió en 1873, en 1931 y en la transición; y vuelve a ocurrir hoy. En la historia de España habría que hablar de cuatro momentos de gran tensión en cómo establecer la articulación del Estado y en cómo entender España, si como una nación única o como una nación de naciones. Al fin y al cabo, esto de España es una abstracción.

-¿Considera que el fin de ETA está cerca?

-Es un tema muy complejo, porque en principio la experiencia histórica demuestra que la conversión de aquellos movimientos llamados a sí mismos de emancipación nacional que usan la cultura de la violencia como modo legítimo para la defensa de sus intereses tiene grandes dificultades y hay procesos largos y complejos para llevar a su integración en el mercado de las instituciones representativas; ha ocurrido en Irlanda, y seguramente en España el proceso, estando aún en sus inicios, va a pasar por serias dificultades. Lo que no quiere decir que no haya que apostar con ambición y generosidad por parte de todos para lograr que la violencia termine. Pero no nos engañemos: esta tarea no se improvisa. Para ello también resulta necesario que aquellos núcleos del entorno del nacionalismo radical tengan márgenes de maniobras adecuados para poder reinsertarse en instituciones. De lo contrario, la cultura de la violencia podría pensar que tiene legitimidad. Yo creo, sin embargo, que en democracia la violencia no tiene legitimidad.

-Por tanto, cree conveniente que se dialogue con la banda terrorista.

-Como historiador, sé que en toda la historia los modelos de oposición y confrontación siempre han dialogado. En España, en plena guerra carlista hubo diálogo. El momento de menos generosidad y perdón que hubo en toda la historia de España fue tras la guerra civil del 36-39, donde con posterioridad a la guerra, lejos de llegar a una reintegración social nacional, los vencedores practicaron una política cruel con los vencidos.

-¿Qué opinión tiene de la futura Ley de Educación?

-Estamos ante un reto muy importante: el de reconvertir la enseñanza universitaria al ámbito europeo, de modo que lleguemos a un espacio de homogeneización de los estudios universitarios, para que al mismo tiempo se acomode a las demandas de una sociedad en continuo proceso de transformación. Necesitamos tiempo, porque procedemos de una tradición académica y entramos en otra y seguramente nos equivocaríamos si quisiéramos hacerlo inmediatamente.

-¿A favor o en contra de la asignatura de religión?

-En un estado laico, o aconfesional, carece de sentido y no respeta muchas cosas el tema de la religión en el ámbito educativo. Para mí la religión es un patrimonio de la conciencia de cada persona y desde este punto de vista nunca debería estar formando parte de un currículum académico.

-Se achaca ahora a los jóvenes una falta de valores y de preparación.

-Es totalmente falso. Digan lo que digan, los jóvenes hoy están más formados de lo que nunca ha estado ninguna generación precedente en España. Otro tema es el que percibamos que su capacidad de hacer cosas podría ser muy superior a lo que hacen. Y también hay que decir que no conozco a ninguna generación que no haya achacado a la juventud desvaríos, despropósitos y demás. Es un problema de percepción generacional.

-El Proyecto Comillas, ¿será beneficioso para Cantabria y su Universidad?

-Yo apoyo el proyecto Comillas. Y además creo que tenemos que conseguir que sea un lugar significativo para el estudio no sólo de la lengua y difusión del español, cuanto de la cultura y la historia de España. La colaboración es necesaria y Cantabria tiene en esta universidad un patrimonio científico y cultural extraordinario en el que más de 1.200 personas trabajan todos los días. No se puede prescindir de este patrimonio. Es un activo de la región que por fortuna últimamente las autoridades están reconociendo.

-¿Cantabria va bien?

-Va regular-bien. Y no depende de que haya un gobierno de coalición entre el partido socialista y el partido regionalista, sino de variables que exceden a la propia capacidad de los gobiernos. Primero, está ubicada en la cornisa norte del país y su dinámica socioeconómica no va a poder desviarse demasiado de aquella que determine el marco geográfico en el que se encuentra. Cantabria tiene pocos habitantes, no tenemos una alta renta per cápita, demográficamente estamos perdiendo posiciones y los jóvenes buscan trabajo en Bilbao, Madrid y Barcelona. No obstante, esta región está conociendo por primera vez -aunque no mucho- la transición democrática.

-¿Qué se podría hacer para no perder esa cantera de talentos?

-Cantabria tiene que mejorar en capital humano, en lo que se llama I+D+I. El crecimiento económico de la región en parte se asienta sobre la construcción y la obra pública. Y esta dependencia, junto con el turismo, pueden tener su contrapartida. El turismo, afortunadamente para la renta, parece que mejora, algo que no estoy convencido de que sea tan bueno para los ciudadanos.



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