El acto lo resumió el rector de la Complutense, Carlos Berzosa, en un frase: «He sido testigo de muchas investiduras, pero en ninguna he asistido a tantos aplausos y tan prolongados». Ataviado con toga y birrete azul celeste, Joan Manuel Serrat no parecía él. Al subir a la tribuna de oradores bebió un poco de agua y dijo sonriente: «Lo que más nos gusta a los catalanes es ganar en Madrid». Fue la primera carcajada que se oyó en el abarrotado paraninfo de la Universidad Complutense.
Cordial, cercano, sin asomo de solemnidad o engolamiento, Serrat fue contando sus 'pequeñas cosas' a la pata la llana, según le brotaban del corazón. «Mi amigo Rafael Azcona dice que los premios deben de ser secretos y fuertemente dotados; este es un premio distinto, un reconocimiento que me agrada recibir porque con él se puede presumir ante los amigos y los hijos».
Serrat fue investido 'doctor honoris' por la Universidad Complutense en un acto del que fueron testigos numerosos políticos, intelectuales y artistas de la izquierda oficial (una solitaria Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, se mezclaba entre ellos). En la tribuna, en las primeras filas, se encontraban el presidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín, la ministra de Educación y Ciencia, María Jesús Sansegundo, el ministro de Industria, Turismo y Comercio, José Montilla, el secretario de Organización y Coordinación del PSOE, José Blanco, el portavoz socialista en la Asamblea de Madrid, Rafael Simancas, la secretaria de Política Internacional del PSOE, Trinidad Jiménez, el ex presidente del Gobierno Felipe González y la esposa del presidente del Gobierno, Sonsoles Espinosa.
También estaban, entre otros, la cantante Ana Belén (no paró de hacer fotos a Serrat con una cámara digital), su marido Víctor Manuel, la cantautora Rosa León, los escritores Manuel Vicent, José Manuel Caballero Bonald y Almudena Grandes, el guionista Rafael Azcona, el periodista Iñaki Gabilondo, el actor Álvaro de Luna...
Bilingüe y mestizo
«No sé si serán exageradas las virtudes que se me atribuyen, pero, en cualquier caso, no voy a discutirlas», bromeó un artista que lleva cuarenta años en los escenarios cantando al amor, a la amistad, al mar, a las mujeres, a la rebeldía y, por encima de todo, a la libertad y la justicia. «Sin libertad no se puede ejercer la justicia, y para ser justos hay que ser libres», enfatizó Serrat, quien fue vetado durante el régimen franquista por querer cantar el 'eurovisivo' 'La, la, la' en catalán. «Soy bilingüe y culturalmente mestizo, lo cual es un privilegio», señaló. «Me expreso con el mismo cariño y naturalidad en castellano que en catalán; a veces me preguntan ¿en cuál se encuentra más cómodo?; cuando me preguntan esto siempre respondo lo mismo: me expreso más a gusto en el idioma que me prohíben hacerlo».
Un futuro mejor
En tono desmitificador, restándole importancia a una carrera plagada de éxitos y de reconocimiento nacional e internacional, habló de los poetas a los que había puesto música, como Antonio Machado y Miguel Hernández.
El cantante barcelonés, de 62 años, completamente restablecido de un cáncer de vejiga que padeció hace dos años, considera que su profesión no es un trabajo sino «una bendición». «Me pagan por hacer lo que me gusta, por enfrentarme a lo que odio y por compartirlo con la gente; no le puede pedir más a la vida». Ponderado en sus juicios, incrédulo ante los halagos, nunca se le ha apagado la llama rebelde e idealista. «Canto para mí y para los demás, canto para soñar y para que la gente sueñe en un futuro donde la vida sea mejor y las relaciones más justas». Concluyó su intervención aludiendo a esas «pequeñas grandes cosas» como son el amor y la amistad.
Serrat fue investido doctor 'honoris casusa' por su «contribución a la difusión de la poesía española y latinoamericana, su labor en favor de la convivencia de las lenguas castellana y catalana, su impulso y desarrollo de la música de autor y su gran influencia social y cultural». Su padrino en la ceremonia, el director del Instituto Complutense de Ciencias Musicales, Emilio Casares, recurrió a una frase de Antonio Gala para definirle: «Serrat lleva la vida entre los dientes, como un cuchillo y como un beso».
La nota más emotiva la puso el coro de la Universidad Complutense. Cuando Serrat entraba por la puerta del paraninfo, sus miembros comenzaron a cantar 'Aquellas pequeñas cosas', uno de sus temas más conocidos.