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Lunes, 13 de marzo de 2006
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Vida y Ocio / SOCIEDAD
Sociedad
El móvil de la violencia
Grabar palizas con el teléfono es la última moda macabra con la que se divierten adolescentes sin escrúpulos. Padres, profesores y psicólogos se preguntan por qué
Es la nueva moda. Salir «a matar», registrar la 'hazaña' con la cámara del teléfono móvil y colgar después el vídeo en Internet. A imitación de lo que sucede en algunos videojuegos que se venden en comercios especializados en España. Los mismos que, una vez puestos a funcionar en el ordenador, lanzan las primeras recomendaciones y bonifican y felicitan al jugador si las sigue a rajatabla: «Acerca a tu enemigo hacia la pared y empotra su cara contra el muro. ¿Es más efectivo que las palabras!». O bien: «Sólo sobrevivirán los que no tengan reparos en reventar la cabeza de su rival o recurrir a bates y navajas». O bien: «Sonríe a la cámara, Willy», al tiempo que se propina a la víctima un bofetón inesperado.

Sucede que no, que esto último no es carne de videojuego. Es la vida misma. Se lo decía un joven de 26 años barcelonés a los transeúntes elegidos al azar mientras su cómplice repartía los golpes. Lo pasaban en grande los dos amigos viendo las imágenes registradas por un celular de última generación. Observando a sus 'Willys' con la cara desencajada por el dolor. De un aparato tanto o más moderno se sirvieron diez menores sevillanos para grabar durante cinco interminables minutos a una compañera de clase con síndrome de Down mientras la insultaban y la obligaban a repetir comentarios de índole sexual. Enviaron la grabación al resto de la clase a través del correo electrónico.

'Coleccionismo'

«Las peleas y los vídeos retransmitidos por el móvil circulan en los recreos y se coleccionan como si fueran cromos», explica una adolescente en un foro de Internet referido al acoso escolar. Otro estudiante también se confiesa: «Nosotros empezamos a grabar, pero sin pegar. Sólo lo hacíamos por ver, pero cuando vimos que gente de nuestro curso, tercero de ESO, quedaban fuera del instituto para pegar a marroquíes, lo dejamos». «Hay cada vez más páginas web que recogen filmaciones rápidas de palizas grabadas. Esto se observó por primera vez en torno a los distintos conflictos bélicos. Hubo empresas que ofrecían suscripciones gratuitas a cambio del envío de una filmación», argumenta Guillermo Cánovas, presidente de Protégeles, una asociación contra la pornografía infantil en Internet.

«Es el maltrato entre iguales, con el componente añadido de grabarlo y difundirlo», resume Enrique Arranz, catedrático de Psicología de la Familia de la Universidad del País Vasco.

Se suma a este argumento la especialista en Psicología Infantil y Adolescente Isabel Menéndez, quien aporta un dato -«los delitos cometidos por menores se han incrementado en un 490% en los últimos años»- y arroja algo de luz sobre el perfil del adolescente violento: «El 80% pertenecen al género masculino, son irreflexivos, no controlan los impulsos, presentan fracaso escolar, son incapaces de ponerse en el lugar del otro y no se sienten culpables porque creen que el otro se lo merecía».

Javier Urra, asesor de la Fiscalía de Menores del Tribunal Superior de Madrid, recuerda el caso de «catorce chavales que dieron una paliza a otro en el chalé de uno de ellos. Cada uno decía haber propinado un golpe. Uno, el puñetazo, otro, la patada... La sumativa era la paliza; la cobardía, hacerlo arropados por el grupo. Se desresponsabilizaban entre sí».

«Buenos modales»

A que la familia es la primera escuela apelan aquellos que tratan de definir el origen de los comportamientos de violencia gratuita por parte de pequeños 'Corleones'. Pero que «para educar a un niño hace falta una tribu entera» se apresura a interpretar, recurriendo a «un proverbio africano», el pensador y filósofo José Antonio Marina, en su libro 'Aprender a vivir'. La tribu son padres, profesores, escolares, Administración... Y los brujos de la tribu, expertos en pedagogía, psicología, relaciones interpersonales... «La sociedad necesita buenos modales para vivir -sostiene-, pero hoy estos se han encallado en la escuela y fuera de ella».

«Hemos empezado a detectar casos de padres que se preguntan qué llevarán sus hijos en el móvil, pero no se atreven a cuestionarles por miedo a que se rompa esa línea de permisividad con que les han educado y sus hijos se pongan en contra de ellos. 'Te doy libertad', les dices, mientras te preguntas si tu hijo será uno de ellos», explica Pilar Triguero, de la Confederación laica de Padres de Alumnos (Ceapa).

La dirección de los colegios andaluces y los centros del País Vasco, por ejemplo, tienen competencia para prohibir a sus alumnos que accedan a las instalaciones con teléfonos móviles; y, si lo hacen, confiscan el terminal hasta final de curso. José Antonio Martínez, presidente de la Federación de Asociaciones de Directivos de Centros Educativos Públicos (Fedadi), explica que, si se dan situaciones que puedan conllevar la expulsión de un estudiante, la decisión de abrirle o no expediente pasa por el consejo escolar. La determinación se tomará «no antes de 20 días o un mes, cuando habría que separar a la víctima del agresor de inmediato. Pero el equipo directivo no está autorizado para encarnar un liderazgo real y actuar con rapidez».

Martínez no niega que el deterioro de la convivencia escolar es un hecho. Hace dos semanas, un profesor de Lenguas Clásicas de Ciudad Real era abordado en plena calle y golpeado por tres adolescentes. Uno grababa. Otros dos pegaban. «El del móvil gritaba que me diesen en la cara para que no pudieran reconocerme», relató el maestro. ANPE, el sindicato profesional mayoritario en la Enseñanza Pública, creó en diciembre el Teléfono del Defensor del Profesor para docentes que se sienten maltratados por sus alumnos y no saben a quién acudir. Llevan atendidos más de doscientos casos.



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